Opinión

La felicidad no se decreta / Matices

Andrés Manuel López Obrador y Morena ganaron con absoluta mayoría, con una legitimidad nunca vista en la democracia moderna de México. Con una mayoría que no se presentaba desde 1991. El triunfo ha provocado que las luces de un viejo régimen que parecía enterrado vuelvan a brillar y conceptos vuelvan al argot: levantadedos, la cargada, las horas del señor presidente y muchos más que hacen pensar que el pasado ha vuelto.

Sin embargo, los morenistas luchan por decir que eso no es cierto y que México va a vivir la mejor época en su historia porque ya no está el PRI y el PAN. Algunas de las expresiones que se han leído en los líderes de opinión e influencers de la política son los siguientes: “Mientras hay tanto dimes y diretes entre quienes todavía no logran acordarse de las placas del carro que los arrolló el 1 de julio, Andrés Manuel López está muy contento. Un presidente que ríe con el pueblo, porque sabe que hay alegrías que defender.” “Qué bonito es poder ver todo esto y ser parte de la cuarta transformación.” “Los enemigos de la libertad de expresión son los que ya se van, no los que van a llegar.” “Buenos días, dijo la Alegría!” “Un poemínimo de Ernesto Cardenal que recitaba: ‘Me contaron que / estabas enamorada de otro / Y entonces me / fui a mi cuarto / y escribí ese / artículo contra / el gobierno / por el que estoy preso’. Ese gran poeta y revolucionario nicaragüense nos felicitó. Lo abrazo.”

Y así podríamos seguir: todo lo bueno ya llegó. Se decretó la cuarta transformación, la esperanza, el nuevo amanecer, la alegría y hasta la felicidad.

Escribió Pablo Majluf: “La Cuarta Transformación espera –demanda– que todo mundo sea feliz: ¿de qué otra forma se adjudicaría la salvación prometida? Ejerzamos nuestro derecho a no serlo. Como Bernard, sostengo que hay más felicidad genuina en esa libre obstinación.”

Y todo esto me lleva a pensar en la felicidad, hace una semana escribí sobre los símbolos, quizá esa insistencia positivista sea un símbolo. Ahora que ganó López Obrador todo es positivo, antes todo era negativo. Si pensamos entonces de manera conspiracionista, ¿antes cuando todo era negativo se había construido una narrativa auspiciada por quienes ahora ven todo positivo? No lo sé. Sin embargo la felicidad no llega como decreto ni por un gobierno. Lo bueno no sucede con ser positivo. Hay quién afirma que el primero de julio fuimos testigos de “un estado colectivo de felicidad”. Y sí, no habrá que negarlo, el Zócalo era felicidad, por un triunfo electoral anhelado. No por un decreto.

Hannah Arendt afirma que la promesa de las revoluciones es la felicidad pública, por eso ese discurso de la Cuarta Transformación promete felicidad que aparentemente está decretada en el ambiente y se respira. Sin embargo, la felicidad real, la de las personas en la calle, no se decreta, incluso, la felicidad real no tiene que ver, para las personas comunes, con la política. No importa que Attolini o Clouthier la tuiteen, la felicidad no llega por ese medio a la Selva Lacandona.

Arendt, gran filósofa, señalaba que la tiranía tenía como objetivo despojar la felicidad pública aunque no necesariamente del bienestar privado. En referencia a que la felicidad pública es buscar el bien común, participar en los asuntos públicos y garantizar la democracia, en ese sentido y en el pensamiento de Arendt se afirma que no hay felicidad sin participación en los asuntos públicos y recuerda a Jefferson cuando le escribió a Adams, sobre su anhelo después de la muerte, dejando entrever que sería una porción de felicidad que se encontraran en el Congreso y recibieran la aprobación de la ciudadanía y funcionarios sobre su buen trabajo. Felicidad es hacer política que sirva.

Arendt también escribió que “aquellos que afirman con toda seriedad ‘la felicidad de mi familia es el único objetivo de mis deseos’ serán aplaudidos por casi todo el mundo cuando, en nombre de la democracia, desahoguen su rabia contra los grandes personajes que se han elevado tanto sobre el nivel del hombre común, que sus aspiraciones trascienden su felicidad privada“. Lo que afirma Arendt es que las revoluciones van contra quienes atentan contra la felicidad pública, en México hay tres claros enemigos: quienes atentan contra la paz, quienes han provocado pobreza y desigualdad y quienes provocan corrupción e impunidad. Una revolución eso ofrece, sin embargo en México, quien no luche contra esos que atentan contra la felicidad pública no está más que haciendo poesía feliz de Coelho.

La felicidad no se decreta, no es individual, no es solitaria, no es un estado colectivo que se da gracias a resultados electorales, la felicidad colectiva se construye con acciones claras, con la mejoría de la calidad de vida, con resultados tangibles, que se perciben y que se sienten. Nosotros en nuestra cómoda lectura de esta columna podemos no sentir la necesidad de que el gobierno haga algo por nosotros para sentirnos felices, sin embargo, hay quienes sí necesitan acciones de gobierno para sentir la felicidad, una vez más, no es cuestión de discursos, bromas o tuits, es la construcción de un conjunto de políticas públicas que generen los mínimos que posteriormente a decisión de la persona, provoque felicidad.

Al final, debemos buscar, construir y ganar la felicidad para nosotros y para todos, no nos llega por decreto.


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Carlos Aguirre

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