Opinión

Amorario / La escuela de los opiliones

Primero: muchos se enamoran por primera vez en un sueño; yo, por ejemplo, a mis once años me enamoré de mi primera Cynthia, una muchacha muy delgada, morena, que corría muy rápido y me preguntaba cosas del inglés. Me enamoré de ella porque soñé que viajábamos en un autobús amarillo que andaba por un paraje oscuro e incierto, a muy alta velocidad, y yo rompí una ventana y ella nos ayudó a salir. Ella era la atleta, yo el gordo sabelotodo. Nos besamos bajo una sombrilla, fue un beso breve pero filoso, dijo alguna tontería como que podíamos estar juntos y yo me la comí toda. Desperté medio apendejado, con una cabeza que contemplaba nuevas cosas, el amor y el deseo, por ejemplo. Eso me arruinó la niñez: no dejaba de verla en el salón, de buscarla en los descansos y yo trataba de entenderla, de saber si ese beso tenía una oportunidad de trasladarse a las bocas tangibles pero no sabía qué hacer, sólo pensar y pensar y pensar. Ella no estaba muy interesada en mí y afortunadamente yo era muy tímido. No tenía oportunidad alguna en mi infatuación temprana, y qué bueno, para qué arruinarle la infancia a otra muchacha por la travesura de algún dios onírico.

Segundo: me enamoré de mi segunda Cynthia porque parecía una muchacha muy lista y yo creía que los listos debían juntarse en el recreo, en las clases, en los cuerpos y en la vida. Así uno sabe, por ejemplo, que los primeros amores son saludables para el ego por una buena dosis de arrogancia. Un día le aventé, sin intención de lastimarla (juro que pensaba otra cosa), una goma en la cara y eso borró toda posibilidad de ser felices, tener hijitos, ser la peña y la gaviota de nuestro respetable barrio.

Tercero: antes de mi segunda Cynthia, me enamoré de mi primera y única Cecilia. Me di a la tarea de idealizar a la niña (éramos niños en la transición a pubertos) hasta convertirla en un amuleto de creación, amor y deseo. Para hacerla perfecta, por qué no, se me ocurrió matarla y hacer historias alrededor de su muerte. Años más tarde ella leería las historias que surgieron de mi caprichito amoroso, me abrazó y me dio las gracias después de encontrarnos en un café gracias a las redes sociales. Algún día hablaremos de por qué podemos satisfacer curiosidades que en otros tiempos serían un misterio para los ociosos. “No creí que fuera posible imaginarse así de querida”. Ella dio en el clavo (y me destruyó de una manera amable, elocuente), tomamos café y platicamos mucho. No la recordaba tan pragmática, la recordaba más risueña, quizás feliz. Cuando me dio cáncer me envió un mensaje: “Será un camino largo y difícil, pero sé que la batalla mental ya la tienes ganada”. No creía posible que me imaginaran así de luchón, pero, bueno, aún confío en que tiene razón y que mi cabeza no está quebrada, no por eso. Siempre seremos niños a los ojos de otros.

Cuarto: me enamoré de un puñado de Claudias, de unas más que otras, pero por salud mental he decidido amalgamarlas en una sola para no tener problemas y en mi memoria, antes de repasarlas, me digo que a todas las quise igual. Claudia es mi hidra y he navegado, en su nombre, toda clase de decepciones y perversiones. La misma Claudia me rechazó pero también me la cogí de perrito, y la misma Claudia me sopló un beso en medio de una clase de historia grecorromana, su hermana Claudia me habló de su novio en España y otra más me dio dos de los mejores orales de mi historia, uno de ellos mientras fumaba un cigarrillo y pensaba sabe qué cosa, porque la fijación oral se disfruta más cuando se hace potencia. Claudia me dijo que ese hijo no era mío, que no tenía por qué preocuparme, y también me hizo berrinche porque alguna vez la llamé Pamela porque pensaba en una buchona llamada Pamela y mira, es una locura, pero jamás me he enamorado de alguna Pamela. Claudia me regañó una vez porque le hablé de la otra Claudia y me dijo que debía buscarla a ella para mis masturbaciones y como un milagro horrible, un juego diabólico, años después me enamoré de otra Claudia que se apellidaba igual que la primera y me dije, Agustín, esto es una pendejada, esto no puede continuar, tienes que huir de este puto círculo extraño en el que te metes una y otra y otra vez.

Quinto: supongo que me enamoré de Sol porque debía escaparme de la tiranía de la C. Pero eso es especulación mía. Después de todo, el amor está lleno de historias, recuerdos retorcidos, ficciones y amuletos, sueños y amables mentiras. El amor es una bestia que continuamente está reproduciéndose en la médula y la melancolía de lo que ya no existe.

 

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Agustin Fest

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