Opinión

Las claves del discurso

Para mi amigo EH

 

Los discursos de toma de posesión del presidente electo y el acto en el zócalo, el pasado 1 de diciembre, trascienden lo político. Resultaron un acto de condensación de ansiedades y estados anímicos en un foco de esperanza que es la base de todo evento religioso, dicho esto no con afán de sátira sino en el más estricto sentido antropológico. Siguiendo a Jung, todo fenómeno religioso, en su primer impulso, es afloramiento de la energía contenida en las placas tectónicas de la psique colectiva y, a partir de ese acto fundador, emerge en manifestación ritual de despliegue de la sociedad ante sí misma. México quiere creer-y valga la ironía- de eso no cabe duda. Muchos críticos tratan de repensar esto desde lo que nos resulta familiar: un acto circense orquestado por un populista cínico y pragmático o un acto de restauración nostálgico del priismo estatista setentero (Jorge Castañeda). En lo que sigue rechazó una y otra tesis y haré una reflexión tomándome en serio este fenómeno como un acontecimiento genuino, agrade o no. Como tal, evoca lo viejo y lo nuevo, pero en inédita combinatoria. Para empezar, no hay que subestimar la radicalidad tanto política como supra-política de la que hemos sido testigos.

La radicalidad política hay que pensarla no sólo desde una experiencia nacional que nos resulta más o menos familiar, sino desde una radicalidad distinta que denomino “maoísmo soft” y que discurre por dos cauces:

  1. La puesta en marcha de la desinstitucionalización del Estado, la sustitución de aquél por un movimiento lo que lleva a barrer los cuadros de gobierno (los mandarines tecnócratas) y a una segura ruta de colisión con las instituciones autónomas. Mucho se ha hablado de la usurpación de funciones del INE en las “consultas” pero un ejemplo ilustrativo en el que no muchos repararon fue cómo AMLO ha utilizado a las bases territoriales de Morena para realizar “Un Censo de Bienestar” sin atribuciones legales para hacer tal cosa, pasando por encima de Inegi. Más allá de esto será inevitable la colisión con Banco de México. Algo me dice que AMLO-Morena a habrán de cambiar el mandato constitucional de esa institución, echando mano de sus reservas para convertirla en un híbrido imposible de banca de desarrollo y banca central. Las taras de echeverrismo nos resultan obvias, pero se le puede señalar de todo menos que destruyera instituciones, por el contrario, creó varias que siguen vigentes: Conacyt, Profeco, Conapo, Infonavit.  Aquí, por contraste, pareciera que se podrá prescindir de instituciones o transformar por entero su mandato. Luis Echeverría (1970-76) llegó a la presidencia como un Apparátchik mientras que AMLO es ahora un líder social con poderes de Estado.
  2. El otro cauce es el afán predicador-admonitorio; un estilo personal que quedará plasmado en una “Constitución Moral”.  Detrás de ello va el impulso de reeducar al funcionariado, pero con una tendencia a desbordarse hacia la sociedad, tendiendo en la mira a los medios de comunicación e incluso a las relaciones mismas entre los particulares, irrumpiendo en un micro-manejo de la vida. Los moralismos tienen una veta totalitaria y no son fáciles de confinar una vez que se afirman vigorosamente; sabemos desde Robespierre que hay tiranías de la virtud que siguen su propia dinámica.  Así, la otra dimensión del maoísmo soft será la reeducación sistemática, impulsada desde el poder y avalado por la movilización permanente en la calle y esa milicia virtual de las redes sociales.

Los discursos del primero de diciembre manifiestan entre líneas que, si bien hay perdonados, ni AMLO mismo puede garantizar su perdón: ello conecta perfectamente con la dinámica de un movimiento moralizante. No sólo sobre individuos, sino sobre sectores completos, pende una implícita Espada de Damocles. Entre los perdonados “la rapaz iniciativa privada” buscará alinearse con los gobernadores, territorializando una resistencia no sólo económica-política sino incluso cultural en oposición al movimiento concentrador de poder desde la CdMx ¿comenzaremos a ver en México versiones tropicalizadas del Procés catalán o de la liga lombarda? Sin duda con la cuarta transformación estamos ante un abanico de posibilidades más amplio que lo que hasta ahora hemos imaginado, incluyendo una crisis centrífuga.

¿Podrá salir el país adelante y renovado de semejante vorágine, así como lo hizo la China del siglo XXI? Bueno, eso es otro cantar. Uno nunca sabe cuán misteriosos son los caminos de la historia.

En cuanto a la radicalidad supra-política…

Una clave del discurso de AMLO con respecto a la cual ha faltado imaginación es su insistencia en un “no fallarle al pueblo” fusionada a su ambición a hacer Historia, con mayúscula. ¿Qué significa eso? El gozne de la promesa y la ambición de trascendencia es el pathos redentor. La ambición mesiánica de quedar en la memoria y gobernar en la conciencia de hombres y mujeres resulta más grande que la vida misma. Y es que un redentor es una víctima no sólo de sus enemigos, sino también de sus seguidores que siempre esperan más de él. Acudo a una secuencia de La última tentación de Cristo de Martin Scorsese (1988). Después del azoro ante el milagro de la resurrección de Lázaro, los seguidores del nazareno quedan a la expectativa de lo que sigue y supere aquello ¿qué podrá ser más grande que lo atestiguado? La respuesta es Jerusalén, en donde el redentor va y se estrella con todo lo que representan sus muros. Jesús de Nazaret entiende que la única salida que le queda es el auto sacrificio en un acto último de agitación radical y definitivo porque, él mismo, propicia los puntos de no retorno en su propia narrativa en construcción. Imposible reintegrarse a una vida normal (tal es la última tentación) tras el rechazo de la ciudad sagrada. Trasladando a nuestro aquí y ahora, los muros de Jerusalén son la metáfora de la realidad con la que se estrellará tarde o temprano nuestro presidente antes electo y ahora ungido (literalmente). En el fondo sabe que ello ocurrirá de un modo u otro. De ahí que no nos sorprenda que se vaya tornando cada vez menos cuidadoso en todo lo que atañe a sus asuntos de seguridad personal, cual si fuera una cosa suya y no un asunto de estado. Tentará al destino si es preciso forzar al límite la narrativa de culpables y víctima propiciatoria. Podrá heredar así su condena moral en un movimiento más potente, radical y duradero sobre la base de una narrativa reforzada y autocumplida. En su script está contemplado que entrará en la historia a como dé lugar, ya sea desde el triunfo o desde el fracaso. Es entonces cuando la cuarta transformación nada tendrá que ver con asuntos mundanos que a todos nos ocupan, sino con una disyuntiva definitiva en las almas y en las conciencias. Parteaguas de los tiempos: conmigo o contra mí por todas las generaciones por venir.

No es la realidad sino el alma, estúpidos.


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Rodrigo Negrete

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