Opinión

Suicidio infantil / Memoria de espejos rotos

Would you know my name if I saw you in heaven?

Would it be the same if I saw you in heaven?

I must be strong and carry on, ‘cause I know

I don’t belong here in heaven …

Tears in heaven – Eric Clapton

 

El pasado 4 de enero, en el municipio de Cosío, Aguascalientes, ocurrió el deceso de una menor, presuntamente por suicidio. El hecho es infinitamente grave, porque evidencia que en esta entidad se ha trasminado el fenómeno del suicidio a una población vulnerable, sumamente susceptible, que dependen de la comunidad de mayores a su cargo, y que -por su condición de niñas, niños y jóvenes tempranos- no poseen aún las herramientas bio-psico-sociales para entender y operar la realidad atroz en la que la mayoría de los adultos hemos decidido -todavía- no morir.

Si nos ponemos a ver el noúmeno, nos daremos cuenta de que el mundo -al día de hoy- se sostiene por todas las personas que no hemos muerto o que aún hemos decidido no morir. Que un adulto se mate a sí mismo es siempre una tragedia; pero que lo haga un menor es algo indecible: es la evidencia que como comunidad de mayores hemos fallado en todo sentido para hacer de este plano de la existencia uno en el que sea deseable vivir y crecer. Como sea, el que cualquier persona acabe con su vida, es un fracaso colectivo.

En ese fracaso colectivo, se enlistan factores que hacen a la población infantil proclive a dejar de desear la vida: causas biológicas, como la depresión infantil y su estigma; sociales, como un entorno violento y abusivo, núcleos familiares disfuncionales, poca capacidad en las habilidades relacionales embonar en los círculos; psicológicas, como la no tolerancia a la frustración, o las secuelas del abuso o la desatención adulta; sumadas a otros factores, como las adicciones tempranas, la paternidad o maternidad adolescente, o la inadaptabilidad por cuestiones etno-raciales, de clase social, de género o de orientación sexual, en entornos de conservadurismo duro. De cualquier forma, no hay un modelo unívoco que explique la anomia suicida en la población infantil, y cada caso corresponde a la individualidad de la persona y del entorno; aunque estos factores se han visto presentes en la ocurrencia de casos.


El entorno y la red de relaciones que hemos construido, y su matriz multifactorial económica, política, de dominación de género, de hegemonía cultural, de trivialización de los nodos comunitarios, de individualismo acendrado, parecen estar resquebrajándose en un fracaso rotundo cuando la sombra del suicidio se posa sobre la población más frágil. No es sorpresa para nadie el hecho de que no sea deseable vivir en el capitalismo tardío, en el hetero patriarcado, en el modelaje romántico como forma de relacionarse, en el fracaso educativo y cívico, en el modelo político corrupto. No debe sorprendernos que -bajo estas condiciones- el suicidio (como decía Camus) sea el único problema filosófico de verdadera importancia. Sin embargo, contagiar esa desesperanza a las generaciones que pueden ser verdaderos disruptores del sistema, aún antes de que tomen consciencia de lo negativo de este sistema, es -con franqueza- el inicio de una distopía apocalíptica.

Respecto al doloroso caso de la niña en Cosío, con el que inició esta columna, se filtró una supuesta carta póstuma, en la que la niña explicaba los motivos de su decisión. Luego la fiscalía estatal confirmó que dicha carta era falsa. Es un deber de la autoridad esclarecer quién cómo, por qué y para qué se hizo esa falaz filtración. Ya de por sí es hecho es lo suficientemente trágico y doloroso, como para que algún oportunista quiera -con quién sabe qué oscuras motivaciones- enturbiar un duelo que nos enluta a todos.

 

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Alan Santacruz Farfán

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