Tolerancia ¿hasta dónde? – LJA Aguascalientes
15/08/2020


ablar de ciertos temas escabrosos como justicia y tolerancia de entrada ya causa un poco de escozor. Se dice y se habla de la igualdad ante la ley, no importando los sesgos que puedan darse por clase, religión, sexo o etnia. Al decirse que debe haber igualdad es por que se admite que se hace necesaria y es valiosa, lo cual no quiere decir que se garantice su aplicación y sea suficiente.

Como única idea de igualdad, es loable; sin embargo, hay otros rasgos que se deben considerar y justificar, en otras palabras, hay otras igualdades no menos justas y legítimas como es la alimentación, la salud, la vivienda, la educación, el trabajo y la jubilación para todos los miembros de una sociedad. Todas éstas son igualdades que no están reducidas a la igualdad jurídica, ya que consideran otros rasgos como la situación económica de quienes carecen lo mínimo para cubrir sus necesidades.

Así que aunque la igualdad jurídica sea universal, necesita ser complementada con estas otras igualdades y también se liga a la característica de realización, pues el valor se pierde si no existen las circunstancias necesarias para hacer realizable. ¿De qué sirve un derecho jurídico si se tiene una población desnutrida, enfermiza, sin techo, analfabeta y marginada?

De aquí habrá que derivar entonces hacia principios igualitarios como son los derechos humanos a la libertad, a la vida, a la felicidad, a la seguridad, a la propiedad. Otro principio es el ya mencionado, de igualdad ante la ley; un tercero es el principio de igualdad de oportunidades que están supeditadas a ser reales siempre y cuando las condiciones materiales de existencia sean similares, es decir, que se nivelen dichas condiciones a fin de que se posibilite aprovechar en condiciones iguales las oportunidades.



Otro principio elemental es el de la satisfacción de las necesidades básicas, mismo que inspira a la política social, que atiende en especial a los más necesitados y vulnerables. Esta satisfacción se hace imperiosa entre más extrema es la desigualdad económica y social, como sucede en nuestro país.

Y todo esto tiene que ver con la tolerancia, ese concepto de respetar el derecho a la diferencia. Qué se debe tolerar y qué no, ambos términos caen inevitablemente en el terreno enclavado en el disenso y la diferencia. En la tolerancia se reconoce y respetan las diferencias, en la intolerancia se rechazan las diferencias. La tolerancia siempre está unida a su momento histórico y lo que antes se toleraba en tal o cual sociedad, en otra se transforma en inaceptable. Sin embargo, se puede apelar a un criterio guía basado en la libertad y así se tolera todo aquello que amplíe y enriquezca la libertad y no debe tolerarse todo aquello que la obstaculice.

Hay en la historia ejemplos extremos claros: el racismo, el etnocentrismo o el nacionalismo exacerbado son situaciones que sólo pueden realizarse por medios intolerables como por ejemplo los campos de exterminio o mediante el uso de tortura o terrorismo, e inclusive el uso de una constante desacreditación hacia el otro, la alteridad como es el caso de la subordinación entre posiciones y roles sociales desiguales, de los cuales abundan ejemplos, ya desde la paternidad para con el hijo, el maestro con el alumno, por no hablar de la ya tan ampulosa y reconocida diferencia entre los sexos; y es en estos casos es donde la tolerancia pierde su legitimidad y razón de ser. A manera de síntesis, se puede decir entonces que la intolerancia, el indignarse, debe darse en todas aquellas circunstancias que afrenten contra la dignidad humana, la libertad y la igualdad y esto último haciendo hincapié en todo aquello que quepa en la desigualdad institucionalizada, donde la tolerancia se halla sujeta a los intereses dominantes de un sistema social dado.

Y regresando a la igualdad, es interesante resaltar algunos datos ahora relacionados a las letras. Acorde a datos de la UNESCO, de los 178 millones de iletrados en el mundo, el 64 por ciento corresponde a mujeres, y si de comparar universos se trata, podemos ejemplificar que el 91 por ciento de los ciudadanos del Japón tiene el hábito de la lectura; en Alemania la población lectora rebasa el 60 por ciento; mientras que en México, apenas alcanza 2 por ciento.

El lacónico Zaid en su ensayo La lectura como fracaso del sistema educativo concluye: “La mitad de los universitarios mexicanos (cuatro millones) prácticamente no compra libros”. Si eso sucede en la población más educada, ¿Qué podemos esperar? Luego dice que “en 53 años, el número de librerías por millón de habitantes se ha reducido de 45 a 18”, en la culta capital. Es decir: ¿a mayor esfuerzo educativo, menos lectores? Y de acuerdo con estimaciones de la Asociación de Libreros Mexicanos, el número de librerías es de alrededor de 500, lo que representa una media de una librería por cada 200 mil habitantes. No es gratuito que la UNESCO en un estudio sobre “Hábitos de lectura”, le otorgue a México el sitial 107 en una lista de 108.

Pensemos, esta situación ¿en qué terreno cabe?, en el de la tolerancia o en el de la indignación hacia la ineficiencia para propiciar mexicanos lectores con posibilidad de transformar la realidad. Palabras más, palabras menos, que huyen en desbandada esperando al menos invitar a la reflexión.

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