05/07/2020


 Imagen de muestra

El agua en Aguascalientes tiene un valor fundamental porque además de ser como en otros lugares fuente de vida, desarrollo y salud pública; al revisar la historia se da cuenta también de que fue un manantial, la razón principal de fundación de la villa. Conforme se pobló, el agua se convirtió también en un elemento de discordia, entre ricos, pobres, gobernados y gobernantes; las luchas se repitieron y a la fecha no se ha dado una solución de tajo que deje atrás las pugnas por estos espacios que debieran ser del “común”, una voz que casi no se escucha ya, dijo en entrevista Jesús Gómez Serrano al referirse al contexto histórico que envuelve al área donde se asienta La Pona.

“… desde la fundación misma de Aguascalientes el agua estuvo en el centro de las preocupaciones de los miembros del cabildo, los vecinos, los huerteros, los visitadores reales y hasta los graves ministros del culto que llegaron a señalar como calamidad inaudita e insufrible la falta de agua bendita en la pila de la parroquia”, así escribió el historiador en un ensayo titulado La lucha por el control del agua en la Villa de Aguascalientes durante los siglos XVII y XVIII, incluido en un libro denominado Los usos del agua en el centro y norte de México, historiografía, tecnología, conflictos.

El manantial del Ojocaliente ha mantenido viva a la villa por más de 400 años, desde su fundación en 1575 a la fecha; aunque en los últimos 100 años, con el desarrollo de la tecnología se ha extraído agua del subsuelo a través de la excavación de pozos, pero el manantial sigue ahí, “por eso es importante que cuando se aborde algún problema relacionado con esta zona se tenga en cuenta el valor histórico y simbólico”, agregó el historiador.

Siendo el agua el origen de esta ciudad, pareciera paradójico que sea ahora tan escaso este elemento vital, pero es que hay un sinfín de elementos que favorecen esta situación, dijo Jesús Gómez Serrano, además de que el problema de la escasez no es algo actual, ya se daba desde el siglo XVII.

Entre los factores que favorecen la escasez del agua está el hecho de que Aguascalientes es la frontera entre Mesoamérica y aridoamérica lo cual define su clima de altas temperaturas y tierras desérticas, el régimen pluviométrico marca que el nivel de lluvia es bajo y está concentrado en tres meses del año (junio, julio y agosto). “Este patrón hace que el período de estiaje se prolongue durante ocho meses, es poca la lluvia en Aguascalientes y no hay un sistema adecuado para captación de agua de lluvia”.

Otro factor, es el hábito de consumo que en los años 1600 no llegaba a 200 litros para cinco miembros de una familia y que hoy esa cantidad es el promedio per cápita.

En las épocas pasadas, la pugna por el agua llegó a tener momentos muy álgidos; el primero fue en 1609 mismo que apaciguó el visitador Gaspar de la Fuente poniendo orden y refrenando los abusos de los estancieros, aunque el problema no quedó arreglado del todo y en 1643 se agravó nuevamente por la escasez y la falta de organización, para ese año fue Cristóbal de Torres quien reglamentó el uso del agua. En esta historia aparecen otros nombres como el de Diego de Parga y Gayoso, alcalde mayor (gobernador) que se aprovechó de su puesto, los padres del convento de la Merced, los indios de San Marcos,  José María Rincón Gallardo, siempre con el mismo problema aunque con diferentes nombres.

Según Jesús Gómez Serrano quizá no existe una solución definitiva, pero sí acciones de fondo que den solución a este problema, entre las opciones para el mejor aprovechamiento y distribución del agua, un sistema eficiente de captación de agua de lluvia, aumentar los sistemas de tratamiento, evitar y componer las fugas del sistema de agua potable, racionar el gasto, exigirle a los ricos que tienen amplias áreas verdes que tengan sus propias plantas de tratamiento.

En el caso específico de La Pona cualquier iniciativa que sirva para poner un alto a quienes quieren destruirla es un avance, el académico dijo que es necesario ponerle un alto a los intereses privados, poner por encima del alcance económico, el poder que tiene la zona por sí misma, volver al interés “común” que tanto le gusta citar al historiador y que tan poco se utiliza. Tener un hábitat agradable y si no existe,  preocuparse por conseguirlo y no querer convertir las áreas verdes en multifamiliares.


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