Opinión

La política y los símbolos / El peso de las razones

Después de la victoria de Donald Trump en el Colegio Electoral de los Estados Unidos en 2016, los estudios académicos, las especulaciones intelectuales y las opiniones generales en torno al populismo vivieron una resurrección inusitada. Al parecer, todas y todos estaban de acuerdo en que Trump era un populista. No obstante, pocas personas eran capaces de explicar en qué consiste el populismo y cuáles (de haberlas) son sus condiciones suficientes y necesarias.

Uno de los poquísimos estudios serios al respecto se lo debemos a Jan-Werner Müller, profesor de ciencias políticas en la Universidad de Princeton: ¿Qué es el populismo? (traducción de What is Populism, traducido y publicado al castellano por la extraordinaria casa editorial mexicana Grano de Sal). El libro de Müller, aunque conciso, es un estudio minucioso de las condiciones necesarias del populismo. Müller ha sido de los pocos académicos que nos ha brindado un marco conceptual para distinguir a políticos como Bernie Sanders de otros como Donald Trump. Cierto es que ambos son políticos anti-establishment, no obstante ser antisistema no es una condición necesaria para el populismo, nos recuerda Müller.

El texto de Müller se ha convertido, en muy poco tiempo, en una referencia para toda persona interesada en la política populista. Su estudio ya es insustituible en la materia y lo que se diga en adelante tendrá que debatir con su detallado análisis. Aquí no es mi intención hacerlo, sino atender a una variable particular de la política populista: el uso indiscriminado de símbolos por encima del diseño institucional y de políticas públicas.

George Lakoff, lingüista cognitivo retirado de la Universidad de California en Berkeley, nos ha recordado a los progresistas de izquierda que la presentación detallada de políticas públicas no gana elecciones. Son las grandes narrativas, plagadas de símbolos y metáforas, las que otorgan triunfos electorales. Los progresistas de izquierda lo entendieron en la era de Roosevelt. El espíritu del New Deal tuvo una vida de cuatro décadas y cedió su lugar al republicanismo libertario de Reagan. Trump sigue viviendo bajo el manto narrativo de Reagan, el cual fue descrito sucintamente por Grover Norquist: “Mi ciudadano ideal es el emprendedor, educado en casa, miembro de IRA con permiso para portar armas ocultas. Porque dicha persona no necesita al maldito gobierno para nada”.

En el México democrático lo entendió desde sus inicios Vicente Fox. Aunque no necesitó demasiado. La narrativa del cambio, en un contexto de claro hartazgo con el partido hegemónico (esa dictadura perfecta, como la denominó Vargas Llosa), fue suficiente para que Fox se alzara con una victoria de mayoría relativa. Fox no tardó en dar muestras a la ciudadanía de que pertenecía a la misma clase política que sus adversarios: corrupto, torpe y carente de ideas. Sus símbolos fueron sencillos durante la campaña electoral (el propuesto cambio dominaba cada una de sus declaraciones). Calderón llegó al poder con menos legitimidad que Fox, y con un supuesto fraude electoral a cuestas. Su comportamiento en el poder -su paso del presidente del empleo al presidente de la guerra- eclipsó las esperanzas de mexicanas y mexicanos en el cambio del partido político en el gobierno. Peña Nieto ofertó, a la estela de Salinas, un México moderno, necesitado de urgentes reformas que nos llevarían nuevamente a la antesala del desarrollo. Eso, más su supuesto atractivo físico, le brindaron una tímida victoria electoral que muy pronto se transformó en su ruina con respecto a su aceptación popular. Los casos de corrupción inundaron los noticieros, y la prensa de oposición los tomó como caldo de cultivo para la narrativa del nuevo ganador. Andrés Manuel López Obrador supo sacar tajada del partido en ruinas: los fifís, la minoría rapaz, la mafia del poder. Es una minoría de mexicanos, urgida de dinero y poder, la que nos tiene lejos del desarrollo prometido por Peña. AMLO logró durante su campaña consolidar una narrativa rica en maniqueísmos históricos, promesas titánicas y una moral que inundaría nuevamente a la clase política y que acabaría mágicamente con la corrupción: ese gran mal que aqueja al país. La gran e inexacta narración de AMLO le dio una victoria de mayoría absoluta en un sistema electoral sin segunda vuelta. Su legitimidad política es incuestionable.

No obstante, la desvencijada oposición ha tratado de retratar a un líder populista sin entender bien a bien en qué consiste su particular populismo y por qué podría resultar dañino (recuerden que Obama se denomino a sí mismo “populista”, si por populista debemos entender que le preocupa la mayoría de su población). Desde mi perspectiva, el populismo lopezobradorista es uno muy particular: un populismo simbólico. Cierto es que, como lo he mencionado, son las narrativas y los símbolos los que ganan elecciones. No obstante, AMLO no ha sabido distinguir entre la campaña y el ejercicio del gobierno. Sigue en campaña: todos los días por la mañana en su conferencia de prensa matutina, en sus visitas a recónditas regiones del país y con los mismos discursos plagados de maniqueísmo y vaguedad. Es populista porque ha creído que el ejercicio del gobierno es lo mismo que una campaña electoral: en la que debe perseguir a toda costa la aceptación popular, cuidar su imagen y llevar a políticas públicas y acciones gubernamentales ocurrencias de campaña que brillaban por su opacidad operativa.

Los símbolos de AMLO son peligrosos. Es cierto que prometió separar el poder político del poder económico (una propuesta encomiable, en tanto la democracia es imposible con desigualdad en el acceso al poder y en su influencia hacia éste). Pero ¿por qué hacerlo cancelando un aeropuerto y no mediante una profunda y necesaria reforma fiscal? Seguramente, porque cancelar un aeropuerto luce más y mejor en los noticieros (y no atemoriza a sus amigos empresarios) que una temida e incomprendida reforma fiscal. Es cierto que prometió un mayor acceso (universal, de ser posible) a la educación superior (otra propuesta encomiable, en tanto la universidad debería ser uno de los principales motores de movilidad social). Pero ¿por qué hacerlo otorgando becas de manera directa a los ninis y creando nuevas universidades y no incrementando el presupuesto a las universidades públicas existentes? Quizá porque lo que en verdad desea es crear una base electoral para el nuevo partido/movimiento hegemónico.

Piensa mal y acertarás: lo que vemos en este inicio de año en el nuevo gobierno son políticas de alta carga simbólica que sirven como disfraz a estrategias electorales futuras. AMLO está preocupado por el futuro de Morena y busca todas las formas de hacer que su movimiento social se perpetúe en el poder el mayor tiempo posible. ¿Es posible que detrás de sus acciones existan buenas intenciones de llevar el progreso al sur del país y combatir la pobreza en sectores poblacionales vulnerables por edad (adultos mayores y jóvenes)? Es posible, aunque poco probable. Mientras las políticas públicas de AMLO sigan cubriéndose del disfraz electoral del símbolo y la narrativa maniquea poco podremos evaluar hasta conocer sus resultados. Mientras tanto, el líder populista de Morena asegura el futuro de su grey. De eso no me queda duda.

 

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Mario Gensollen

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