Opinión

Clandestino / Memoria de espejos rotos

Perdido en el corazón de la grande Babylon,

me dicen el clandestino por no llevar papel.

Pa’ una ciudad del norte yo me fui a trabajar,

mi vida la dejé entre Ceuta y Gibraltar.

Soy una raya en el mar, fantasma en la ciudad,

mi vida va prohibida, dice la autoridad…

Clandestino – Manu Chao

 

La crisis humanitaria que vive Centroamérica es algo que debe ponernos a pensar, pero -sobre todo- a actuar, tanto en auxilio de la población desplazada, como en la prevención de que los mismos marcos de pobreza, violencia, y debacle política que han orillado a millares de personas a abandonar sus hogares, no se repliquen de un modo similar en nuestro entorno. Sin embargo, en nuestro entorno predominan las taras xenófobas, racistas, clasistas, chauvinistas, por mencionar algunas. De no trascender estas taras, ocurrirían dos cosas: dar paso seguro, albergue, o residencia temporal a los migrantes centroamericanos friccionaría y tensaría a parte de la sociedad conservadora, alimentando su discurso de odio y exclusión; y, por otro lado, complicaría la relación política con una Norteamérica desbrujulada y abiertamente discriminatoria, en un contexto de cambio de administración federal en México, que podría dar al traste con cualquier negociación o intención de carácter humanitario.

Que el centro del continente vive los estragos del post capitalismo no es un secreto. Que, dentro de estos estragos, se encuentran la depauperización de la población, la violencia virulenta ocasionada por la corrupción y el crimen, y el caos político, tampoco debe llamar a sorpresa. Que México deba cerrarse a dar refugio a la población desplazada sería indeseable. Nuestro país, en su historia moderna -e incluso en la más pretérita- siempre se ha beneficiado de la migración extranjera. El ejemplo más sobado, por emblemático, es el de los refugiados españoles durante el franquismo. Pero, también, en el pasado reciente (e incluso en la actualidad) nuestro país ha mostrado su vocación de casa segura para los refugiados. Por ejemplo, el Proyecto Habesha, sólo por citar, ha propiciado que refugiados de Medio Oriente puedan continuar en México sus estudios, y acceder a una vida libre de violencia. Igualmente, los proyectos industriales de vehículos de motor han promovido una migración (que no se debe al asilo político, por supuesto) desde países como Japón o Alemania, con saldo benéfico para nuestro país.

 

En redes sociales (ah, esa caja de resonancia para los idiotas) se han esgrimido básicamente dos argumentos para criticar el refugio a los centroamericanos: primero, que su entrada se ha hecho desordenada e ilegal; pero un mal manejo en el cálculo político y operativo de la recepción de los migrantes no les exime de la penosa condición en la que tuvieron que abandonar su patria. Segundo, que entre los migrantes vienen delincuentes cuya presencia pone en riesgo a la población del país; sin embargo, en proporción, de los –digamos en aproximado- cuatro o cinco mil migrantes, por mucho delincuente que haya entrado, en ninguna manera se igualará o superará la potencia criminal nacional. es decir, los argumentos en contra de dar refugio sólo exhiben la xenofobia, el clasismo y el racismo de muchos de nosotros, y eso -de alguna oscura manera- nos iguala a los redneck del inner America que sustentaron el discurso facho-populista de Trump. De dar vergüenza.

Esa noción facho-populista cada vez más se expresa con fuerza en nuestra población. Parte de ello deviene por el fracaso educativo, pero otra parte -también- como lo comenté en la columna pasada, tiene que ver con cómo las esferas privilegiadas ven amenazados sus estamentos y agitan el avispero de la propaganda para legitimar su discurso de exclusión, sea con la población LGBTT+, sea con el movimiento feminista, sea con la criminalización de la pobreza, o con lo que escape del esquema conservador de la ultraderecha.

México también está propenso a colapsar por la depauperación ocasionada por el capitalismo tardío, está en riesgo real de gobernabilidad por el crimen, y la coyuntura del nuevo gobierno abre el riesgo a cualquier crisis política (sea interna o en su relación con Norteamérica, cuando ambos mandatarios son -cuando menos- arrebatados, dicharacheros, y ávidos del aplauso popular); por ello, no está de más recordar el poema “Primero vinieron…” que Martin Niemöller escribió a colación de la cobardía y pasividad de los alemanes, especialmente de los intelectuales, luego de que los nazis llegaran al poder.

 

“Primero vinieron por los socialistas, y yo no dije nada,

porque yo no era socialista.

Luego vinieron por los sindicalistas, y yo no dije nada,

porque yo no era sindicalista.

Luego vinieron por los judíos, y yo no dije nada,

porque yo no era judío.

Luego vinieron por mí, y no quedó nadie para hablar por mí.”

 

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Alan Santacruz Farfán

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