Cultura

A un año del temblor: 19 edificios como 19 heridas

Habitar es quizá una de las características más esenciales de la naturaleza humana. No vivimos en el mundo como los animales y las plantas pues, a conciencia, somos capaces de transformar el entorno. Nos relacionamos con él hasta volverlo una extensión de nosotros, de nuestro ser.

Dicha cualidad ontológica se ve interrumpida cuando el mundo deja de “funcionar”, paradójicamente entonces lo descubrimos como siempre ha estado ahí y sin ser útil para nosotros. La cotidianidad, esa irremediable confianza con la cual subimos nuestros muebles hasta un departamento ubicado en el sexto piso de un edificio, sin imaginar el sacarlos un día, se nos trastorna con encontrar una cucaracha o un ratón. Pero el 19 de septiembre de 2017 la cotidianidad no fue tocada, sino destrozada.

Con una larga trayectoria periodística (y a veces polémica), Alejandro Sánchez, finalista del premio otorgado por la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, coordina a otros grandes del periodismo y la escritura en nuestro país en el libro 19 edificios como 19 heridas para exponer la realidad de lo sucedido antes, durante y después del terremoto de hace poco más de un año.

A lo largo de sus páginas, las calles, colonias y edificios tienen presencia por primera vez para nuestra realidad. Las dimensiones de lo sucedido hace aflorar sus nombres: 2 Norte, Calzada de las Brujas, Obregón, Juárez, Zapata. Con esos nombres afloran también nuestras historias y se vuelve acertado recurrir a la crónica para llegar a lo sucedido el 19 de Septiembre, donde muchos de nosotros dejamos al destino la responsabilidad de la tragedia. Sin embargo, no incita a la resignación.

Su objetivo es bien logrado cuando nos hace conscientes de la memoria, de ese recóndito lugar donde viven la Plaza de Tlatelolco, Ayotzinapa, fraudes electorales, 20 millones de pobres, y también el 19 de Septiembre de 1985 que 32 años después despertó en la misma un sinfín de cosas desastrosas.

Es el mérito, por ejemplo, de la crónica de Nantzin Saldaña, una historia con tintes análogos a las de aquellas costureras de San Antonio Abad, pues las jornadas de trabajo son casi interminables, bajo llave, sin prestaciones y con muchas de ellas en estados migratorios ilegales, obligadas a firmar una carta de renuncia por adelantado. El derrumbe en Bolívar 186 hizo resurgir de las entrañas grises de la CDMX dichos abusos, mostrándonos lo poco o nada cambiado del asunto.

Las grietas en el suelo demostraron cómo el hundimiento es también social y no sólo físico por el suelo lacustre. Testimonio de ello son las crónicas de Laura Sánchez Ley y Neldy San Martín, donde la muerte tuvo una causa aparte del movimiento telúrico. En el caso de Tlalpan, los enormes conjuntos habitacionales fueron reforzados por los propios vecinos con numerosas rejas metálicas e imposible fue atravesar con rapidez cada punto de seguridad para salir del monstruo de concreto.

El caso de la Villa Centroamericana en Tláhuac es similar. Construida por la presunción de arquitectos, ingenieros y autoridades, levantando la enorme villa conformada por 1,264 departamentos en el tiempo récord de 120 días, a los cuadros de inseguridad siguieron las pérdidas patrimoniales.

Las narraciones donde el malestar de la corrupción se hacen más presentes para ser denunciados, son, por ejemplo, las de Georgina Olson Jiménez, Edgar Ledesma Gasca, Claudia Solera y Albinson Linares. En cada uno de sus textos, el trabajo periodístico se avoca a desenmascarar una mafia inmobiliaria de dimensiones impresionantes: series interminables de burocracias, planos arquitectónicos no cumplidos, dimensiones excedidas, materiales de mala calidad y todo avalado por las autoridades del Estado.

Y también las del ámbito privado.

Estremece leer la crónica del Tec, donde el nombre de la institución hizo “creer” al rector de la misma, hace 26 años, en la indestructibilidad de sus instalaciones. Lamentablemente esa creencia no le impidió arrebatar por vía de su indiferencia la vida de cinco estudiantes cuando se desplomaron los puentes que comunicaban dos edificios del campus, sostenidos por ménsulas de 15 centímetros.

Destaca, en cuanto a los espacios educativos, “Colegio Rébsamen: una trampa mortal” de Ernesto Núñez Albarrán, donde el edifico protagonista, bien lo sabemos, estuvo por horas en la transmisión nacional, alentando una esperanza inexistente. Su autor sale del discurso convencional sobre el Colegio y se centraliza en los actos de ilegalidad llevados a cabo por la directora del mismo y bajo los cuales se dio la inestabilidad estructural de su casa-escuela. Llegando a ser buscada incluso por la Interpol, a Mónica García Villegas se le dio la preferencia de extraer joyas, electrodomésticos y vestidos de diseñador cuando abajo aún quedaban cuerpos. Pocos antes de esta reseña que escribo, la maestra declara “no estar cansada de huir porque puede probar su inocencia”.

