Opinión

Con broche de oro / De imágenes y textos

Analistas políticos o videntes, tal vez, comentaron en su momento que esta transición de terciopelo era tan perfecta que caía en la ficción, cómo cerrar un sexenio sin sobresaltos cuando la administración saliente es completamente antagónica a la entrante, cuál de los dos equipos se adaptó o mintió, quién cedió terreno, a qué acuerdos llegaron para evitar las fricciones; de manera explícita seguramente nunca lo vamos a saber ni los medios lo van a difundir a menos que uno de los dos gobiernos quiera dar un golpe bajo al final del proceso. Los seguidores de Andrés Manuel exigen sea más contundente, quizá rudo con la administración de Enrique, claman por encarcelar al heredero de las glorias de Zedillo y Salinas, quieren desaparecer del mapa todo aquello que suene o huela a Partido Revolucionario Institucional, según ellos a corrupción; la contraparte expone sus logros en temas económicos sobre todo, desarrollo social y educación, aunque para los radicales nunca será suficiente, más aún cuando se perdió nuevamente la batalla contra el crimen organizado y la seguridad.

Aun y con estos señalamientos por parte de la opinión pública y la sociedad en general, los dos presidentes que tiene México en estos momentos se comportan como personas civilizadas y políticos de altura, comparten momentos y aunque en la segunda ronda de charlas el que entrará el primero de diciembre fijó claramente su postura con relación a la reforma educativa, aun así, la diplomacia entre ellos es sorprendente por no decir hipócrita.

A casi un mes de que Enrique entregue la responsabilidad a Andrés Manuel, hasta la naturaleza aporta su granito de arena, la serie de fenómenos climatológicos que se han presentado estos días nuevamente pone a prueba a las autoridades encargadas de la protección civil y aunque parezcan protocolos que se corren de manera automática, si el nuevo equipo no ejecuta procesos básicos se cae en el riego de no atender a la población como lo marcan los cánones con el pretexto de que en todas las dependencias y oficinas del actual gobierno está presente el fantasma de la corrupción, los cambios pueden tocar las estructuras y fracturar los métodos que están probados.

Qué me dice de la bomba de tiempo que le explotó a Enrique en las manos, me refiero a la caravana migrante conformada en su mayoría por personas con nacionalidad hondureña; si bien no es la primera vez que nuestro país recibe más de mil personas de un jalón, recuerda los haitianos varados en Tijuana desde hace un año o los cubanos que están en la frontera de Tamaulipas con Estados Unidos, definitivamente no somos ajenos a fenómenos sociales como estos, sin embargo bajo el contexto en el que se desarrolla esta marcha migrante, yo identifico muchos elementos que distinguen momentos con relación a las experiencias anteriores. En su mayoría hondureños, un mayúsculo grupo de personas de esa nacionalidad, de todas las edades, un éxodo masivo de un país con problemas económicos que impactan directamente en sus pobladores, una crisis que los obligó a dejar de ser legales y convertirse en migrantes ilegales con aspiraciones a cumplir el sueño americano, y mire que sueño estimado lector, como si pasar la frontera de México con Estados Unidos les garantizara el cambio de vida, al bonanza económica, sin papeles y con oficios básicos el panorama se reduce y las posibilidades de ser deportados son muy pero muy altas.

La cuestión es que esa gran masa de personas ya cruzó de manera ilegal y están dentro de nuestro territorio, la pregunta es ¿Por qué los dejaron franquear nuestra frontera con la de Guatemala? El canciller Videgaray dijo que sólo algunos portan consigo documentos migratorios y que ellos podrán transitar sin ningún problema por todos los estados de la República, sin embargo no fue así, recuerda, estimado lector, las primeras imágenes del día del “portazo”, los retratos del éxodo en el puente, la manera de esquivar las débiles vallas de contención, las mujeres migrantes llorando, los hombres enfrentándose a los cuerpos policiales de la República, los niños deshidratados, el orden dentro del caos y las placas fotográficas como evidencia del suceso mediático que acaparó la atención nacional. Y después de eso montaje casi cinematográfico, nada, las cosas cambiaron, la percepción del fenómeno, la magnitud de los hechos quedó reducido a “pásele por aquí” estamos acostumbrados a tratar y atender migrantes. Yo siempre he dicho, si tu estatus migratorio no es legal en un país ajeno, entonces no perteneces ahí y corres el riesgo de salir lastimado, física y sicológicamente. Piénselo, estimado lector, usando el más rústico de los razonamientos, si alguien se adentra a su casa de manera ilegal, es decir, usted no lo invitó, quiere usar el patio de su casa como trampolín para llegar a la residencia del vecino rico porque sabe que él necesita un jardinero, pero no lo quiero contratar de manera legal ¿usted lo dejaría pasar y le pondría una escalera para que se brinca el predio contiguo? Corre el riesgo de que el vecino lo regrese por donde intentó entrar y luego, qué hace usted con la persona, la saca de su casa supongo, pero ¿y si no se va?, usted ni jardín tiene.

Que le hace, usted ya acabó el contrato de arrendamiento, el siguiente inquilino que no arregle, al fin que es a todo dar y además puede con eso y más. Es la tormenta perfecta, la cereza en el pastel, el broche de oro, la bronca que deja uno y hereda el otro, el pretexto de cambiar la absurda ruta para que toque territorio capitalino y se arme el plantón con oradores latinoamericanos y nacionales; se imagina el Zócalo de la Ciudad de México con un mitin para manifestar el descontento contra el trato poco humanitario de los pueblos centroamericanos por parte del gobierno del loco de Trump, el amigo de asilo de Andrés Manuel, no creo que le convenga eso a nuestro querido Peje, pero en fin, que se arme en el Zócalo, ya ve que somos buenos para el arguende, en una de esas hasta Café Tacvba patrocina el toquín.

 

[email protected] | @ericazocar

 


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Eric Azócar

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