Opinión

La otra Madre Teresa

Es un lugar común mencionar a la Madre Teresa de Calcuta (nombre real Agnesë Gonxhe Bojaxhiu, 1910-1997) en los informes de las primeras damas del DIF. Sería difícil encontrar a una de ellas, en cualquier lugar de México, que no haya recordado, aunque sea de pasada, las virtudes de la religiosa albanesa como una suerte de amuleto, como señal de su compromiso por las mejores causas y por los más pobres. La última vez que lo vi fue aquí en La Jornada con motivo del primer informe de la presidenta del DIF Municipal de Aguascalientes, que también hizo referencia a la Madre. “Hay que dar hasta que duela”, dijo. No es culpa de ella, ni tampoco es la primera en caer en el cliché. Ya desde los años de Ronald Reagan en la presidencia de Estados Unidos, las figuras públicas se dejaron seducir y los medios de comunicación se llenaron de una especie de entusiasmo, mitad reverencial, mitad comercial, por fotografiar a la diminuta mujer, golpeada por los infartos, con su rostro percudido de gárgola benévola, junto a los más poderosos del mundo. Casi nadie se resistió a su encanto y simbolismo: la princesa Diana de Inglaterra, el Papa Juan Pablo II, los organizadores del Premio Nobel, que se lo dieron en 1979 “por su trabajo en la lucha por superar la pobreza, que también constituye una amenaza para la paz” (la pobreza, no su lucha).

La Madre Teresa de Calcuta logró en vida un prestigio y un alcance inédito por su trabajo a favor de los pobres. El hecho de ver a esa figura frágil, aparentemente pobre, en escenas bíblicas con leprosos, moribundos, niños convertidos en huesos, o con las cabezas vendadas por culpa de la metralla, conservando ante las cámaras su sonrisa fuerte, fue una propaganda poderosísima a favor del catolicismo. “Cada uno de ellos”, decía la Madre Teresa refiriéndose a sus pobres, “es Jesús disfrazado”. En los tiempos modernos, ella quizá represente, más que nadie, la lucha sin cuartel contra la pobreza y la enfermedad. Y por supuesto, en la mente de innumerables personas, es también el mejor ejemplo de lo que sería un santo moderno. No nos extrañe pues que las damas del DIF de todo el país caigan en la tentación de mencionarla en sus informes.

Quizá lo pensarían dos veces si supieran algunas de las cosas que hacía la verdadera Madre Teresa, tan diferente a esa imagen idealizada que se tiene de ella. Habrían de saber, por ejemplo, que nunca estuvo en contra de la pobreza, sino que invitaba a los pobres a aceptarla, lo cual es válido y de hecho tiene raíces en la proclamación original cristiana, pero mala, muy mala bandera para el DIF. Naturalmente, tan sólo pensar en hablar mal de ella puede ganarnos una mirada de incredulidad seguida casi de una indignación que dice: “Se puede hablar mal de cualquier persona, incluso del Papa, pero de ella, jamás.” Es la persona más buena que ha vivido, he escuchado decir. Por eso para muchos es una sorpresa saber que en vida, la Madre tuvo opiniones y prácticas que le ganaron duras críticas y la preocupación de amplios sectores. La Madre no buscaba erradicar la pobreza, sino abrazarla; no buscaba evitar el dolor, sino purificarse a través de él. Y esto tuvo implicaciones gigantescas en la manera de utilizar el dinero que recibía.

