Opinión

Se vende magia o la teoría de las velocidades y las cosas / El ardid de escribir a oscuras

Leí por primera vez Los mejores relatos de fantasía I. Se vende magia a los 10 años. Probablemente se trata del libro que mejor recuerdo mal. Es decir, de vez en cuando, un año sí y otro también, un detalle, un título o una anécdota vienen a mi mente y puedo asegurar que provienen de la recopilación realizada por Avram Davidson; sin embargo, casi siempre me equivoco. O el detalle pertenecía a otro cuento de otro libro, o el título es mejor (o peor) que el que creo recordar, o la anécdota no la leí ahí e incluso comienzo a dudar si de verdad alguna vez la leí y no es algo que acabo de inventarme. Incluso hay un cuento completo que he jurado siempre que leí y que nunca estuvo ahí.

Hace un par de meses lo leí de nuevo y pude contrastar mis recuerdos con lo que realmente aparece en el libro. La diferencia es abismal. No acerté en el número de relatos, recordaba sólo dos o tres nombres de autores, olvidé por completo que “El huevo de cristal” es de H.G. Wells y por más que la busqué, la idea central del libro no estaba. Bien, no es la idea central, es la idea que más honda marca dejó en mi memoria. El leitmotif de los cuentos.

Resulta que, como su título sugiere, Se vende magia es una colección de cuentos que narran todos una transacción comercial cuyo objeto es un artículo mágico o fantástico. Capas, botellas, tritones, piedras, botellas otra vez, un raro vestido y un huevo de cristal que de no serlo sería el Aleph de Borges -y que de hecho lo es- sirven como pivote a partir del cual cambia la vida de quienes los adquieren, siempre al estilo de la Dimensión Desconocida.

Entre los detalles que el libro no contiene -y que yo recuerdo que contenía- se encuentra una escena en la que el narrador comenta cómo las tiendas mágicas no existen a la velocidad de los automóviles. Esto es, para que un negocio de fantasía aparezca ante nosotros, debemos caminar. Desplazarse en automóvil puede resultar muy práctico cuando lo que interesa es haber llegado, pero es inútil si el objetivo del recorrido es justamente recorrer. Los establecimientos que expenden magia se reservan su presencia para quienes caminan o van en bicicleta. La alta velocidad -la velocidad inhumana- condensa las cuadras en bloques de tres o cuatro rasgos destacables, el paso lento de ciclistas o peatones dilata los espacios, así es fácil encontrar, entre oxxos y farmaciasguadalajaras, los pequeños estanquillos, los anafres de gorditas, las reparadoras de calzado, etc.

Un día, en otra ciudad, comprobé la teoría del narrador que quizá me inventé. Salí a caminar sin rumbo fijo. En mi camino encontré una cafetería legendaria relacionada con artistas y gatos, un museo pequeño y famoso, y una iglesia que protagoniza una novela. Además asistí, porque pasaba por ahí, a una conversación con un escritor a quien no admiraba y que desde entonces admiro, y, por supuesto, encontré dos tiendas mágicas.

La primera de ellas no aparecía en la guía tradicional ni en la guía moderna -una de esas guías muy de moda para turistas que quieren ir a donde no van los turistas-. Era una tienda de magia, literalmente -si es que cabe hablar literalmente de magia-; no sólo eso, era un pequeñísimo teatro con cartelera de espectáculos de prestidigitación y encantamientos. Telones rojos decoraban las vitrinas, el hombre que la atendía lo hacía tocado con sombrero de copa, frac y bigote de genio árabe. Vendían de todo: barajas trucadas, cofres misteriosos, varitas mágicas, polvos de hada, pócimas, pomos con aromas indescriptibles. No compré nada, pero salí de ahí feliz y seguro de que de haberlo hecho, un cuento, escrito hace muchos años, contaría en este momento mi historia.

El segundo local estaba a un par de cuadras del teatro de magia, en una calle que no pude volver a encontrar en recorridos posteriores. Era una tienda de cuadernos. Eso, sólo cuadernos, hechos a mano, con forros de piel, cartón, madera. De papeles artesanales, extraños, exóticos, asiáticos o europeos. De todos tamaños. Para dibujantes, escritores, niños y viejos. Olía a librería y madera, y lo atendía, como debe ser en un establecimiento como éste, un hombre canoso y amable, que levantaba la ceja a cada pregunta mía y contestaba con toda la paciencia del mundo. Me contó sobre los encuadernados japoneses, sobre pegamentos y guardas, y sobre las plumas y tintas que sus libretas merecían. Ahí adquirí dos cuadernos, uno de dibujo y otro para escribir. En el cuaderno de dibujo me atrevo, en ocasiones, a relajarme haciendo bocetos que nadie verá, pero que quizá alguien, en un futuro, imagine y crea haber visto en un libro. En el otro, me propongo escribir el cuento que, según recuerdo, formaba parte de Se vende magia, y que por un capricho del tiempo todavía no ha sido escrito -trata de un tipo que entra a un teatro mágico, por cierto-.

Antes de ponerme a escribir cuentos que en realidad copiaré de los que recuerdo, y que resulta que no están donde debían estar; debo añadir que aquí, en mi ciudad, la teoría sobre la velocidad y la aparición de las cosas se mantiene. Hace unos años abandoné el automóvil y volví a los zapatos y la bicicleta como medios de transporte. Los beneficios han sido insospechados; desde entonces los callejones se han multiplicado, lo mismo que los negocios exóticos. Y he descubierto una ciudad poblada de murales anónimos, de monumentos entrañables, de árboles frutales, de flores, de esquinas redondeadas, de barrios ocultos. Sobre todo, he vuelto a ver una ciudad de gente real, esa que sólo existe a velocidades humanas.

 

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Joel Grijalva

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