Cultura

Nunca es el mismo lugar

Aquí estoy, otra vez, recorriendo el mismo camino de siempre, el que mis pasos han memorizado y recorren ya sin temor, un sendero que empieza donde terminan las construcciones y los matorrales, mezquites y nopales dominan hasta donde se alcanza a ver.

Justo en la primera curva está ese nopal alto y frondoso con una pila de piedras a sus pies, siempre me dijeron que un hombre había muerto y estaba enterrado ahí y que había que colocarle una piedra para honrarlo y para que su fantasma no nos siguiera en el camino, y yo, nunca he faltado a la tradición.

El camino de grava continua con subidas y bajadas, una ardilla atraviesa el camino y nota mi presencia, estáticos los dos nos miramos un segundo, atentos al siguiente movimiento y cuando avanzo, emprende la retirada a toda prisa.

Sé cuándo he llegado a la mitad del camino, aunque en realidad no lo sea, al encontrarme con el vivero, una sola vez encontré a una persona atendiendo el lugar y me advirtió que siguiera con cuidado pues la época de apareamiento de los jabalís los hacía agresivos; el vivero fue abandonado hace años y las hierbas reclamaron el lugar. Esta es la mitad del viaje porque de tener campo abierto a ambos lados y un cielo despejado, el camino se cierra a un pasillo que forman dos cerros y la vegetación cambia, los árboles techan muy en lo alto el resto del sendero, un arroyo del otro lado de la alambrada lleva siempre corriendo agua y aunque siempre hay plantas verdes, desde hace años dejé de ver ese tapiz de alcatraces que cubría el riachuelo y ahora sólo unos cuantos destacan con sus flores blancas.

Las lluvias de este año fueron intensas, atípicas y alteraron el entorno, se reblandeció la tierra y árboles gigantes cayeron, algunos sobre el camino, otros sobre el mismo riachuelo, con enormes pedazos de tierra aún pegados a la base, exhiben como abanico sus raíces y crean un hábitat para los pequeños peces que nadan cerca de la superficie.

Las pocas familias que empezaron a construir ya no están, y esa pequeña casita roja, la última en edificarse, ya tiene las ventanas rotas.

Los cerros se alzan a ambos lados imponentes mientras llego a la cerca rota con un anuncio lleno de grafitis de Conagua que prohíbe el paso, pues lo que sigue es zona federal; esa barrera no siempre estuvo ahí y tan ajena fue su construcción, tan el espacio era de la gente que poca resistencia puso y seguro es que más tiempo tardaron en levantarlo que la gente en abrirse paso. Lo que sigue es la cortina de la presa del Jocoqui, es el final del viaje, es ese muro que contiene parte de las aguas que vienen de más arriba, de la presa Calles en San José de Gracia.

Tuve suerte de encontrar lo que buscaba, la cascada que se forma en la escarpada ladera del lado derecho de la cortina lleva buena cantidad de agua y su sonido calla por fin todas las ansiedades, es este lugar mi espacio de silencio para desconectar la mente y dejar que la naturaleza restablezca el orden.   

El camino siempre ha sido el mismo, pero cada que lo recorro encuentro cosas nuevas, no sólo en el paisaje, encuentro cosas nuevas en mí.

 

The Author

Cristian de Lira

Cristian de Lira

Cristian Gerardo de Lira Rosales. Edición y fotografía. De temple relajado y reflexivo, curioso y observador. Gustos por descubrir nuevos sabores y probar buena cerveza. Intereses en temas ambientales, culturales y deportivos, villamelón del futbol. En busca de contagiar el ánimo por participar.

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