Opinión

Guerrilla electoral (2a parte)

os niños son un buen pretexto para los lemas y temas de campaña. Los hijos y en general los bebés y los niños son un recurso fácil y chantajista de la propaganda, ya que la sociedad es muy sensible al tópico y tiende a aceptar lo que se diga de ellos referente a su  protección, seguridad, preparación escolar, salud, recreación y todo lo que tenga que ver con una dignificación de la vida de los escuincles. No se trata de una preocupación genuina, pues ya se hubiera visto en los programas específicos y en las acciones, sino de un secuestro de la imagen de la niñez desprotegida. Los niños ahora son un rehén de la delincuencia partidista que los toma como escudo y pantalla para esconder sus verdaderas motivaciones e intereses.

El despliegue de las campañas sigue un plan predefinido que se arma a partir de prácticamente todos los medios de información. El pseudo contacto a través de los medios electrónicos, auditivos o visuales se complementa con una guerrilla personalizada mediante brigadas que trabajan al son de los gastos de campaña; cada distrito, sector, grupo u organización de colonia cuenta con un presupuesto para disponer de personas contratadas que  no pertenecen ni simpatizan con ningún partido político, sino con los beneficios del empleo temporal y, por lo tanto, carecen de los rudimentos doctrinarios de la organización que les paga. Estas brigadas pueden hacer caravanas, apostarse en los cruceros para ondear los fetiches partidistas, repartir volantes, pegar calcomanías, bailar o gritar consignas al son de un ensordecedor y baboso jingle del candidato en turno: “¡¡¡Chupa, chupa, chupa, chupachuuuuuú… vota por Pepechuuuú!!!”

Las campañas no tienen porque mantener un esquema aburrido y acartonado, sombrío, ni lucir extrañamente serias o emular al luto humano, pero los operativos campales se parecen más a la promoción de un producto de limpieza, a la difusión de la imagen del “Oso Babas” y recuerdan mucho a los recorridos ruidosos con cencerro, matraca, chiflidos, gritos y payasadas de primaria cuando promovíamos que votaran por la planilla verde o azul  para administrar la venta de bolis o en la algarabía de mocosos en el recreo en competencia para ver quién lanzaba más lejos su escupitajo. ¿En qué momento se les ocurrió que la promoción del voto, de los candidatos y partidos era una cuestión meramente mercadológica? ¿En qué descuido nos tratan como compradores estúpidos de sonrisas siniestras de seres de cartón?

En complemento a la publicidad mediática, los candidatos hacen también su rondín de besamanos y salutaciones, su baño de pueblo, en lugares y espacios calculados para maximizar la asistencia de personas al evento. Los organizadores de las giras nunca priorizarán en su agenda la visita a un lugar donde el dominio esté marcado por los orines de otro partido, tampoco gastarán recursos visitando comunidades que no ofrecen una significativa cantidad de votos y mucho menos estará en sus pendientes pernoctar en una zona deshabitada, notable por su deterioro ecológico, ni harán un recorrido silencioso por la zona metropolitana para dar cuenta del desorden urbano.  Durante los recorridos calcularán el mecanismo de contacto, los candidatos fingirán compartir la vida cotidiana con un plato de chicharrón rojo, nopales con queso y frijoles de la olla con chile de molcajete; traerán camisa de manga corta y pantalón de mezclilla; sonreirán todo el tiempo; escucharán planteamientos y pláticas banales; mirarán directamente a los ojos;  cambiará los nombres propios por apodos cariñosos (Doña Chela, Toño, Yordi, Marianita); saludarán de mano, un saludo cálido, firme, sostenido, prolongado, el mismito amor empaquetado, calculado y sacado del congelador en tiempos de votos.

Las campañas electorales generan un clima de fastidio e incredulidad alrededor de los partidos políticos y, por consecuencia, también la abstención, pero esto es felizmente capitalizado por las mismas organizaciones, pues el voto duro y la escasa votación no harán sino redondear las ganancias al triunfar con la participación de una menguada asistencia a las urnas. La ineficiencia y corrupción sumada a las campañas de circo, si suman votos, avivarán la voracidad de los partidos; si no suman, los partidos también saldrán ganando de la abstención desorganizada.

La falta de legitimidad y credibilidad de las organizaciones partidarias también se transfiere hacia los demás aparatos del Estado. El problema de las campañas electorales es que tocan los límites de la legalidad, de la dignidad y del respeto. Esta erosión política y social sólo beneficia a los propios partidos políticos y no abonan un sentido a la función crítica y evaluadora de ellos mismos y entonces dejan de ser un instrumento de la sociedad para mover sus decisiones. Por enésima vez, como decían en otra campaña política: ¿Usted les cree? Yo tampoco. 



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guillermoronelas

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