Opinión

Tiempo de escribir / Favela chic

En principio de cuentas, La Jornada guarda un valor sentimental asociado a mi infancia. En los años ochenta, mis padres José Lira y Gloria Rosiles tenían una ideología de izquierda y leían obras marxistas (recuerdo haber visto el 18 brumario de Luis Bonaparte en un librero). Ponían en tela de juicio el modelo económico neoliberal y estaban a favor de la libertad de prensa. Cuando se fundó La Jornada como una propuesta independiente, asistieron a su presentación en el Hotel de México, el 29 de febrero de 1984. Mi madre reconoció entre la concurrencia al ya entonces Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, que había hecho sus pinitos en Barranquilla como periodista y había recibido serias amenazas por criticar al imperialismo yanqui. Precisamente La Jornada surgió para defender los dos principios éticos del periodismo, que atacan sin clemencia los gobiernos autoritarios: comprometerse con la sociedad y transmitir información veraz.

 

El amor en tiempos del PRI

En la crónica “La sociedad en el espejo de las princesas”, Carmen Lira Saade, directora de La Jornada de la Ciudad de México, evoca el entusiasmo que despertó el nuevo proyecto periodístico entre artistas e intelectuales de renombre. Rufino Tamayo y Francisco Toledo, en particular, lo impulsaron haciendo espléndidos donativos. Pero entre los mecenas había también ciudadanos comunes y corrientes. Las finanzas de mis padres eran muy modestas: José vendía libros; Gloria, daba clases de primaria. Sin embargo, retiraron sus ahorros del banco y aportaron cinco mil pesos a la causa, el costo de la renta mensual de su vivienda en Ciudad Nezahualcóyotl. Por tratarse de un gesto altruista, no cobraron dividendos. Se sentían orgullosos de haber puesto un granito de arena para construir lo que Henri Bergson llamó una “sociedad abierta”: tolerante, plural, transparente y respetuosa de los derechos humanos. Mis dos hermanos y yo habríamos de nacer a finales de los ochenta, en esa atmósfera de esperanza.

Pero algunos cambios son demasiado lentos e incluso los espíritus más tenaces pueden languidecer por los condicionamientos sociales. Dos años antes de que el “error de Diciembre” detonara la crisis del 94, el matrimonio de mis padres se resquebrajó. Aunque aún no había perdido su empleo, José llegó a la conclusión de que nunca iba a realizar sus más caros anhelos con una familia a cuestas. Buscando otro estilo de vida a cualquier precio, tomó su bicicleta, su máquina de escribir, sus libros (incluyendo el 18 brumario) y nos abandonó a nuestra suerte. Dio un viraje del socialismo al egoísmo, pues de ahí en adelante sólo veló por sus propios intereses. Pero de aquellos días de vino y rosas, Gloria conservó el hábito de leer La Jornada. El 14 de marzo del 2000, en el marco del Día Internacional de la Mujer, fue publicada en la sección “Correo Ilustrado” una carta suya, donde exigía amparo jurídico y económico para los hijos de familias desintegradas y denunciaba con pelos y señales a mi padre, oculto desde hacía ocho años en alguna madriguera. “Para una mujer en ese trance difícil -escribió- los hijos son una bella recompensa, pero no por ello debemos optar por la sumisión”.

 

Conjura comunista

Mis abuelos maternos, Carmen Estrada y Roberto Rosiles, fueron obreros sindicalizados con un bajo nivel educativo, como gran parte de su generación. La “dictadura perfecta” no hubiera sido posible sin personas así, manipuladas habilidosamente por partida doble. Eran títeres del PRI, pero también de la religión católica. Tras la ruptura de mis padres nos quedamos a vivir en su hogar. Por cuestiones de trabajo Gloria se ausentaba el día entero, pero de regreso a casa traía consigo La Jornada. Roberto, a quien le sentaba mal el ocio postjubilatorio, leía el diario para matar las horas de tedio. Poco a poco se obró el milagro: empezó a criticar al partido hegemónico, un hecho tan insólito como si se hubiera unido a los Testigos de Jehová. Cuando mi abuela discutía con Gloria, le echaba en cara el haber convertido a su padre en un “comunista”. Para ser sincera, la metamorfosis de mi abuelo nunca fue total, por tratarse de un hombre chapado a la antigua. Pero la función pedagógica inherente a los diarios surtió efectos en mi hermano José desde temprana edad.

