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domingo, marzo 15, 2026

Una cándida concesión

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Desde el 9-19 de 1985, no había tenido esa misma sensación inquietante de que tiemble en sus centros la tierra, porque estás literalmente parado sobre un campo de energía en movimiento que hace crujir, desde sus cimientos, todos los espacios que te rodean, sean construcciones arquitectónicas, el paisaje urbano o el paisaje natural del lugar.

El pasado lunes 27 de abril, me encontraba junto con mi familia vacacionando en una villa junto a las playas de Acapulco; conversaba con la señora encargada del aseo, y abruptamente nos quedamos en silencio escuchando la fuerte vibración del edificio, ella dio un salto felino y gritó: “¡pa’fuera!”. En segundos, cubrimos la distancia de la cocina a la calle, en instinto de ponernos a salvo. Afuera a media calle, sentí la última oscilación del temblor. De inmediato traté infructuosamente de comunicarme a través del celular con mi esposa que había salido de compras al “súper”, con el resto de la familia –su experiencia fue francamente atemorizante- dentro de una gran caja de resonancia y estantes destartalados; tres de mis sobrinos jugaban plácidamente al golf. Luego salió el parte: “el sismo ocurrido a las 11:46 horas de este lunes tuvo una magnitud de 5.7 grados en la escala de Richter, con epicentro localizado a 23 kilómetros del municipio de San Marcos en la región de la Costa Chica” (Guerrero noticias.com, “Periodismo Digital en Nuestro Estado”).

La tarde anterior del domingo 26, se había anunciado desde otro San Marcos, Aguascalientes, la cancelación de la Feria Nacional que cumplía su primera semana de duración. También esta nota cimbró los ánimos de sus habitantes, en el fondo la abrupta cesación de servicios de todo tipo del movimiento ferial, ponía en entredicho expectativas largamente esperadas de retorno económico. Mientras tanto, seguía profundizándose la guerra de control contra la influenza A-H1N1 que ya tenía semiparalizado al país. El Presidente de la República junto con los funcionarios de la Federación emitía, lo que algunos ya no dudan en calificar, como “drásticas medidas” de prevención, contención y control de la pandemia que mantiene en seria incertidumbre a buena parte del mundo. Este calificativo pareciera tener fundamento debido, en parte, a la moderada actitud manifestada por la Secretaria de Seguridad Interna de Estados Unidos, Janet Napolitano, que se declaró en rueda de prensa, el pasado 4 de mayo, desde Washington como: “cautelosamente optimista” sobre el impacto del virus A-H1N1 de la influenza humana: “Estamos empezando a ver señales alentadoras de que el virus puede ser moderado y su propagación puede ser limitada”, y a renglón seguido, en consecuencia, dijo: “estamos cautelosamente optimistas pero a pesar de todo sabemos que no es el momento de descansar”. Refiriéndose específicamente a México y el alcance de sus medidas: “los brotes van en ciclos, y por esa razón en Estados Unidos continúan los preparativos pese a que los números muestran “progresos reales”. También precisó que la cepa particular no será más severa que la de un brote normal de influenza estacional, que anualmente resulta en cientos de miles de hospitalizaciones y unas 36 mil muertes.

Esta cautela y el impacto moderado del nuevo virus que está siendo monitoreado por los centros de investigación epidemiológica tanto de nivel nacional como internacional, se utilizan como el caldo de cultivo de opiniones impregnadas de “sospechosismo” –tanto de intrigas palaciegas, como de una conspiración internacional de los países poderosos para reactivar la economía mundial, ya no mediante una guerra caliente, sino valiéndose de la movilización de una emergencia planetaria de salud pública-, todo ello en abierta crítica respecto de las medidas aplicadas en salud por el Ejecutivo federal mexicano, el Jefe de gobierno y demás mandatarios estatales, aun el de Aguascalientes, de quien se dice se resistía a declarar clausurada la Feria Nacional de San Marcos.

En este contexto geopolítico y demográfico, México está funcionando como el macro-laboratorio mundial, no tan sólo en materia de ingeniería genética y epidemiológica, sino también en materia de políticas de Estado capaces de probar o falsear los efectos de un asentimiento democrático o de una contradicción política versus las medidas recomendadas, sugeridas o aplicadas bajo la autoridad presidencial. De esta prueba y procedimientos, los países observadores están derivando opiniones, medidas atemperadas y puntillosas observaciones, gracias al beneficio del modelo experimental que somos, que hasta les permite emitir prístinos juicios kantianos, críticos “a posteriori”.

En cuanto a la responsabilidad ética que corresponde a cada uno de nosotros, como actores principales de este drama humano, nos aplica la obligación moral de: uno, asentir razonablemente a la normas emitidas por las autoridades constituidas formalmente, so pena de agravar los riesgos ofensivos de un virus apenas en vías de reconocimiento, lo que abre un margen de incertidumbre y consecuencias impredecibles sobre el bienestar vital de la sociedad; dos, consultar la opinión de los científicos, peritos o expertos en la materia, cuyas indicaciones emitidas que sean bajo presunción de buena voluntad, sirven de pauta objetiva para formar rectamente el juicio libre de la conciencia personal, y tomar en consecuencia nuestra decisión final.

Cubiertas estas dos obligaciones morales, con la recta conciencia de hacer el bien y evitar un mal, no existe razón o motivo para actuar bajo sospecha o con detectivesca malicia, para demostrar la agudeza de nuestro ingenio y el alcance poderoso de nuestro irrefrenable deseo de autodeterminación, mirando en todo la posición cínica “a priori” de todo el que ostente un cargo público. De esto también moralmente somos responsables. Entonces, lo que nos toca como ciudadanos en plenitud de prerrogativas y sin tutelajes, es otorgar el beneficio de la duda –que al final, por sus frutos los conoceréis- a quienes toca encabezar este tipo de decisiones; y con ello mantener el temple ético de quien acuciosamente entrega  una cándida concesión. “Quae cum ita sint” (estando así las cosas). 

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