Opinión

INCEL / Memoria de espejos rotos

Amor, amor de hombre,

puñal que corta mi puñal, amor mortal…

Amor de hombre – Mocedades

 

El 19 de noviembre se conmemoró una efeméride significativa: el llamado Día Internacional del Hombre. Este día, que tendrá un par de décadas de haber sido apoyado por la UNESCO, podría parecer un contrasentido, en un contexto en el que el sistema de opresiones de género pone al hombre en la cúspide de los privilegios. Sin embargo, la efeméride se centra en visibilizar formas de la masculinidad que no sean tóxicas, en la búsqueda del bienestar de los miembros del género (que por la misma toxicidad masculina suelen descuidarse a nivel de salud física y mental), y a contribuir a la equidad del hombre respecto a las distintas expresiones del género.

Igualmente, unos días después, el 25 de noviembre conmemoramos el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, efeméride en conmemoración a la fecha de 1960, en República Dominicana, cuando fueron asesinadas las tres hermanas Mirabal (Patria, Minerva y María Teresa). También esta fecha tendrá unas dos décadas de ser promovida por la Organización de las Naciones Unidas, como un tema prioritario en la agenda global para erradicar las violencias de género en las que la mujer ha sido víctima histórica y no reivindicada.

En medio de ese contexto es oportuno comentar sobre un tema que, a pesar de que lleva algunos años en foros de internet y en redes sociales, ha sido poco explorado por el gran público. Se trata del movimiento INCEL, nombrado por el acrónimo en inglés de Involuntary Celibate, o Célibe Involuntario. Este movimiento agrupa mayoritariamente a hombres heterosexuales, de distintas partes del mundo, que -con baja autoestima y graves problemas psicológicos derivados de los roles de género machistas- culpan a las mujeres por rechazar las aproximaciones sexuales de éstos.

Aunque pudiese parecer un tema menor, circunscrito al ámbito de la internet, este fenómeno del “Movimiento INCEL” ha traspasado el ciberespacio y sus militantes han cometido asesinatos colectivos en nombre de la reivindicación de lo que -ellos creen- son sus derechos a tener actividad sexual con mujeres que les han rechazado. Vn dos de los más escandalosos ejemplos: Elliot Rodger un joven de 22 años, en mayo de 2014 mató a siete personas, hirió a otras 13, para luego suicidarse; antes de la masacre, grabó y publicó un vídeo en el que explicaba sus motivaciones, todas ellas basadas en un discurso misógino, de odio hacia la mujer, y con evidencia de un machismo atroz. Igualmente, el 23 de abril de este año, en Toronto, Alek Minassian atropelló y mató deliberadamente a 10 personas, 8 de ellas mujeres; también, antes de su crimen, publicó un mensaje en Facebook en el que exhortaba a la “Rebelión INCEL”.

Estos comportamientos en jóvenes hombres, presuntamente heterosexuales, han desarrollado un cuerpo ideológico que cosifica, caricaturiza, y reduce a la mujer a una mera proveedora de satisfactores de índole sexual. Es pues, la cristalización de nuestro fracaso educativo en la formación de generaciones respecto al entendimiento y a la equidad de género. Es también una alerta sobre la toxicidad de este sistema de opresiones que se ha naturalizado tanto, al grado de propiciar brotes violentos hechos por hombres en la cúspide del machismo. Es, dicho en pocas palabras, la luz roja que debemos atender si no queremos propagar el feminicidio más de lo que ya está.

Hablar del fenómeno INCEL es hablar de la masculinidad tóxica, de las relaciones insalubres y no equitativas; es hablar de la impostura del amor romántico y sus embustes, como forma idealizada para nuestras relaciones erótico afectivas. Si profundizamos, hablar del movimiento INCEL es hablar de cómo el sistema de opresiones nos ha hecho construir roles de género que privilegian el ideal masculino, incluso a costa de la salud mental y emocional de los propios hombres, pero siempre con una fuerte carga de violencia (simbólica o de facto) contra la mujer.

Y ahí no para el asunto; hablar del INCEL es, por necesidad, la oportunidad de que nosotros (todos aquellos quienes por un accidente cromosómico nacimos con pene) podamos replantearnos la existencia: ¿Cómo construimos nuestro rol de género? ¿De qué forma esto nos ha afectado a la hora de relacionarnos sanamente y entre pares con otros hombres y, en especial, con las mujeres? ¿Qué podemos hacer para que ese virus de la misoginia interiorizada no nos aflore al primer extravío emocional? ¿Hasta cuándo vamos a dejar de estigmatizar la terapia psicológica y acudiremos a ella en un verdadero y sincero proceso de deconstrucción de nuestro machismo? ¿Somos conscientes de que por mucho que queramos abatir ese machismo, lo llevamos impregnado por siglos de cultura heteropatriarcal? ¿No nos da pudor sabernos en privilegio, mientras la mitad de la población que no tiene pene sufre de violencias que nosotros ni siquiera imaginamos? ¿Hemos construido artificialmente un modelo de hombre heterosexual tan rígido, que el hecho de sentirnos en posibilidad de atracción homoerótica nos pone violentos o defensivos? ¿Somos quienes hemos querido ser, o quienes el ideal social nos ha exigido?

Nunca será tarde para sincerarnos con nosotros y comenzar a responder estas preguntas, formularnos otras, y trabajar para que –efectivamente, y en verdad- dejemos de ser los neandertales del estereotipo del onvre, y nos convirtamos en hombres, con todo lo que eso implica, incluso si para ello depende derrumbar nuestra propia construcción; no sólo por nuestro bien o el de nuestros pares de cualquier género, sino por la sanidad de nuestro entorno, al cual nos debemos. Hablar del fenómeno INCEL es sólo un pretexto necesario para abordar el tema.

 

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Alan Santacruz Farfán

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