Opinión

Análisis a la Cartilla Moral / Memoria de espejos rotos

Enséñame a ser feliz como lo eres tú, a dar amor como me lo das tú,

a perdonar como perdonas tú, sin recordar el daño nunca más.

Enséñame a consolar como consuelas tú, a confiar como confías tú,

a repartir sonrisas como tú, sin esperar nada a cambio nada más…

Tengo mucho que aprender de ti – Emmanuel

 

Recién, el Gobierno Federal ha comenzado la distribución de un documento que ya había anunciado desde hace tiempo, con el que se había delineado parte de la propuesta de cambio que el antes candidato y ahora presidente ofrecía como uno de los remedios contra los males nacionales, y que se pretende colocar como un referente censor de la conducta, no con alcances legales -como obviamente sería una ley proveniente de los poderes del estado-, sino con estrictos alcances morales, cuya sanción no podría ser jurídica, sino de estigma colectivo.

Esta llamada Cartilla Moral, redactada por el ilustre y preclaro Alfonso Reyes hace más de 50 años, podría ser un documento necesario dada la decadencia social cifrada en los distintos aspectos de la vida comunitaria: los fracasos cívico y educativo, el alza en los distintos tipos de corrupción, la carencia de empatía colectiva y de cultura de paz, entre otras pandemias que nos asolan. Sin embargo, hay varias notas que es pertinente hacer al documento, para lo cual ofrezco un breve análisis. Para empezar, la cartilla consta de 13 partes más una introducción en la que el presidente propone un “renacimiento de México” fundado en los valores que contiene el documento. La cartilla original fue “retocada” por José Luis Martínez, para adecuar y contextualizar el contenido a los tiempos actuales, aunque se afirma que sólo fue una adaptación cosmética que no modifica la esencia del texto de Reyes.

La primera parte, La moral y el bien, habla sobre la bondad, la maldad, la ética y la moral. Tiene resabios del vetusto debate entre Hobbes y Rousseau sobre si el humano es bueno o malo por naturaleza; es decir, padece unos doscientos años de vejez conceptual.

La segunda parte, Cuerpo y alma, desde el título expone su peligro: el gobierno (y por extensión, el estado) no puede afirmar ni basar ninguna expresión autoritativa en la existencia metafísica del alma; no es su terreno ni debiera ser su intención, y es una acción -cuando menos- cuestionable, cuando no decididamente reprobable. En el contenido se aprecia la moral puritana propia del protestantismo, blanqueada con la noción del “justo medio” aristotélico.

La tercera parte, Civilización y cultura, habla sobre cómo la vida en comunidad, civilizada y orientada al fomento cultural, aleja al humano de las bestias, y nos brinda brújula moral. Como nota marginal, el texto se refiere “al hombre”, no a la persona ni a la ciudadanía, ni a la especie humana, y esta referencia se repite en otras partes. Aunque podría parecer un error de sesgo nimio y común, habla en lo profundo de la miopía que el texto tiene ante necesidades civiles contemporáneas como toda la referente a la cuestión del género.

La parte cuatro, Los respetos morales, repite un filo peligroso: “Estos respetos equivalen a los ‘mandamientos’ de la religión”. Insisto, no estamos en una teocracia en la que las deliberaciones autoritativas del estado se homologuen con los dictados de credo religioso, y sí, eso es un peligro. Por lo demás, el contenido discurre sobre el valor de distinguir el bien inmediato y personal, del bien superior y colectivo, como una forma de cohesión comunitaria.

La quinta parte, Respeto a nuestra persona, repite la fórmula moralina del protestantismo, reitera -además- que el texto va dirigido “a los hombres”, y recalca nociones como que “Cada uno de nosotros, aunque sea a solas y sin testigos, debe sentirse vigilado por el respeto moral y debe sentir vergüenza de violar este respeto. El uso que hagamos de nuestro cuerpo y de nuestra alma debe corresponder a tales sentimientos”, mediante los cuales se alcanza la “dignidad personal”.

La parte seis, La Familia, desaprovecha una magnífica oportunidad para hablar de la diversidad en los núcleos familiares, y se estanca en los lugares comunes que han perpetuado el modelo de la “familia tradicional” como “núcleo de la sociedad”, basado en la jerarquía vertical “del padre al hijo”. Vetusto y mocho, por decir lo menos.