La lectura, como muchos otros hábitos, puede aprenderse por imitación. Siguiendo el ejemplo de Gloria, mi hermano leía “La Jornada para Niños”. A falta de redes sociales, como Facebook o WhatsApp, incluso tuvo la ocurrencia de escribir a máquina El Periodiquito, un diario familiar donde comunicaba en un tono humorístico las noticias que sucedían en casa. Años más tarde, el corte informativo de La Jornada influyó en su decisión de estudiar Ciencia Política en la UAM Iztapalapa. Durante el primer año de la licenciatura, revisando el archivo de un profesor, se enteró de que mi padre se había matriculado en la misma carrera dos décadas antes, pero la truncó por razones económicas. Si Gloria hubiera mencionado una sola palabra al respecto, de seguro mi hermano habría tomado otro camino en un acto de rebeldía, pero ya había elegido su vocación. Después de todo, la sangre llama. Pero, en un acto de salud mental, José adoptó el seudónimo de Tristán para no ser confundido con su infame padre, como el protagonista de Los años falsos (1987), una novela de Josefina Vicens. Hoy en día es un destacado estudiante, que está por concluir su doctorado en la Universidad a Distancia de Hagen (Fernuniversität Hagen), al norte de Alemania.

 

La Jornada Aguascalientes

Con estos recuerdos en mente, viajé en octubre de 2017 a Aguascalientes y participé en la Feria del Libro. Ahí conocí a Tania Magallanes, jefa de Redacción de La Jornada, una mujer encantadora de ojos grandes y abundante cabellera. Me invitó a escribir en sus páginas y acepté sin reparos. Meses atrás había platicado por teléfono con María Muñiz, una amiga mazateca. Yo estaba en medio de una crisis y tenía la neurosis a flor de piel. “Es tiempo de escribir”, sugirió en un tono maternal, pensado en las virtudes curativas de la palabra. La Jornada Aguascalientes me brindó la oportunidad de ejercer un oficio que me había cautivado desde niña, dialogando conmigo misma y con los lectores. Bauticé a mi columna “Favela Chic”, el nombre de un restaurante bar de París, ubicado cerca del río San Martín, una zona en perpetuo jolgorio. “Favela chic” es un oxímoron, una contradicción. Expresa la conciencia de vivir en una sociedad tercermundista como la nuestra, donde el pensamiento crítico es indispensable para combatir problemas antiquísimos. Pero al mismo tiempo expresa una pulsión compartida por todos los jóvenes, sin importar su procedencia: vivir de cara a la modernidad, con hedonismo y desenfado, bajo el dictado de los instintos.

Con el lema “Porque alguien tiene que decirlo”, La Jornada Aguascalientes festeja su primera década. A lo largo de doce meses y una veintena de colaboraciones, he publicado “Favela Chic” sin cortapisas formales ni de contenido; siempre a mi ritmo, sin dar maquinazos ni escribir sobre las rodillas; siempre con regocijo por transmitir mis conocimientos y experiencias a un público heterogéneo; siempre con zozobra por la gran responsabilidad que conlleva. Al estrechar lazos con esta familia periodística, encabezada por Edilberto Aldán, he podido también estrechar lazos con dos fantasmas del pasado: José y Gloria. Como en la serie de los noventas Quantum Leap, protagonizada por dos científicos que viajan en el tiempo para enmendar los errores ajenos, muchas veces los hijos cargamos con los sueños rotos de nuestros padres y sentimos el impulso de realizarlos. Gracias a La Jornada Aguascalientes, sin habérmelo propuesto, cumplí un deseo que ellos albergaron en su juventud, cuando aún no habían perdido la fe: el deseo de tener una voz propia y de hacerla oír.

 


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Gabriela Lira Rosiles

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