Opinión

20. Bolívar, el Libertador / Cátedra

Sinopsis: En 1804, la colonia semidesnuda de Haití derrota la poderosa fuerza naval de la “libertaria, igualitaria y fraternal” república francesa, demostrando que Napoleón Bonaparte no era invencible; se convirtió así en la primera de América Latina en conquistar su independencia, y en la primera del mundo en abolir la esclavitud.

Al difundirse la noticia en las colonias hispanoamericanas sensibilizadas por la campaña masónica continental de Francisco de Miranda y las sociedades lautarinas que surgieron de una plática con el libertador chileno O’Higgins, empezaron a organizarse formalmente en el secreto de las logias para luchar por su propia independencia.

Aprovechando que el momento propicio para iniciarla se presentó en 1805, cuando la flota hispana fue prácticamente destruida por Gran Bretaña en la batalla de Trafalgar -con lo cual el imperio español dio claras muestras de decadencia- Miranda desembarca con una milicia insurgente en 1806 cerca de su natal Caracas, pero es derrotada por los realistas.

Si bien deseaba el triunfo, estaba totalmente consciente de que lo importante no consistía en ganar o perder un combate, sino en poner el ejemplo; dar el primer paso en la batalla por la liberación de todas las colonias españolas para fundar la confederación soberana más grande del mundo que se extendería desde México -entonces todavía Virreinato de la Nueva España, cuyas fronteras norte y noreste colindaban con Canadá y el río Misisipi- hasta el estrecho de Magallanes, en el extremo sur de Chile y Argentina.

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Su esfuerzo no fue en vano. En cada colonia se fueron presentando movimientos que se convirtieron en francas guerras de independencia, sobre todo cuando España es invadida por Napoleón en 1808 imponiendo como rey a su hermano José.

La guerra se generaliza y empiezan a destacarse las geniales hazañas políticas y militares de Simón Bolívar, ya sea en los llanos venezolanos o salvando los más de cuatro mil metros de altura en sus famosas travesías de los Andes y organizando los pueblos liberados como repúblicas para irlas sumando al sueño Mirandino de Colombeia.

Pero también tenía períodos de derrotas que lo obligaban a recuperar energías descansando en lugares apartados o incluso en el exilio, pero siempre actualizando sus memorias, comunicándose por escrito con políticos e intelectuales del continente y de Europa o planeando las luchas del futuro, como la carta que dictó durante su estancia en Jamaica en 1815, de la que extraigo dos párrafos proféticos, en los que esboza su idea formidable de crear un poder supranacional que le proporcione paz y prosperidad al mundo:

“¡Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios a tratar y discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra, con las naciones de las otras partes del mundo. Esta especie de corporación podrá tener lugar en alguna época dichosa de nuestra regeneración; otra esperanza es infundada, semejante a la del abate St. Pierre, que concibió el laudable delirio de reunir un congreso europeo para decidir de la suerte y de los intereses de aquellas naciones.”

“Los estados del istmo de Panamá hasta Guatemala formarán quizá una asociación. Esta magnífica posición entre los dos grandes mares podrá ser con el tiempo el emporio del universo; sus canales acortarán las distancias del mundo; estrecharán los lazos comerciales de Europa, América y Asia; traerán a tan feliz región los tributos de las cuatro partes del globo. ¡Acaso sólo allí podrá fijarse algún día la capital de la tierra como pretendió Constantino que fuese Bizancio la del antiguo hemisferio!”.

Se muestra, aquí, como el precursor clarividente de una Organización de las Naciones Unidas que se creó un siglo después con la misma pretensión, aunque no con la eficacia que él soñó.

Logra impulsar la idea Mirandina de integración de la Gran Colombia entre 1819 y 1823 empezando con la fusión de lo que fueron el Virreinato de la Nueva Granada y la Capitanía General de Venezuela entre 1821 y 1824.

Por otra parte, la República Federal de Centroamérica logró concretarse gracias al notable intelectual guatemalteco José Cecilio del Valle -quien seguramente estaba al tanto del proyecto integrador de Francisco de Miranda- y a la entrega de su talentoso amigo, el hondureño Francisco Morazán, durante el tiempo que ejerció el cargo ejecutivo de la República, de 1830 a 1839, siendo él quien aplicó integralmente por primera vez en la Región las leyes de reforma, veinticinco años antes que México.

Fue justamente en la época en que se estaban desarrollando los experimentos integradores en la Gran Colombia y en Centroamérica, cuando de regreso de un viaje a México que le encomendó Bolívar a su fiel colaborador argentino Bernardo Monteagudo, este hizo escala en Guatemala para empaparse de aquel ensayo cívico-político, que le describió ampliamente a Bolívar a su regreso; el Libertador le encomendó entonces realizar un estudio en el que se describiera la organización del proyecto para ponerlo en práctica. Monteagudo dejó avanzado el trabajo, pero no logró terminarlo porque un asesino terminó con su vida.

El 11 de Diciembre de 1824 se llevó a cabo la más célebre de todas las batallas -comandada por el Mariscal Antonio José de Sucre, a quien Bolívar quería designar como su sucesor- con la que se obtuvo el triunfo definitivo de los pueblos hispanoamericanos sobre la corona española: la de Ayacucho, localidad ubicada en la falda de los Andes, relativamente cercana a Lima, la capital de Perú.

Casi simultáneamente, Simón Bolívar convocó a los gobiernos de las colonias liberadas, desde México a la Tierra del Fuego, para asistir al Congreso Anfictiónico de Panamá, a celebrarse a partir del 22 de Junio de 1826, en el que se propondría la integración regional con base en el proyecto de Monteagudo.

Hasta aquí todo parecía prosperar, a pesar de las desavenencias que empezaron a surgir por parte de los caciques locales que no tenían intenciones de perder el poder que habían conseguido acumular durante las hostilidades.

La semana próxima veremos el desenlace y daremos un golpe de vista a las profundas transformaciones económicas, políticas y sociales que se empezaron a manifestar en el siglo XIX, derivadas de las tecnologías aplicadas en la Revolución Industrial.  

 

“Por la unidad en la diversidad”

Aguascalientes, México, América Latina

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Netzahualcóyotl Aguilera R. E.

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