Los reportajes no sólo terminan poniendo en evidencia todo lo anterior, también muestran la inventiva y destreza de la población manifestada no sólo en los puños en alto y la gran cantidad de vecinos que, conociendo a un Estado que no puede estar a la altura, se organizaron para mover los escombros tan pronto cayeron los edificios.

Laura Toribio muestra esta destreza trasladada en la figura de David Arellano Ostoa en “Hospital La Raza: con el corazón en la mano”. El cardiocirujano pediatra de la unidad médica no dejó de operar a su paciente de 26 días de nacida durante el temblor, su experiencia de 14 años le permitía dar órdenes a los demás cirujanos en el quirófano únicamente con la mirada.

La inventiva, elemento cultural restaurador de nuestras vidas, corre a cargo de Francisco Nieto en su historia sobre Naomi, fallecida a los 6 años cuando la barda de un templo colonial cae sobre ella en Xochimilco y cuya imagen ha comenzado a conceder milagros a los pobladores.

Pero el terremoto ni se limitó a la Ciudad de México, ni el del 19 de Septiembre fue el único. La fuerza de las crónicas de Peniley Ramírez y Óscar Alarcón compensa la falta de material en el libro referente a las zonas geográficas no alumbradas por los reflectores. De la mano de Peniley conocemos a los ikoots, etnia en la costa de Oaxaca y a quienes el tsunami, una palabra nunca escuchada, aterra. ¿A dónde ir? Desplazados no sólo por la pobreza y la destrucción del terremoto del 7 de Septiembre, sino también por las de índole política y sociocultural, los ikoots no conocen otro hogar. Óscar Alarcón hace la misma denuncia desde Puebla. Aquí no se cayeron las grandes edificaciones pero también hubo muertos y muchos más damnificados, todos ellos ahora olvidados porque incluso en las grandes desgracias hay protagonistas. Junto con otras tres crónicas que salen de la Ciudad de México en este libro sale a relucir un dato interesante: el nombre de una calle en la capital sobrepasa al de cientos de pueblos en la sierra de Puebla, Oaxaca, Morelos o Chiapas. Todos ellas un triste referente del pensamiento de Fernando del Paso, el de un México conocido únicamente por sus desgracias.

En general, el libro expone una estructura que impide el quedarse cruzado de manos. Al susto y la creencia debe venir la investigación. Cada crónica se desplaza de las ideologías a la corrupción, al nepotismo, a la negligencia. La verdad sale cuando no sólo se remueven los escombros sino también los papeles, la burocracia.

Cada una de ellas persigue la concientización ética y civil, poniéndonos en contacto con estructuras de crimen silenciosas llevadas a cabo por quienes ostentan las figuras del poder. Derrumban imaginarios establecidos por la cultura popular y devela una enfermedad de la sociedad mexicana: no sólo se trata de jefes delegacionales, instituciones, corporaciones y declaraciones de funcionarios públicos; el patrón de las costureras, los evaluadores de los daños del sismo, la directora del Colegio, el rector de la universidad, las imágenes menos pensadas funcionan también como demostración de despotismo cuando de sus manos depende cambiar la vida de unos cuantos. Y con ese malestar por todas partes, quienes están en los estadios sociales más bajos la tragedia los hunde todavía más. Sin embargo, las crónicas logran un cometido esencial, el de darle la voz a quienes no la tienen.

En lo personal, aquel coraje que hace un año me sirvió de pretexto para no ayudar se volvió una voz de conciencia con cada página leída. El temblor no fue Frida Sofía con la dramática narración de Danielle Dithurbide de fondo, ni la perrita homóloga de la Marina. El temblor no fueron mis contactos de Facebook colgándose de la tragedia, posteando su ayuda, ensalzándose como héroes.

19 edificios como 19 heridas descubre esa perspectiva que no debe, desde ahora y nunca, salir de nuestra memoria: una política que parece ser el imán de los individuos de menor calidad moral, un ejército y una marina deudores de la historia de nuestro país metiendo las manos a los escombros, alumnos de la Preparatoria Emiliano Zapata llevando víveres a la zona cero, y sobre todo que cada una de las muertes y de los damnificados no fueron coincidencia. No olvidar, reclama una y otra vez este libro.

Recomiendo leerlo paulatinamente y en solitario. Recomiendo tomar en cuenta su advertencia: volverá a temblar. Volverá a temblar y quién sabe si nuestros corazones vuelvan a ser lo suficientemente fuertes para apuntalar nuevamente nuestros edificios, nuestro hábitat, nuestro mundo.


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Luis Javier Leal Chigo

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