Uno de los reportes esenciales es el libro “La posición del misionero: la Madre Teresa en la práctica y en la teoría” (Verso, 1997), escrito por el periodista británico Christopher Hitchens, publicado el mismo año de la muerte de ella. Ahí se narra que la fama de la monja inició a partir de un documental de la BBC, convertido más tarde en un libro que fue éxito internacional y que logró que se canalizaran millones de dólares hacia su orden de las Hermanas de la Caridad, muchas veces, por cierto, con intenciones distintas a la caridad. Se publicaron y siguen publicando infinidad de libros sobre ella; parecía tener un don especial para crear punch lines que han pasado, incluso, a formar parte del inventario aforístico cristiano (mi favorita es “Si no puedes alimentar a cien personas, alimenta a una”). Cada palabra que saliera de su boca, especialmente en sus últimos años, era recibida con la reverencia de una revelación evangélica. Bill Clinton, Diana y Juan Pablo II la adoraron y la financiaron, pero ella también recibió sin el menor empacho donativos empapados de sangre, como las generosas aportaciones que le hizo la familia Duvalier de Haití en busca de legitimidad, familia a la que ella alabó públicamente en varias ocasiones.

El redactor o redactora del informe del DIF Municipal, que incluyó su “hay que dar hasta que duela”, seguro no se imagina la escalofriante escala a la que la monja albanesa llevó su “teología del dolor”. Justamente las mayores críticas que recibió se deben a que, en sus albergues, permitía el sufrimiento innecesario de miles de enfermos a los que les prohibía los analgésicos, con la idea de que dicho sufrimiento les haría “compartir la pasión de Cristo” y les ganaría bonos para la vida eterna. Este hecho, bien documentado, fue uno de los motivos por el que muchos desertaron de la organización. A pesar de la inyección de millones de dólares provenientes de diversos países y organizaciones (¿qué mejor se podía hacer que dar dinero a las célebres Hermanas de la Caridad?), a las monjas se les prohibía leer; se les disuadía de que se prepararan en medicina o enfermería, pues Teresa decía que el Espíritu Santo les indicaría cómo tratar a los enfermos; se negaban cirugías y, en palabras de Hitchens, se trabajaba “no para el verdadero alivio del sufrimiento, sino para la promulgación de un culto basado en la muerte, el sufrimiento y la subyugación”. En su libro, Hitchens también presenta numerosos y preocupados reportes de organizaciones médicas que visitaron los refugios de la Madre y encontraron malpraxis médica, especialmente por la no administración de analgésicos a los enfermos terminales, mientras en las cuentas bancarias de la Hermanas, los recursos permanecían ociosos.

Creo que el mayor error de Teresa de Calcuta fue no haber separado sus creencias religiosas (bordeando en el fanatismo) de una labor social financiada con dólares de todo el mundo, por contribuyentes de países de todo el orbe, sobre los que ella tenía responsabilidad moral. Su violenta oposición a la contraconcepción artificial y el hecho de bautizar (sin preguntar) a los moribundos, si bien son convicciones respetables en lo privado, son absolutamente inaceptables en una organización mundial, ubicada en una región del mundo donde la sobrepoblación es una bomba de tiempo y donde los enfermos no eran católicos.

Aunque la Madre Teresa merece, como ser humano, reconocimiento por su indeclinable fortaleza, por su valor y por una vida entera dedicada a una causa que todos consideramos justa, también es cierto que su halo de santidad es en parte una ilusión provocada por su cohorte de adoradores que difundieron acríticamente una labor que pudo haber evitado, sujeta a la vigilancia de la comunidad internacional, mucho sufrimiento y violaciones a los derechos humanos. Giriraj Kishore, político de la India, expresó en pocas palabras su opinión de la evaluación exagerada que se ha hecho de la religiosa, al decir, tras su muerte, que “su primer deber fue siempre hacia la Iglesia (católica); el servicio social era algo tangencial”.

Que no quepa duda: al igual que muchas otras personas que anónimamente, y sin el circo de los medios de comunicación, dedicaron bien o mal su vida a un noble objetivo, su dedicación fue digna de admiración. Estos son, de hecho, los héroes contemporáneos. Pero yo no tomaría a la Madre Teresa como estandarte. n

catpeople@geocities.com

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Gustavo Vazquez Lozano

Gustavo Vazquez Lozano

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