En la parte siete, La Sociedad, se habla de la extensión de la familia a los grupos comunitarios, de la justicia, la urbanidad y la cortesía, como valores que sustentan a la colectividad.

La parte ocho, La Ley y el Derecho, narra sobre la importancia del imperio legal, y tiene una frase que concentra el sentido del capítulo: “La ley no es una imposición ni una restricción contra el libre albedrío, sino, por el contrario, una garantía de libertad”. Habla sobre que la ley del estado es la voluntad del pueblo, como Rousseau en el Contrato Social. De modo aristotélico, ensaya sobre la perversión de la ley como causa de revoluciones, y también enjuicia que hay revoluciones “justas” y otras “injustas”.

La novena parte, La Patria, es una exaltación del nacionalismo (tara cultural), y expone cosas como que “Cuando hay lucha entre las naciones, lo que no pasa de ser una desgracia causada por las imperfecciones humanas, nuestro deber está al lado de la propia patria, por la que tendremos que luchar y aun morir”. Aquí se levanta en el mástil mi bandera, como un sol entre céfiros y trinos, muy adentro en el centro de mi veneración.

Décima parte, La Sociedad Humana, extiende los valores y “respetos morales” vistos anteriormente, a una escala global como un modo de sana coexistencia. Afirma que “No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan”, lo que recuerda al cuento de Francisco Hinojosa La Peor Señora del Mundo, y el trato que la “Voluntad General” habría de dar a los comportamientos atípicos. Si partimos de esa premisa ¿Cómo sería el trato comunitario hacia los sadomasoquistas?

En la parte undécima, La Naturaleza, nos obsequia una postal añeja y cursi sobre la co responsabilidad en el cuidado, manutención y mejora del entorno ambiental. Es evidente que la redacción se hizo antes de los grandes desastres ecológicos, de la nueva ola de amenazas de extinciones, y de la crisis por el calentamiento global y la sobreexplotación de recursos. Queda corta y chata, pues.

La parte doce, El Valor Moral, diserta sobre universales, como la verdad, el valor del estoicismo ante lo que no depende de la voluntad humana. Sobre esto, casi como chiste, afirma que “En esta dependencia de algo ajeno y superior a nosotros, el creyente funda su religión, el filósofo, según la doctrina que profese, ve la mano del destino o la ley del universo; sólo el escéptico ve en ello la obra del azar”. Reitero la insistencia en que estos contenidos, promovidos por el estado, se arriesgan en la resbaladiza pendiente de los credos de fe.

La parte trece, Primer Resumen, es un sumario de la idea de que el bien es bueno y el mal es malo. A partir de esta tautología (dedicada -otra vez- a los hombres), se redondea la idea general expuesta en el texto: hay que ser buenos, porque es lo bueno, y en eso se fundan la familia, la sociedad y la civilización misma.

Finalmente, la parte catorce, Segundo Resumen, es una suerte de la Tablet de la ley mosaica que dicta los respetos morales a los que se debe ceñir el ciudadano tetra transformado: 1.- Respeto a nuestra persona en cuerpo y alma, 2.- Respeto a la familia (con jerarquía vertical), 3.- Respeto a la sociedad humana, 4.- Respeto a la patria, 5.- Respeto a la especie humana, y 6.- Respeto a la naturaleza que nos rodea.

Ahí termina el documento conocido como Cartilla Moral, adaptación casi textual de un texto de Alfonso Reyes, escrito a mediados del siglo pasado. De modo sumario, aunque contiene puntos necesarios en el trabajo por una cultura de paz, que abone a la empatía colectiva y la sana coexistencia, está plagado de lugares comunes y verdades de Perogrullo, con un tufo ciertamente moralino y censor, descuidado en cualquier aspecto de las luchas por la equidad de género, y con la riesgosa tendencia de acercarse al credo religioso. Si esta es la pauta canónica de doctrina promovida por el estado en la “cuarta transformación”, se queda corto, desactualizado, chato y miope a ratos, y profundamente contradictorio con ciertas libertades, como la de creencias y los derechos sobre la efectiva equidad en todas sus dimensiones. No toca al capitalismo rapaz, ni a otros aspectos de la matriz de opresiones, pero sí delinea el ideal de cómo ser un “pueblo bueno”, lleno de “hombres buenos”. Qué bonito.

 

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Alan Santacruz Farfán

Alan Santacruz Farfán

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