Opinión

¿Venganza?/ Mareas lejanas

 

Maxime Pluvinet

 

Casi cinco años después de su proclamación en junio de 2014, el “califato” implementado por el autoproclamado “Estado Islámico” (Dáesh en su acrónimo árabe) está a punto de agonizar como organización territorial. Hace una semana, las fuerzas kurdas, apoyadas por bombardeos aéreos de la coalición internacional, han lanzado una nueva ofensiva en contra del último reducto del movimiento yihadista en la región de Baghouz, al sureste de Siria. Este ataque ocurre después de que una tregua que permitió a miles de civiles, entre ellos las familias de los yihadistas, huir de la zona de combate.

Al controlar la identidad de los sobrevivientes, un dato no dejó de preocupar a los soldados de las Fuerzas Democráticas Sirias, como es el caso desde la batalla de Raqa en 2017: muchas de las esposas del califato son extranjeras1. Forman parte de las tunecinas, sauditas, francesas, alemanas, uigures, tayikas, rusas, trinitenses, o turcas que se sumaron a este insólito flujo de 30,0002 ciudadanos no sirios o iraquíes que se sumaron a la organización de Dáesh. Este viernes, la agencia de prensa pro kurda ANF compartió justamente que “todos los miembros de Dáesh que permanecen (en la zona) son extranjeros”.

Un dato que no parecen poner en tela de juicio las opiniones públicas europeas es cómo sus gobiernos eligieron aliviarse de la responsabilidad jurídica y penal de permitir el regreso de los yihadistas. Particularmente, a sus esposas y a los menores de edad nacidos en zonas de guerra -los que el periodista francés David Thomson llamó los “revenants”- los “renacidos”.  Mientras miles de esos niños de la generación perdida radicalizada por la ideología de Dáesh permanecen en los campos kurdos de Al-Hol, de Roj o de Aïn Issa al noreste de Siria, intelectuales y personalidades políticas les parece “criminal” encargarse del regreso de los “bárbaros” de Dáesh. De acuerdo con ellos, por sus actos en contra de sus países de origen, no merecerían beneficiarse de un juicio digno de un Estado de Derecho, sino que deberían depender de la justicia kurda de Rojava, no reconocida a nivel internacional, o de la justicia iraquí, que reconoció su capacidad para conocer de los crímenes del “califato” incluso si tuvieron lugar en el territorio sirio. Esto podría llevar a jóvenes mujeres extranjeras de la organización terrorista a ser condenadas a muerte, pena que ya no existe en muchos de sus países de origen.

En 1945, el joven escritor francés Robert Antelme, todavía agotado por su deportación en el campo de concentración nazi de Dachau, tomó una de esas decisiones que permiten llamarnos humanos, por ir más allá de la simple ecuación “matar, o ser matados”: se ofendió por el tratamiento horrendo de los vencedores hacia los prisioneros de guerra alemanes que defendieron su país, cuna de la ideología nazi. La víctima aceptó defender al verdugo en nombre de un ideal abstracto llamado justicia.  Se puede leer en su opúsculo ¿Venganza?: “Ya no queremos jugar con los humanos. Todo lo que pueda parecerse a lo que hemos visto allá (en el campo), nos descompone literalmente”. Siendo los vencedores de la ideología nazi los héroes de la libertad moderna en Europa, el riesgo de creer que nuestro combate era el de la verdad frente a la barbarie nos hace olvidar que según las palabras del dramaturgo Bertolt Brecht: “El vientre de donde nació la bestia inmunda sigue todavía fecundo”.

En nuestro caso, rechazar la responsabilidad solamente sobre estos individuos que decidieron dejar sus países para poner a sangre y fuego una tierra soñada es olvidar que cada uno de esos yihadistas son nuestro enemigos íntimos. No se trata de perdonar bajo la forma de una amnistía; a  manera de una justicia transicional para la paz, la verdad y la reparación, las justicias de varios países europeos han desarrollado herramientas de condenación a la cárcel (de 10-20 años o cadena a perpetua) y políticas -a menudo insuficientes- de centros de desradicalización y de seguimiento jurídico y psico-social.

Francia aceptó el repatriamento este viernes de 800 niños de yihadistas. Sin embargo, muchos países como Irak, Túnez o China, con contextos nacionales diferentes, aprobaron una política de “mano dura” en contra de los que regresarían.

Pero lo que aún es incierto, es nuestra capacidad de reflexionar tomando distancia de la “guerra contra el terrorismo” de Dáesh, y entender por qué la responsabilidad de juzgarlos debería de recaer en los países de origen: ¿porque jóvenes de mi edad, que crecieron en un país que se supone ser uno de los más ricos, poderosos y estables del mundo, decidieron dejar todo para encontrar el martirio en el infierno de Raqa, Mosul o Baghouz? Como lo dijo la francesa de confesión musulmana Hanane Charrihi3, en su carta abierta a las chicas yihadistas para disuadirlas de irse: “¿Para qué quieres vivir esta pesadilla?… aquí (en Francia) tienes todo. Te prometen el oro y el moro, pero es el infierno lo que te espera”. Tomar conciencia de que esos jóvenes llevaban un resentimiento muy fuerte, ajeno a su propio contexto, y que algo de nuestro mundo occidental no era tan perfecto, asumir todo esto, es un paso necesario para entender el surgimiento de movimientos globales radicales en nuestras propias sociedades. Porque si lo que pasó en Medio Oriente se asemeja a “actos bárbaros”, no debemos olvidar que no tenían nada que no fuera humano, que esa “banalidad del mal” no surgió por un supuesto carácter violento de la religión islámica, o cualquier teoría esencialista de choque de civilizaciones.

Surgió de lo peor que podríamos llegar a ser, y tenemos que enfrentarlo teniendo en mente la conclusión de Claude Lévi-Strauss: “El bárbaro es ante todo él que cree en la barbarie”.

 

  1. https://bit.ly/2CC9cEX
  2. Esta cifra oscila entre 27,000 y 31,000 según el think tank estadounidense The Soufian Group, que publicó en diciembre de 2015 su estudio Foreign Fighters, an updated assessment of the Flow of Foreign Fighters into Syria and Irak.
  3. Hanane Charrihi perdió a su madre en el atentado de Niza, Francia, el 14 de julio de 2016. Publicó el libro Ma mère patrie para compartir su experiencia como mujer francesa y musulmana, y prevenir de la radicalización yihadista. Fundó la asociación de la sociedad civil Ma mère patrie, enfocado en la pedagogía Montessori. https://mamerepatrie.com/.

 

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