Opinión

Cuartotransformario / La escuela de los opiliones

Se la metimos bien doblada, camarada: el albur mexicano casi siempre está en boca de niños saltarines necesitados de algunas risas, o hambrientos por conectar con sus, eh, camaradas. Otras veces, las menos, es una herramienta de personas crueles que buscan humillar al otro y suponen que el albur, más allá de la estocada verbal, de verdad penetra forzadamente a su interlocutor (bigotes imaginan que doblan a otros bigotones contra el escritorio de su desdicha en el godinato). Los hombres nos albureamos entre hombres con cierta regularidad porque tenemos problemas con sobar el pito ajeno (por mero antojo, cariño o como un parito de cuates), pero habrá algunos más que intenten el finísimo arte del albur con una mujer porque es una cosa muy versátil, chicle y pega salimos después de esta, y quizás hasta se enamore de nuestra coherencia alburística. En general estamos programados a buscar el albur, un doble sentido, y además participar en él, darnos el sablazo tan pronto comience la jiribilla; por lo tanto no es extraño que algunos cromañones lo incorporemos al habla común y supongamos, pues, que es una expresión inofensiva. Merecemos todas las pedrada

La segunda transformación: afortunadamente ya no existen los cromañones en el mundo o me buscarían por supuestas ofensas. Pero si algún cromañón tocara a mi puerta, gustoso y feliz le diría: “¿Le duele la cabeza? Vaya, y eso que no se la he metido toda, camarada”. Quizás ese es el problema del asunto: “camarada”. Invitas al otro a que sea tu cómplice en tu violación imaginaria. Como si no tuviéramos suficiente con Bang Bus, pero también tenemos que hilvanar y participar en estas historias extrañas de sometimiento al caído.

Corre GC, corre: el sábado prendí el televisor y escuché una voz envejecida (pero no vencida) hablar de historia, de moral, del destino manifiesto mexicano. Para allá vamos, a sanar al país, a convertirlo en la máquina progresista chu-chú que deseamos desde tiempos de Cárdenas. Agustín Yáñez y Carlos Fuentes habrían estado orgullosos. Le di el primer sorbo a mi café, mi nuevo presidente, míralo, ahí está. No voy a mentirles: sentí un poco de alivio al saberme tripulante de un barco con un presidente menos guapo, menos televisivo. El alivio se convirtió en melancolía cuando, hurgando en mis recuerdos infantiles, fácilmente pude asociar al señor con cierta imagen de la infancia. Era mi tío Gamboín dando los anuncios a la comunidad del canal 5.

La república amorosa: luego miré a los cadetes atrás de él: dos jóvenes, un hombre y una mujer, cumpliendo la obligación de cuidar al jefazo. Hice cuentas: ellos prácticamente crecieron toda su vida, bombardeados con las notas y las marchas, junto con las múltiples decepciones de AMLO hasta que llegó a la presidencia. El joven lleva a los viejos a los hombros a su destino. Este hombre hizo una peregrinación de décadas para escuchar al país pero, sobre todo, para hacerle promesas. Sus desplantes mediáticos están plagados de simbolismo, de arrogancia y ambición, pero también sostendrá algunos buenos deseos. No sé qué tipo de hombre resulte de una penitencia política de esta naturaleza, pero, por lo menos, debe ser un hombre interesante.

La cuarta transformación: creo que la infancia mexicana está marcada con aquella imagen de Gokú: mitad hombre, mitad mono, en su rostro una expresión medio cínica, alegre y furiosa por contener en su musculoso cuerpo el poder del universo. Tan grandote y cavernícola que, sinceramente, tendrías miedo de que un señor así te la metiera toda, y doblada. Ahora que lo pienso, todos los personajes de GTA son como una versión monstruosa de sus originales: el androide 17, majin buu, la nieta de Gokú. Pero el Super Saiyajin 4 da para muchos cuestionamientos freudianos: el resurgimiento de una naturaleza primaria, controlar los impulsos por el bien del universo, bla bla bla. Akira Toriyama borró a ese Gokú y se decantó por convertirlo en uno más sencillo, más elegante en sus trazos. Un debilucho (nomás de vista) con cabello azul, o cabello rosa, o cabello cenizo. Un súper hombre que puede transformarse en todos los hombres (animados).


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Agustin Fest

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