Casa Redonda - LJA Aguascalientes
01/03/2024

Desde la presente entrega y hasta que sea posible, esta columna se llamará “Casa Redonda”. Evoca, por supuesto, aquel espacio en que se construían y reparaban las locomotoras en los magníficos talleres de Aguascalientes. Aquellas épocas de los trenes en los que se movilizó la División del Norte, la del Vallejismo, la de los trabajadores del riel, héroes por la mera dureza de sus labores, pasajes idos que significaron verdaderamente una pérdida enorme. “Casa Redonda” nos llamaremos porque así imagino el espacio público, como una posibilidad de observarnos en 360 grados y reparar, de ser tal cosa posible, nuestros desperfectos como sociedad. Finalmente es un nombre tan bueno como cualquier otro.   

 

Cosas que importan  

 

Hace veinte años, todavía niño, llegué junto con mi familia a “La Tierra de la gente buena”. Las calles de nuestra ciudad eran un espacio de libertad para quienes vivimos nuestra niñez en otros lugares que desde entonces eran presa de la violencia. Tengo desde aquel tiempo la impresión de que parte de los habitantes de Aguascalientes ven en la tranquilidad propia de una ciudad con las características de ésta, sólo una forma de monotonía o aburrimiento. Mientras algunos observábamos con agradable sorpresa que las puertas de las casas permanecían abiertas para que las visitas entraran sin tocar, pocos más le ponían atención al hecho. Junto a la paz imperante reinaba el trabajo de sus obreros del riel, de las operarias de los pequeños talleres familiares. Luego de la semana fatigosa poco había para divertirse. Balnearios, bailes populares de mediana convocatoria, paseos familiares o, finalmente, en abril, la feria anhelada.  

Durante años el béisbol fue una opción, la principal, en el ámbito de la afición a los eventos deportivos. Hasta que alguien observó este mismo estado de languidez. Y llegó el futbol a Aguascalientes. No el de las Cebras (¿alguien las recuerda?) ni el de los Gallos. Llegó el futbol de verdad. Sobre todo, llegó el futbol de ánimo exhibicionista. El que sale en la tele. De preferencia en Televisa, no importa que sea los sábados y aquí no lo transmitieran, sino que incluso lo bloquearan para que la gente fuera al estadio y no tuviera la tentación de quedarse a observarlo en su casa. Ese que según el senador Carlos Lozano le dio “una proyección gigante, que nunca imaginamos, a Aguascalientes”. Aquel que, en palabras de Gabriel Arellano, “deja grandes perdidas materiales con su descenso, puesto que ya no tendrá trabajo el que vende las cervezas o los de los puestos de playeras”. Llegó el Necaxa y con él llegó Luís Armando Reynoso al gobierno estatal. Malos augurios desde el principio: estadio nuevo para Televisa luego de derribar el municipal, lugar que no servía porque no contaba con “fuentes danzarinas”; bloqueo de colonias aledañas y mayor inseguridad; ¿Que no tiene estacionamiento nuestro estadio? Ahí esta, lista para derrumbar, una triste escuela que no sirve para mayor cosa que para educar a unos niños andrajosos. Total, ni que fuera el Cumbres o el Marista. Resistencia vecinal, tibia pero increíble. No hubo estacionamiento. Luego, hoy sabemos, estímulos fiscales sin precedentes. La fama nacional bien vale un ISN.  

Detalles más, el final es conocido. El equipo desciende a la división inferior y todos los políticos locales se solazan en el tema exigiendo indemnización para los propietarios de palcos. Alzan la voz para saber qué pasó con los recursos públicos que se otorgaron a una serie de caprichos privados. ¿No deberían exigir y reclamar tan gallarda y solemnemente en defensa de quienes no tienen acceso a la vivienda, a los servicios de salud o a una educación digna? Claman, faltaba más, por el retorno inmediato de la primera división a Aguascalientes. Pequeños en ideas, faltos siempre de imaginación, se cuelgan del futbol para transitar por el camino conocido. Se sueñan piccolos Berlusconis con su AC Milán de pacotilla. Se reflejan en la historia de Jesús Gil y Gil como alcalde de Marbella y todopoderoso en el Atlético de Madrid. Se afirman, por lo menos, como futuros líderes del equivalente a la Perra Brava del Toluca, la popular porra de descamisados que dirige en los buenos momentos (que no son pocos) el gobernador en turno del Estado de México, acompañado de la bufonesca corte del Grupo Atlacomulco en pleno.   

Dice Juan Villoro (Dios es Redondo, 2006) que el fútbol  es un “sistema de creencias”, aunque sin llegar a competir con las religiones establecidas. Acaso habría que preguntarnos si la rebelión y pasión tardía de los necios de siempre por el triste final del Necaxa, es un sistema de creencias sustentado en las cosas que importan. ¿Para qué queremos candidaturas, senadurías, alcaldías y diputaciones si no es para los grandes temas? Distraigamos a la plebe con ello. Y si no, observemos a la afición de los Indios de Ciudad Juárez. El mismo día que lograban su pase a la liguilla se descubría la enésima fosa clandestina con cadáveres. Horas después, ya acampaban cientos de seguidores de “La Tribu” para conseguir boletos. Nada pasa mientras haya fútbol.   

Réquiem  


 

Lucha de gigantes

convierte,

el aire en gas natural

un duelo salvaje

advierte,

lo cerca que ando de entrar.

En un mundo descomunal

siento mi fragilidad.  

 

Durante años éstas y otras frases me han acompañado en muy diversos momentos. Lucha de gigantes, No se acaban las calles, Vístete, La chica de ayer, Persiguiendo sombras, canciones simples de Nacha Pop. Unas íntimas, otras festivas, todas forman parte de la educación sentimental de algunos. Este martes 12 de mayo murió en Madrid el músico Antonio Vega, “ese chico triste y solitario” creador de varias de ellas.


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