Opinión

Voluntad de morir / Memoria de espejos rotos

“…Si ves que estoy pensando en otra cosa,

no es nada malo, es que pasó una brisa;

la brisa de la muerte enamorada

que ronda como un ángel asesino.

Mas no te asustes, siempre se me pasa,

es sólo la intuición de mi destino…”

Al Lado del Camino. Fito Páez

 

La vida es una contingencia que ocurre sin el consentimiento de quien la experimenta. A lo largo de la vida, uno puede consentir el continuar con esa experiencia, o negar el consentimiento a seguir experimentándola. Que la vida es la experiencia más importante que podremos cursar, es indudable; al menos con la capacidad empírica y probada con la que contamos. Que renunciar a ella es una decisión fatal (por absoluta, implacable e irreversible) tampoco está a duda. Que la capacidad para ejercer esa renuncia debe conservarse como derecho humano, considero, es indispensable. Este, quizá, sea el acto más determinante de la libertad. Las libertades humanas deben concebirse en los marcos de la vida comunitaria, del arreglo normativo. Partir de esto puede ser útil a la hora de adecuar los marcos legales que norman nuestra coexistencia para hablar de la muerte voluntaria, de la regulación de la voluntad anticipada, y de los protocolos para la eutanasia.

El suicidio es una problemática social que lastima nuestra ligazón comunitaria. Perder a personas de nuestro colectivo, que deciden morir voluntariamente, siempre será doloroso. Pero para entender ese dolor y esa pérdida (y poder obrar en consecuencia), habrá qué indagar en las razones que motivan una decisión así. Entre estas motivaciones puede haber (sin ser limitativo, y sin que la existencia de una excluya a las demás) causales externas e internas en el individuo. Causales sobre las que se pueden operar cambios que modifiquen la decisión, y causales inamovibles que no son modificables. Las siguientes son meras aproximaciones.

El sistema capitalista, basado en el patriarcado, con hegemonía heterosexual, cimentado en una cultura blanca occidental, que mantiene estamentos religiosos retrógradas, con tendencias al extravío sico-emocional, y un modo perniciosamente romántico para relacionarse, crean un modo de coexistencia comunitaria tendiente a la exclusión, a la marginación, a la inequidad, al dominio violento, y a la exhibición del poderío sobre (y contra) los desfavorecidos por el sistema. Este modelo siempre será razón suficiente para querer matarse, pero es algo externo al individuo, y es -además- modificable.

La salud de las personas es una cuestión que puede modificarse, o no. También es una cuestión que puede obedecer al campo de la política pública, o al azaroso código genético que nos hace más o menos propicios a padecer enfermedades terminales o incurables. En la salud se implica la sanidad mental (distinta, aunque no excluyente, del extravío psico-emocional) y el bienestar físico en general (cuyo menoscabo inicia apenas al nacer). El deterioro de la calidad de vida, la dependencia de facto para subsistir, y la carencia de una estancia digna en este mundo, son también causales para querer matarse; y éstas pueden o no ser modificables, pero son estrictamente personales de quien las vive.

En un contexto en el que los suicidios aumentan, es urgente estudiar y comprender el árbol de motivaciones y causales que llevan a una persona a decidir morir. Primero para comprender la realidad; segundo, para prevenir muertes voluntarias que en otro contexto posible podrían evitar arrebatarnos a miembros de nuestro colectivo; y tercero, para legislar mediante marcos de derecho positivo, laico, científico, y ético, el tema de la eutanasia, y que morir voluntariamente sea -efectivamente- un derecho.

Arribar a esto requiere un tremendo esfuerzo comunitario, de instituciones públicas y privadas, de estudiosos de la psicología, la psiquiatría, la medicina, la antropología y la sociología, la política y el derecho; y es necesario, porque la gente se sigue matando por voluntad propia, en condiciones indignas, ante la mirada impávida de una comunidad que no ha sabido cómo reaccionar.

Este texto, lejos de ser una apología del suicidio (y aunque lo fuera, no sería reprochable) es un llamado público a regular mediante leyes y protocolos la forma en que vivimos y coexistimos en torno al fenómeno de la muerte voluntaria. Si ni el sistema económico, político, cultural y social, ni nuestras condiciones de salud física y mental nos hacen de la vida algo deseable, al menos la comunidad en la que vivimos podría plantear la necesidad colectiva de que el último ejercicio vital de nuestra libertad se dé en condiciones de paz y de dignidad elementales. Así, si la muerte voluntaria es inevitable, sería -al menos- no tan dolorosa, y ejercida en marcos de derecho.

 

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Alan Santacruz Farfán

Alan Santacruz Farfán

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