Opinión

 Entre el pánico y el escepticismo

Desde que se dio el brote de desconcierto que trajo el fenómeno de la ‘influenza humana’, han sido muy distintas las reacciones de las personas con la que he tenido contacto en estos días; pero todas ellas bien podrían catalogarse dentro de dos grandes apartados: las que, después del momento del shock, no lograron recuperarse lo suficiente y entraron en una fase de miedo sostenido a un posible contagio; y las que, también pasado el primer golpe mediático, inmediatamente formularon una serie de teorías conspiracionistas, que iban desde lo factible y digno de considerar, hasta lo francamente estúpido. 

No debe causar vergüenza el haber transitado, en su momento, por ambas posturas; porque finalmente las dos tenían su grado de justificación. Pero todo tiene un límite, y después de constatar que la influenza estacional es mucho más poderosa y transmisible que la ‘humana’ (remitámonos, si no lo creemos, a las cifras al respecto) y nadie ha hecho un escándalo, ni se ha clausurado nada para evitar el contagio de la primera; después de comprobar que el tapabocas es, en realidad, un placebo para “dar tranquilidad a la ciudadanía” (lo que da tristeza es que se empiece a usar como bandera de campañas políticas); después de aceptar, por fin, que la influenza humana es de -relativa- fácil curación y que además hay el medicamento suficiente para atender a quienes se infecten, no es posible que sigamos el absurdo de mantener la mayoría de los centros de diversión, oficinas públicas y escuelas clausurados. Eso es jugar al tío Lolo; aprovecharse del miedo que persiste en la población, o intentar sostenerse en un error, para no tener que decir algo así como un: “Nos asustamos y tomamos decisiones exageradas, ciertamente presionados por instituciones externas como la OMS”.

A una semana y tres días del impactante mensaje de Luis Armando Reynoso Femat, cuando en una urgente rueda de prensa canceló la feria, creo que es necesario dejar de esconderse bajo la cobija, y poner sobre la mesa toda la información que sea posible, para saber verdaderamente qué está sucediendo. Información fidedigna, proveniente de un amplio trabajo de investigación y análisis, que incluya el comentario de especialistas en la materia, para no caer en declaraciones patéticas que confunden, mezclan o relacionan, la gripe aviar con la influenza humana, y monstruosos laboratorios y secretarios de defensa que, como en las películas, hacen experimentos aberrantes con humanos; u otras igual de patéticas que aseguran que el mundo nos verá como una supernación por autoflagelarnos de ese modo, cuando la verdad es que nos ven con miedo y algo de repulsión.



Necesitamos información inteligente para no caer en el extremo de sugerir que el virus es tan mortífero y transmisible, que no caben preguntas básicas que haría toda persona en busca de acercarse un poco más a la realidad ‘real’, que no es necesariamente la que los medios masivos nos entregan. No es posible, por lo tanto, poner en el banquillo de los acusados a una persona que se pregunta cosas tan pertinentes como: ‘¿cuál es el número real de muertos?, ¿por qué no coinciden las cifras?, ¿de qué murieron realmente los infectados?’, etc. Tener esta información es crucial para saber con exactitud a qué nos estamos enfrentando; para saber, con base en ello (pero no sólo en ello), si las reacciones gubernamentales fueron adecuadas o, por el contrario, más dañinas incluso que los estragos que hubiera provocado la enfermedad sola, sin tanto escándalo. Me alarma, y mucho, que haya personas sensatas que se decidieran por atacar a quienes han lanzado estas preguntas al aire, en busca de algo más que cifras contradictorias y leyendas urbanas; porque estas descalificaciones no ayudan, en absoluto, a dejar el miedo a un lado, ni a encontrar respuestas, sino que promueven la sumisión y la aceptación de medidas que nos están perjudicando terriblemente (¿decenas o centenas de probables enfermos ‘confirmados’ -ni siquiera hay seguridades en ello- que en dos semanas estarán perfectamente sanos, justifican que se propicien miles de desempleados más y unos cuantos centenares de negocios frustrados, con toda la problemática -seguridad, justicia, salud, etc.- que ello conlleva?).

Con el riesgo de decir una barbaridad (y de caer en el lado de los “conspiranoicos”), me inclino a pensar que el gobierno exageró sus medidas precautorias por debilidad, presionado por la OMS; pienso también que ésta última actuó extrañamente y con fines que no alcanzo a comprender; creo esto a raíz de lo dicho acerca de que hay otras enfermedades que pululan en el mundo, de mayor transmisión y fuerza, y dicha institución no ha declarado ningún estado de alarma mundial por ello; pienso también, desde mi lógica de ciudadano neófito en materia de epidemiología, que es sospechosa la velocidad con la que se detectó el primer caso de influenza humana y se creó la alarma, días antes de que Calderón se viera obligado a dar su mensaje a la nación. Uno, acostumbrado al tercer mundo, esperaría que para detectar algo distinto, ‘raro’ en una enfermedad tan parecida a otra ya usual, más fuerte, y que además está en su pleno apogeo, haría falta no un niño jarocho que de buenas a primeras se curó con un tratamiento antigripal, sino algunas decenas de muertos, algunos cientos de enfermos que presentaran un cuadro francamente distinto al de la influenza estacional. Y no fue así. Vemos cómo batallan los mismos especialistas para determinar en cada caso, si se trata de influenza estacional o ‘humana’. No quisiera hablar de complots ni mucho menos, pero no se puede negar que, sencillamente, algo no embona en todo esto; mas para saber qué es, hace falta hacer una buena investigación al respecto, y no caer en la tentación (como yo en este párrafo) de hablar sin un soporte algo menos que volátil.

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Adán Brand

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