Opinión

Lenguaje y medicina

Cuando el médico urólogo me dijo que tenía una “obstrucción en el vaso deferente en la sección proximal al epidídimo”, más que preocuparme, me alegré muchísimo, pues el pinche demonio que traía en los genitales ya tenía nombre y podía ser identificado. Si mi enfermedad tenía un nombre, entonces podía ser dominada por los profesionales de la medicina institucionalizada. Sabía que no había entendido nada, pero la expresión médica tuvo una contundencia apabullante suficiente para calmar mis nervios y vaciar mis bolsillos al momento de pagar la consulta. 

Ya habíamos dicho que la medicina, o más bien sus practicantes, gustan de un lenguaje que haga mella en la justificación social de su estatus especial. La diferenciación social la logran más comúnmente por las distancias que generan y alimentan de forma cotidiana con varias formas del lenguaje: el lenguaje escrito y oral, la vestimenta, la escenografía del consultorio, el manejo de los tiempos de espera y el carácter sacerdotal de sus sentencias, perdón, de sus recetas. 

Está bien si quienes se dedican a la medicina se comunican con la fraseología técnica indispensable para lograr una comprensión inequívoca y precisa como el bisturí, pero que quieran contarnos las muelas del occipucio, pues eso sí no, como tampoco aceptaríamos que nos aumentaran el impuesto predial al 500 por ciento por “cálculo a los esquemas isomórficos tributarios con base en un reajuste por mínimos cuadrados a los valores indexados”. Lo que deriva en una podredumbre es la extensión del lenguaje médico técnico a las relaciones con los pacientes y sus familiares. Entonces el lenguaje ya no serviría para comunicar, sino para promover ese extrañamiento entre los médicos y los demás, para fortalecer esa separación ajena a los motivos de conservación o recuperación de la salud. Esa insalubre relación promovida por el lenguaje separatista será parte de la enfermedad de la medicina y sus instituciones, empeñadas en la ganancia sin fin y en expropiar nuestra salud. 

Después de una estadía en el norte del país, radicado ya en Aguascalientes, me llamó la atención la insistencia en buscarme de un “doctor Sánchez” a quien no lograba ubicar. -No, no serán para mí esas llamadas porque yo no conozco a ningún doctor Sánchez- pensaba yo, hasta que un día coincidí con la llamada y lo identifiqué inmediatamente por su voz : -Aaaaaahhhhh, “El Chucky”, “El Chucky”, así hubieras dejado tu recado y rápidamente te reconocería como unos de los amigos más entrañables- le grité. Tan fácil que sería reconocer a los amigos por el trato fraterno que nos caracterizaba, más que por las poses de nobleza profesional. 

Los médicos también aprenden a administrar el tiempo como un lenguaje silencioso para dar cuenta que se trata de alguien diferente y superior. Usted o yo nunca seremos esperados por el médico, ellos no se harán esperar nunca, nosotros seremos quienes les esperamos. El tiempo de espera es uno de los mecanismos para marcar las diferencias sociales: se espera al superior jerárquico, se espera al Presidente de la República, se espera al sacerdote, se espera al médico. En nuestro contexto, sería una descortesía o un error hacerlos esperar. La medicina habita en los tiempos, respira en su impuntualidad fastidiosa y se alimenta de la espera como uno de las ofrendas que el paciente regala al médico para declararse en sus manos, ofrecerá el dolor y el tedio de la espera a la medicina para que éste le otorgue el favor de su atención. Eso no se paga, eso lo cobra el médico directamente de la mirada del paciente. 

Tal vez sea el lenguaje médico el más extenso y dominante en la cultura actual. Tributario del griego y lleno de extranjerismo, en particular los anglicismos, luego también contaminados por la informática, el neolenguaje de retazos domina las bocas de los médicos y hacen buches para hablar luego con los pacientes. La enorme cantidad de términos, el desarrollo técnico y la necesidad de comunicarse entre los especialistas ha obligado a hacer muchos esfuerzos por normalizar la terminología médica, pero no han sido así los esfuerzos por desarrollar una comunicación más sencilla y directa con los pacientes, como tampoco ha fructificado mucho la bioética. 

Ahora tenemos un lenguaje de cascajo, combinaciones del español con el spanglish, tecnicismos, construcciones descuidadas y términos crípticos que rinden homenaje a la profesionalización y separan a los médicos de los pacientes. Ahora estaremos sometidos a un lifting, es necesario que llevemos resultados del TAC, que diga a los amigos que tengo una neuropatía hipertrófica, que le pondrán un by-pass a mi tío o que el médico tiene que “mapear” los resultados del análisis, formas de hacer tonterías con la comunicación que, en principio, debería servir para reducir las distancias que tenemos más que acrecentarlas. 

Padecemos una patología del lenguaje médico y también una trasfusión del idioma de Mickey Mouse y de la guerra de la estrellas en los consultorios. Un nuevo lenguaje hablado, el lenguaje del tiempo, del cuerpo y de los instrumentos nos quieren abrir la panza para cambiarnos las tripas por unas hechas del plástico, como las que comen las instituciones educativas y médicas, así como el gran negocio de la salud.



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guillermoronelas

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