Opinión

Arte y comunidad: ser cultura / El diablo eyaculando

  • Andrés Vázquez Gloria

 

Soy hombre, duro poco,

y es enorme la noche.

Pero miro hacia arriba:

las estrellas escriben.

Sin entender comprendo:

también soy escritura

y en este mismo instante

alguien me deletrea.

Octavio Paz

 

En mi transcurrir como artista he visto los cambios que las artes y la cultura tienen con el paso de las administraciones y el tiempo. Cada gobernante, cada legislatura, se ocupa del arte de una manera diversa: algunos apuestan por el mecenazgo gubernamental, otros por el apoyo a sociedades civiles organizadas que favorezcan, en un momento, la diversidad creativa y la promoción.

Lo cierto es que cuando hablamos de cultura en México se tiene que considerar que nos encontramos en un proceso de transición, uno que no ha terminado de consolidarse. La aparición de colectivos, las generaciones de artistas que egresan de las escuelas de arte nacionales y local, son desde mi punto de vista un sentido práctico de la apertura que se tiene con respecto a la promoción de las artes desde el estado.

Sin embargo, debemos renovarnos no sólo en la oportunidad de producción artística, si no en nuestra relación con la comunidad. Veo con alegría que son distintos los proyectos artísticos que se insertan en diversos territorios que en su mayoría se encuentran en condición de marginalidad. El arte y la cultura debe pensarse desde la comunidad, y no escribo esto buscando crear controversia, lo digo en su sentido real de colaboración: nos corresponde como agentes culturales, promover, difundir y garantizar el acceso de todos a ser cultura.

Pasadas administraciones observamos que existe, a pesar del crecimiento y desarrollo de las políticas culturales, un discurso vertical con respecto a la promoción del arte, es decir, se mantienen formas discursivas que siguen distinguiendo una “alta cultura” (la que se debe garantizar su acceso) y una “baja cultura”, la que todos representamos y que ha quedado en el olvido, limitando nuestra opción de reconocernos y reflexionarnos.

Pienso que el arte no es el “salvador del mundo”, pero sí debemos comprender que su ejercicio, su desarrollo y su promoción favorecen los aspectos comunitarios y fortalecen, de manera óptima, la calidad de vida en comunidad. No son pocos los teóricos que lo abordan, que lo discuten desde posturas que no creo conveniente mencionar ahora.

Esta praxis de la cultura, este ser cultura, no debe quedar solamente en manos de una administración que, pasado su ejercicio y con el ingreso de otra ideología o forma de poder, quede abandonada y nos obligue a todos a construir desde cero. La práctica de las artes y la comunidad debe aparecer, formarse y comunicarse, desde el territorio en el que estamos insertos: cada artista, cada gestor, cada curador o agente diverso que participe dentro de este campo específico, tendremos que pensar en la manera de consolidar la institución que nos merecemos y sus medios de acción con la gente.

Hoy somos muchas las organizaciones civiles que nos encontramos interesados en la promoción y difusión de la cultura como una amalgama de la comunidad en el territorio que ocupamos. Esta área de oportunidad la podemos utilizar para transformar el espacio público y ejercer una verdadera democracia cultural, una que se ocupe de incluir a todos, y que desde la totalidad del territorio encuentre su propio lenguaje y lo disponga al diálogo.

Pensar a la humanidad como seres libres, iguales y fraternos nos subraya la importancia de pensar en el otro. Este otro que se ha dejado de lado por un discurso predominante del individuo y su realización. Aquí es donde destaco la importancia cúspide del arte y la cultura, el ejercicio de estas, la difusión y promoción de las mismas, son a mi manera de pensar, un diálogo en sí mismas.

Y ¿qué propone un espacio público si no un diálogo? ¿Qué propone un diálogo si no convivencia? Dichos cuestionamientos tendrán que ser contestados desde el aspecto práctico, replantearnos que los derechos culturales no son solo eventos gratuitos, si no, desde nuestro espacio público y privado, una reflexión de los discursos que ejercemos en comunidad y por tanto, con los otros.

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Andrés Vázquez Gloria

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