Opinión

Tolerancia y reconocimiento / El peso de las razones

No pocas veces he escrito algún llamado a ser intolerantes, a adoptar una actitud irrespetuosa ante la violación de los derechos humanos y la dignidad fundamental de la persona. Tristemente, el terrorismo y su gasolina, el fanatismo y los diversos fundamentalismos, no han sido ni serán desterrados de nuestra vida pronto. ¿Es la tolerancia la actitud necesaria en estos tiempos violentos y excluyentes? ¿Es la tolerancia nuestro salvavidas en el mar de la pluralidad democrática? Aunque podemos ser relativamente optimistas, se necesitan algunas aclaraciones sobre la tolerancia: sobre sus reales objetivos.

Hoy no parece ningún tipo de atrevimiento ondear la bandera de la tolerancia. Los aires del presente, por el contrario, ven con malos ojos a aquellos sujetos que son incapaces de aceptar sin más las creencias y acciones de otra persona (quizá, fruto de una distinta educación, jerarquía de valores, cultura, tradiciones…), individuos a los que los seres humanos contemporáneos denominan “fanáticos”, “dogmáticos”, “intolerantes”, adjetivos nada halagüeños en nuestro tiempo. “Ser tolerante” no significa más que tener la cortesía de poner una barrera infranqueable frente a lo distinto. Esta medida, las más de las veces, suele ser de índole preventivo. Dado que difiero sustancialmente de otra persona, más vale poner medidas para que las diferencias no se conviertan en obstáculos para la convivencia. En palabras más sencillas, la tolerancia hoy es vista como el muro que se edifica entre sujetos o instituciones, con el fin de evitar conflictos. Nada más, nada menos.

Charles Taylor ha opuesto al término tolerancia, otro de cuño mucho más profundo: el “reconocimiento”. Con esta distinción terminológica, el pensador canadiense desea llamar la atención respecto a una profunda diferencia conceptual. Mientras que tolerar es “evitar el conflicto”, reconocer es “aceptar lo distinto”. Aunque la distinción teórica parece suave, sus consecuencias prácticas son de lo más relevantes.

Reconocer (que no es otra cosa, dirían algunos, que tolerar verdaderamente) denota una actitud positiva frente a lo distinto. Yo soy capaz de reconocer a un musulmán, a pesar de nuestras diferencias culturales, nuestras distintas tradiciones y diversas creencias religiosas. Pero la actitud del reconocimiento se traduce en diversas medidas prácticas. Si reconozco, estoy dispuesto a dialogar, escuchar, comprender y, en última instancia, aceptar.

En este sentido, la tolerancia muestra dos caras opuestas: una pesimista y otra más optimista. La segunda se limita a prevenir complicaciones fruto de la diversidad, mientras que la primera acepta la diversidad y la promulga como riqueza. En otras palabras, mientras que uno ve a la pluralidad como un problema, el otro la ve, incluso, con sana curiosidad.

En uno de sus escritos póstumos, el escritor Michael Ende resume lo dicho de la siguiente manera: “La palabra ‘tolerancia’, hoy tan celebrada, no me agrada mucho. Suena en cierto modo a condescendencia. ‘Tolerar’ equivale a ‘soportar, sobrellevar’. Ser tolerante significa, entonces, soportar lo ajeno del otro sin queja o sin agresión, resignarse a ello, de mejor o peor grado. Yo, sin embargo, me alegro de que haya otros que son diferentes de mí. Así, el mundo se vuelve para mí rico y policromo. A mí, todo lo ajeno me llena del mayor interés, y hasta de una casi erótica curiosidad. A las mujeres también las encuentro atrayentes no porque sean iguales a mí, sino precisamente por ser distintas de mí. Ese ‘ser-diferente’ yo no quiero ‘tolerarlo’, quiero conocerlo: incluso -o sobre todo en ese caso- cuando sé a priori que nunca llegaré a comprenderlo del todo”.

Estas palabras de Ende casi cualquiera puede aceptarlas. El problema viene cuando la persona se percata que precisamente son las diferencias las causantes de los problemas. Los conflictos religiosos en Palestina y Turquía, la causa separatista en Québec y Cataluña, son sólo ejemplos multicitados. Cuando se observa este panorama, las posiciones optimistas tienden a resquebrajarse.

En conclusión, pienso que puede adoptarse una posición optimista frente a la pluralidad, pero reforzándola con ciertos antídotos prácticos. Es necesario que frente a lo diferente seamos pacientes, escuchemos detenidamente, meditemos cada uno de los puntos y, sobre todo, tratemos de comprender. Muchas de las veces, lo distinto se percibe así por una falla de apreciación. Por nuestra incapacidad para traducir lo distinto en propio. La perspectiva de la verdad no se extravía en relativismo al comprender que ésta adopta distintas formulaciones. La nuestra, si realmente es verdad, sólo adopta en nuestras ideas y conceptos una de sus polifacéticas manifestaciones. Si somos capaces de comprender esta simple idea, podremos apreciar la diversidad sin que necesariamente nos cause conflicto.

 

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Mario Gensollen

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