Opinión

Sacarla y desdoblarla: ciencia jurídica y Portugal / Cinefilia con derecho

Permítanme sacármela y desdoblarla… me refiero a las líneas que he pergeñado, pero que en ese doble sentido que le dio a sus palabras Paco Ignacio Taibo II, tengo que acusar de recibo pues ¿a quién podría dirigirse el albur cuando implica que sea como sea, aún sin modificación de la ley, será director del Fondo de Cultura Económica? Solo pueden metérsela, en ese sentido “lepero” que el mismo aceptó, a los ciudadanos en general y en lo particular a quienes defendemos la legalidad.

Pero dejemos los dobleces, para hablar de la FIL y de su país invitado, el cual nos remite indudablemente a su angustioso fado, ese canto triste generalmente acompañado de la viola y la guitarra portuguesa; su cocina mediterránea o su delicioso vino tinto, del cual prefiero con mucho el de la región de Alentejo; en lo personal evoco a su hermosa ciudad de Lisboa, la cual caminé agradablemente con un amigo, bebimos oporto en el café A Brasileira donde también pudimos admirar y tomar la selfie con la inmortal estatua del inmortal poeta Fernando Pessoa. Viene a mi memoria el célebre escritor portugués, porque una gran parte de su legado se basa en el recurso de los heterónimos, un nombre falso al que atribuye el autor su obra.

Por lo anterior, lo que haré aquí es asumir que la obra de los autores de Ciencia Jurídica es en realidad mía, que la he publicado con sus nombres, porque en el fondo, todos tenemos el mismo fin: los derechos humanos; y esta revista trae aparejado el objetivo de mejorar las prerrogativas fundamentales, baste abrir cualquiera de sus ejemplares para constatarlo. Entonces mi participación, como heterónimo y como ortónimo, se trata de ser árbitro, lector y autor, como en este número donde hablo un poco del derecho a la cultura.

Así pues, no soy yo sino Luis Felipe Guerrero Agripino, quien hace un recuento de la gran cantidad de reformas a la Constitución con especial énfasis en la materia penal, y nos advierte de un peligro: “el abuso de los derechos programáticos, eminentemente aspiracionales… se convierten en letra muerta, o, lo peor es que se generan falsas expectativas en la ciudadanía. Otro problema es la saturación de preceptos que deberían formar parte de leyes o reglamentos y no de la carta fundamental”. Y ahora viene una andanada de reformas en la Cuarta Transformación.

En mi artículo publicado con los heterónimos de Julio César Kala y Leticia López Serna, se resume en una hermosa frase de ese otro portugués José Saramago, quien en su novela El viaje del elefante afirma “El respeto por los sentimientos ajenos es la mejor condición para una próspera y feliz vida de relaciones y afectos” debemos hacer énfasis en eso, respetar lo que los demás hagan de su vida, es justo lo que planteamos los autores; pudiera resumirlo de otra forma, ya que lo que nos enseñó la pasada elección fue “el derecho de llamar las cosas por su nombre” (Taibo II dixit) el opúsculo puede sintetizarse en el sabio y popular que cada quien haga lo que le dé su chingada gana.

Para otro de mis artículos escritos con heterónimos, decidí utilizar uno fifí: Leandro Eduardo Astrain Bañuelos, nombre rimbombante, pero que contrasta con las ideas del escritor: limitar al sistema penal de un estado constitucional, pues en una democracia como la nuestra no debería de haber excesos, como los que veremos próximamente que se aumente, por aclamación popular, los tipos penales de prisión oficiosa, con todo lo violatoria de derechos humanos que es.

Con el ortónimo de Rubén Díaz, escribo sobre los derechos culturales subjetivos, se trata de buscar o acercarse al sustrato, lejos de teorías abstractas, cavilaciones meticulosas o de lo enredado o pésimo que se hace en la Ley General de la materia, Me centro en encontrar lo primordial de este derecho humano: producir manifestaciones culturales y ser receptores de ellas.

Y podría seguir, hablando largo y tendido pero entonces ¿Qué leerán ustedes querido público? Ya sea en su versión escrita, o electrónica, tiene a su disposición el número 14 de esta revista que no sólo está arbitrada, sino además indexada, lo que permite garantizar calidad. Sé que su lectura no es fácil ni plácida como una novela del Lobo Antúnez, por el contrario es áspera y a veces pesada, sin embargo, hoy que se vislumbra un cambio radical del derecho mexicano, es necesario contar con un faro que guíe estos nuevos derroteros, y Ciencia Jurídica sin lugar a dudas lo es.

 

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Rubén Díaz López

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