Opinión

¿Qué es el valor intrínseco en términos ambientales?

La visión antropocéntrica que fue construyéndose a lo largo del pensamiento filosófico occidental, no deja lugar a dudas de que la especie humana fue sobrevalorada, en tanto que todas las demás se subvaloraron. Prácticamente hasta inicios del siglo XX nunca se reconoció el valor intrínseco de las entidades naturales y su importancia dentro de sus nichos ecológicos, ya que sólo se veía a los animales, las plantas, los ríos, la tierra, etc., como objetos de explotación, medios que están al servicio del hombre para cubrir y satisfacer sus necesidades e intereses.

Por esta razón se dice que el valor otorgado por la especie humana a todas las entidades naturales ha sido meramente instrumental, es decir, cualquier ser de la naturaleza sólo puede ser considerado valioso en tanto sirva para que una persona pueda alcanzar un fin haciendo uso de éste. De acuerdo con este criterio, un borrego, por ejemplo, sólo puede considerarse valioso en tanto sirva como fuente de alimento, vestimenta, medicina o entretenimiento, su valor como individuo, como una entidad viva autónoma no depende de él por lo que es, sino por lo que vale para una persona, por el provecho que se pueda sacar de éste. El sujeto natural, de acuerdo con este criterio, no tiene por sí mismo valor, un valor que puede denominarse intrínseco, sino sólo valor instrumental, es decir, es valioso sólo en la medida en que pueda ser utilizado por una persona para conseguir algún objetivo. Así que, bajo este criterio, un árbol, un insecto, un ave, un río, el aire, etc., sólo se pueden considerarse valiosos si son útiles a la especie humana en general o a alguna persona en particular.

Algunos filósofos ambientales como Paul Taylor y Holmes Rolston, señalan que el reconocimiento del valor del mundo natural no tiene por qué ser sólo instrumental y exclusivamente en favor del beneficio que puede resultar para nuestra especie el uso de entes naturales bióticos (animales y plantas) y abióticos (tierra, agua, aire, especies y ecosistemas completos), pues la existencia en sí misma de éstos dota a cada organismo, especie o sitio natural de valor intrínseco.

De acuerdo con los criterios de estos filósofos, el valor intrínseco existía en la naturaleza incluso antes de la aparición de la especie humana, por lo cual, no es necesaria la existencia y/o presencia de humanos que valoren el mundo natural para que éste valga, sino que la naturaleza vale por sí misma; no vale por el escrutinio humano, sino per se.

Esto significa que no tenemos los seres humanos porque limitar la interpretación de lo que ocurre en el mundo natural con base en nuestras percepciones, antes bien, se requiere un claro conocimiento y entendimiento, biológico y sistémico, que nos permita comprender cómo y de qué manera se entretejen las relaciones en el mundo natural, y con base en ello conducirnos moralmente.

Una verdadera ética ambiental para Rolston no debe basarse únicamente en criterios utilitaristas que valoren el mundo natural instrumentalmente. Lo que se requiere es una nueva forma de biociencia ética, una ética naturalista que reconozca que la naturaleza posee todo un sistema de valores intrínsecos. En esta ética deben de tener valor todos los organismos que poseen un sistema teleológico inscrito en su ADN que es una expresión orgánica propia que les permite su mantenimiento y conservación, a pesar de que no tengan consciencia de ello. Un árbol, por ejemplo, es un organismo viviente al que al parecer no le importa nada de lo que le pasa, pero muchas cosas son vitales para él, y si existe es por algo, hay algún fin en él y en todo organismo viviente, aunque como tal éste sea desconocido por ellos y no sea su propósito alcanzarlo. La cuestión aquí es que si ellos desconocen cuál es su fin y no les importa ¿por qué entonces a nosotros debería de importarnos?

Para Rolston, las ciencias ambientales han permitido comprender cuáles son las leyes que guían la naturaleza, lo que debería a su vez ayudarnos a esclarecer cuál es el lugar del ser humano en este mundo. Basándose en ellas, tendrían que elaborarse criterios axiológicos que orienten la conducta humana y nos ayuden a reconocer el valor ecosistémico de las entidades naturales, comprender de qué manera se puede hacer un uso responsable de ellas, razones que hagan que nos importe su bien, aunque la totalidad de las otras especies lo desconozcan, lo importante es qué tan conscientes podemos ser nosotros del bien o el mal que podemos causar a otras especies, incluso a nuestro propio planeta.


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Victor Hugo Salazar Ortiz

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