Opinión

Resurrección, Jerusalén

Cuando hace algunos meses, en las fiestas navideñas,  me pregunté cuál había sido el momento más importante de mi vida, me fue fácil contestarme. Lo recuerdo más hoy, Domingo de Resurrección de Jesús, sin la que nuestra religión católica no existiría, pues es la base de la creencia en Dios, quien envió al mundo a su hijo, y éste, como nadie lo ha hecho más, resucitó de entre los muertos y subió al cielo. Ese momento de vida es para mí, el haber tocado la losa sobre la que descansó muerto el cuerpo de Jesús, y que se conserva en la Iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén. 

Viajé a Israel una vez que terminé mi carrera profesional, era el mes de abril y al bajar del avión en Tel Aviv, procedente de Atenas, un batallón de soldados y soldadas, de apenas una edad de entre dieciocho años y veinte años, apuntaba sin discreción al pasaje que íbamos bajando por la escalerilla rumbo al edificio Ben Gurión del aeropuerto, donde fuimos minuciosamente revisados de papeles, equipaje y cuerpo. Eran, como ahora, tiempos de guerra con los palestinos y demás enemigos eternos de los judíos. 

Tomé de inmediato un autobús que me llevó a Jerusalén, luego de tres horas, viendo a un lado y a otro de la carretera, múltiples instalaciones pintadas de modo informe con los colores del camuflaje, que son diversos tonos de verde o de café,  y descendí al final en la central camionera, para comenzar a caminar en busca de un modesto hostal, labor en la que me llevé también el susto más grande de mi vida, pues al deambular por una calle escuché el sonido intenso de una sirena, como esas que hemos oído tantas veces en las películas bélicas, significando una orden de ir a los refugios por un ataque aéreo. Todo mundo, transeúntes y conductores de vehículos se paralizaron simultáneamente, y yo, como Vicente, a donde va la gente, hice igual. Al concluir el agudo sonido, pregunté la causa del mismo. Resultó ser un espacio para oración pues era el memorial day, día para recordar a los muertos de guerra.  

Fue también la ciudad que hasta ese entonces era la más cara que conocía, después lo fueron Tokio, Venecia y París. 

Jerusalén está dividida en barrios: el judío, el armenio, el cristiano y el musulmán, por los cuales peregriné sobrecogiéndome en muchos momentos al encuentro de iconos, imágenes que en nuestra formación nos dijeron que habían existido, y su trascendencia, como el Monte de los Olivos, el Muro de las lamentaciones, la mezquita de la Roca, la casa de la Última Cena,   

Adentro de la iglesia del Santo Sepulcro, hay una capilla pequeña. Para entrar a la misma hay que agacharse y dentro de ella siempre hay un monje cuidando el interior, llenas sus paredes de oro proveniente de los llamados “milagros”; imágenes que la gente cuelga en torno de algún objeto venerado. Al lado derecho, esta la losa, entre blanca y amarillenta, quizá de mármol,  como de un metro setenta por unos ochenta centímetros de ancho, donde, según la tradición, descansó el cuerpo de Jesús antes de resucitar. 

Jesús, llamado Yeshua (salvación del Señor) porque así se lo impuso su padre el día de su circuncisión, acostumbrada para llevar en su carne la señal que los identificaba como miembros del pueblo elegido, también fue conocido como Yeshua bar Yosef, Jesús el hijo de José, fue originario de Galilea, un país exuberante, de clima suave, con vientos húmedos del mar que penetraban hacia el interior de una tierra fértil.  

Hemos conocido en la historia y en múltiples fuentes, datos que aquí asiento, como que en Galilea privaba el sistema judío de diezmos y primeros frutos, que llegaba hasta el 20 por ciento de la cosecha anual, que servía para mantener la aristocracia sacerdotal de Jerusalén. Los publicanos, que eran quienes llevaban a cabo la labor de recaudación, son quienes se acercan a Jesús. A muchas familias se les iban en tributos e impuestos un tercio o la mitad de lo que producían. La clase depauperada vivía en aldeas, pues en las ciudades vivían las clases dirigentes, los jueces y notarios, los grandes terratenientes y los responsables de almacenar productos. Mientras las élites pensaban en trigo, aceite o vino, los pobres se alimentaban con cebada, habas, mijo, cebollas e higos. 

Hay que hacer una distinción entre pobres e indigentes. Son a estos a los que se hace mención con frecuencia en los evangelios, y eran los que no tenían tierra, carecían muchas veces de techo y vivían amenazados por el hambre y la desnutrición. 

En Galilea se hablaba arameo, fue la lengua materna de Jesús, y sus primeras palabras para llamar a sus padres fueron abbá e immá. Fue la lengua en que anunció su mensaje, pues tanto en Judea como en Galilea se hablaba el arameo. Se calcula que había entonces en Jerusalén entre 25 y 55 mil habitantes. Jesús nació probablemente en Nazaret. Era una aldea pequeña y desconocida, de apenas doscientos a cuatrocientos habitantes, donde las casas eran bajas y primitivas, tenían una estancia en la que se alojaba y dormía toda la familia, incluso animales; y las casas, de ordinario, daban  a un patio que era compartido por tres o cuatro familias del mismo grupo; tenían en común el molino y el horno donde se hacía el pan. 

Pasado el tiempo, Jesús comienza a recorrer Galilea, en sus discursos emplea un lenguaje sencillo y de vivencias, porque es un hombre que sabe captar la creación y disfrutarla, de ahí sus referencias a los pajarillos que se alimentan solos, a las ramas de las higueras que anuncian el verano, o siente el viento pegajoso del sur que anuncia la llegada del calor. Sabe que el viento sopla donde quiere sin que se pueda precisar de dónde viene y a dónde va, y en el percibe el Espíritu Santo de Dios.  

Jesús nunca despreció La Torá, ley de los judíos, pero un día enseñaría a vivirla de una manera nueva. No se sabe si Jesús aprendió a leer y escribir, pero poseía un talento natural que superaba su baja formación cultural. Fue un artesano como su padre, e invitaba a la confianza total en un Dios Padre. 

Dichosos los que ahora lloráis porque reiréis, fue una de sus bienaventuranzas. 

Jesús no dice que los pobres sean buenos o virtuosos, sino que están padeciendo injustamente. Invita a un modo de vida diferente, a superar la ley del talión, a contener la agresividad ante el que te humilla golpeándote el rostro. 

Una fuente de disputas dolorosas era el fantasma de las deudas, que todos trataban de evitar para no caer en las garras de los terratenientes, de ahí lo de perdónanos nuestras deudas así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores. 

Jesús recorrió aldeas curando enfermos, expulsando demonios, y liberando a la gente del mal, la indignidad y la exclusión, integrándolos en una sociedad nueva, más sana y fraterna. 

Jesús acudió al lenguaje de los poetas. Con creatividad inventaba imágenes, bellas metáforas, sugería comparaciones y narraba con maestría parábolas que cautivaban a la gente, de las cuales se han conservado cerca de 40; ¿Hay alguno de vosotros que cuando su hijo le piden un pan, le dé una piedra, o si le pide un pez le dé una culebra?, ejemplificaba. O cuando dijo  que el Reino de Dios se parecía a un grano de mostaza, que es más pequeña que cualquier semilla, pero una vez sembrada crece y se hace mayor que todos los arbustos. Y lo importante no es lo que hace el sembrador, sino la fuerza misteriosa que a él se le escapa. O la mal llamada parábola del hijo pródigo, que en realidad es la del amor del padre. 

La vida es más de lo que se ve, afirmó, y vale la pena creerlo.

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gustavoagranados

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