Opinión

La loca de la casa / El peso de las razones

Resulta inhóspito nuestro extravío. Atrincherados en el protocolo, la burocracia, la moda de lo políticamente correcto y la diplomacia, una seriedad tan fingida como inútil ha desterrado a la imaginación de nuestras vidas. Como facultad humana, ésta goza de una riqueza explorada desde antaño, con un prisma de matices infinitos. Ahora, no resulta nada nuevo, hemos relegado a la imaginación al terreno de los publicistas, mercadólogos y, en el mejor de los casos, al de los artistas (esos personajes que diseñan artefactos estéticos para emocionarnos).

¿Acaso la imaginación no es más que un estorbo? ¿Una vía de escape a nuestras más serias responsabilidades? Falso. La vida práctica, la especulación e, incluso, la ciencia dura, caerían en un vertiginoso bache de no contar con su ayuda. La imaginación, en este sentido, nos redime, nos brinda segundas oportunidades: sin ella, la innovación y el descubrimiento resultan imposibles, así como el extravío y los callejones sin salida en los que frecuentemente se derrumba el pensamiento.

Empecemos por explorar una tentativa gramática de la imaginación. John Austin, el pensador inglés, sugería, cuando intentamos desentrañar la médula de un problema, tener siempre un diccionario a la mano. La Real Academia Española de la Lengua recoge al menos cuatro sentidos diversos de la palabra: (a) una facultad del alma que representa las imágenes de las cosas reales o ideales, (b) una aprensión falsa o juicio de algo que no hay en realidad o no tiene fundamento, (c) una imagen formada por la fantasía y (d) la facilidad para formar nuevas ideas, nuevos proyectos, etc. De los cuatro usos de la palabra que ofrece la RAE, sólo el cuarto se acerca a su sentido pleno. En los tres primeros, por el contrario, se manifiesta nuestro prejuicio frente a esta capacidad redentora.

En la vida práctica sugerimos con el término ‘imaginar’ la capacidad siempre latente de innovar, crear, explorar contextos y circunstancias. Imaginemos, nada ajeno al ejercicio que estamos llevando a cabo, a una pareja que tiene invitados a cenar de improvisto. Dada la carencia de ingredientes en la alacena, la pareja les promete a sus comensales, para no inquietar a sus estómagos, que “imaginarán algo en la marcha”. Dicho uso del verbo acusa cierta habilidad para salir del paso de cualquier circunstancia adversa.

No debemos echar de menos el uso preventivo del verbo. “Créeme que no quieres verme enojado. No puedes ni imaginarte cómo reacciono”. La persona que hace esta afirmación da aviso al otro que, de no modificar su conducta, eso podría traer consigo, quizá, algunas consecuencias verbales o físicas indeseables. La imaginación, aunque depreciada por el sujeto de mal carácter, nos sirve para avistar un contexto del cual no queremos ser partícipes.

En la vida académica, el uso de la imaginación no resulta menos oportuno. “Imaginemos la Holanda del siglo diecisiete y su moral recatada. Una mujer no podía expresar libremente sus pensamientos. Hoy en día eso resulta inconcebible”. La imaginación, a falta de contexto, provee al historiador, a partir de una descripción adecuada, de las herramientas para comprender una situación lejana en el espacio y en el tiempo.

En la ciencia dura, la de los experimentos y laboratorios, la imaginación parecería no tener cabida. Charles Sander Peirce, el pragmatista norteamericano, explotó radicalmente la potencia y necesidad de su uso en ciencia. Dado que los dos mecanismos primarios para justificar una hipótesis científica son la inducción y la deducción, la ciencia parecería caer en un círculo vicioso. Sabemos que la inducción es problemática (el acecho de las falsas generalizaciones está a la vuelta de la esquina, así como tomar como relaciones causales meras correlaciones), además sigue siendo un reto buscar su justificación racional. La deducción, por su parte, parece no ofrecernos nuevo conocimiento del mundo (nuestras conclusiones ya están, de algún modo, contenidas en las premisas de una deducción válida). De este modo, parecería que en ciencia poco nuevo habría qué decir tarde o temprano. La imaginación, así, sería la fuente de las hipótesis científicas. Sin esta capacidad humana, la ciencia no tendría muchos más pasos que andar. No obstante, gracias a la imaginación, la ciencia parece proveernos de ideas en apariencia tan ficticias que, paradójicamente, podrían ser reales.

Con esta brevísima gramática no pretendo ahorrar a otros la tarea de imaginar. Los contextos son inagotables como las posibilidades de la vida humana misma. Sólo quiero hacer notar que la imaginación, lejos de lo que nos dicen los absurdos manuales de inteligencia empresarial, es un antídoto contra un mundo rutinario y aburrido.

 

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Mario Gensollen

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