Opinión

Una visión renovada de la Tragedia de los Comunes

  • Víctor Hugo Salazar Ortiz/ Movimiento Ambiental de Aguascalientes A.C.
  • Zaret Luévano Estrada/ Estudiante de la carrera de Filosofía UAA

La semana pasada me encontraba en el centro de la ciudad tomando una bebida refrescante, de las que amerita un día muy caluroso, y me di cuenta que varias personas traían suéteres o sudaderas, por lo que no pude evitar sentir una sensación fugaz de desesperación al verlas, ya que, a mi parecer ¡hacía mucho calor! Acaso ellos en su caminar ¿no lo sentían? Eso me llevó a pensar en uno de los temas de mayor importancia en la actualidad: el calentamiento global. Digo de mayor importancia porque en él lo que está en juego es la vida, tal y como la conocemos. A mi parecer, únicamente alguien que carezca de sensibilidad física, que sería un caso muy extraordinario, podría negar la existencia de los drásticos cambios climáticos que la mayoría experimentamos cotidianamente, esto en razón de que en un solo día puede hacer mucho frío, o calor, o llover; lo que nos obliga a salir preparados de nuestras casas cotidianamente para todo tipo de clima.

A pesar de lo palpable de estos hechos y de la gran cantidad de datos ofrecidos por el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC), hay quienes se atreven a decir que tal fenómeno es un cuento. Entre ellos destacan varios líderes de países del llamado bloque norte (Donald Trump, Vladimir Putin, Emmanuel Macron, David Cameron), pero no faltan los miles de ciudadanos de a pie, es decir, mortales comunes y corrientes, como suele llamárseles (sin ningún matiz negativo o peyorativo) que se suman a esta idea. Éstos podrían justificar su postura aludiendo a la de los mandatarios citados, e incluso apoyarla diciendo que ellos “no perciben el cambio de clima” y poner fin a la discusión. Pero eso no elimina el hecho de que el clima está cambiando drásticamente y no es para nada positivo. Peor aún, es que al parecer, son más los que no están siendo conscientes de la magnitud de este problema que es común a todos.

Al respecto me permito recordar que el ecólogo Garrett Hardin (1968) afirmó en su artículo clásico “La tragedia de los comunes” que el problema de fondo de muchos de los conflictos sociales era la falta de conciencia de éstos, y señala en primer lugar el de la sobrepoblación como el principal responsable de la mayoría de ellos. Hardin defendía que la población óptima es menor a la población máxima y que satisfacer las necesidades de sociedades grandes nos llevaría al empeoramiento de la crisis si no se encontraba una pronta solución. Él sospechó que tratar de buscar solamente soluciones técnicas a todos los problemas sociales (por ejemplo, los anticonceptivos para frenar la sobrepoblación) no es lo óptimo, éstas deberían de ir acompañadas de normas morales surgidas del replanteamiento de ciertos valores sociales, por ejemplo: ¿Cómo aprender a compartir y cuidar los bienes comunes? Concretamente, él se refería a los recursos naturales que son de todos, pero que sólo una minoría los aprovecha, pero inequitativamente, pues como bien sabemos, muchas empresas y corporaciones (locales, nacionales e internacionales) explotan los recursos humanos y naturales, principalmente en países en desarrollo, obteniendo un beneficio para ellos, no para la gente y los sitios en que se asientan. Esto ha conllevado además un perjuicio social y ambiental, puesto que no se hacen responsables de sus externalidades, es decir, de los daños que sus procesos de producción ocasionan, esto es: contaminación de aire, de agua y de tierra. Es la sociedad la que paga con sus bajos salarios y su salud las ganancias de estos emporios. A raíz de estos problemas han surgido movimientos mundiales con los que se pide una mayor justicia ambiental, así como un decrecimiento económico. Esto implica que se promueva la disminución irracional de productos que no son de primera necesidad, como joyas, aparatos electrónicos, ropa y calzado de temporada, algunos alimentos de origen animal considerados de lujo, entre otras cosas, ya que la explotación de los recursos naturales para obtener estos benefactores de necesidades secundarias, o inclusive ficticias, producen un fuerte impacto en los ecosistemas y son en gran medida los principales responsables de la contaminación ambiental, la extinción de especies y del cambio climático.

Replantearnos nuestros valores, respecto a la importancia del deber de cuidar, proteger y salvaguardar los bienes comunes que nos da la naturaleza, es un ejercicio que todos los ciudadanos debemos empezar a practicar diariamente ¿por qué? Parece obvio, con base en la magnitud de los problemas ambientales y sociales (sequías, inundaciones, huracanes extremos, hambrunas, guerras por los recursos naturales) que podemos comenzar a experimentar en un par de años, o máximo décadas, que no debemos seguir dilapidando y despilfarrando los recursos de manera inconsciente e irracional, ya que malgastarlos implica desperdiciar una fuente de bienestar propia y ajena. En suma, tenemos todos los seres racionales la obligación moral de cuidar y proteger responsablemente nuestros bienes comunes y dejar de creer que la técnica se encargará de solucionarlos, puede contribuir, pero de nada servirá si nosotros no somos los primeros motores del cambio que se necesita para salvar este planeta.

zaret.le.@gmail.com | vhsalaza@gmail.com   

 

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