Opinión

¿El reino de los cielos es de este mundo?

on las elecciones en puerta, otra vez se ha comenzado a hablar de la “injerencia” de la iglesia y los ministros de culto en asuntos ya no electorales, sino “políticos”. A la iglesia muchas veces se le ordena silencio y se le exige que se limite a asuntos “espirituales” y hacer “obras de caridad”. Se le dice como quien le pide a una niña de cinco años que se vaya a jugar con sus muñecas. Quienes lo dicen, con frecuencia se animan a citar el evangelio según Juan, fuera de contexto, en donde se presenta a Jesús diciendo “Mi reino no es de este mundo”, y con eso, los censores se ostentan como autoridades bíblicas, sin serlo, y dan por zanjada la discusión. Que se callen los obispos. Que se callen los sacerdotes en sus púlpitos, porque si Jesús de Nazareth dijo que su reino no era de este mundo, entonces la iglesia no tiene nada que opinar de política; que se preocupe por salvar almas. Que se haga el cómodo silencio de 17 mil ministros de culto católico en México y muchos más de otras denominaciones cristianas.

Sin entrar a hablar de la ambición y los terribles excesos que históricamente ha mostrado la iglesia, y que ha llevado a muchos a pedir que el clero se mantenga al margen de las tentaciones de poder político, de todos modos no se puede exigir al cristianismo (ministros incluidos) que se mantenga al margen de la política aduciendo una supuesta corrupción de su misión original. De hecho, me parece que uno de los grandes errores de la iglesia ha sido no hacer (buena) política y pedir a los fieles que piensen únicamente en realidades espirituales, como si el reino de los cielos, verdaderamente, no fuera un asunto del aquí y el ahora. El mensaje original de Jesús de Nazareth –y esto sin que tengamos necesidad de hacer afirmaciones teológicas, sino únicamente analizando los evangelios como documentos históricos– es un mensaje profundamente preocupado por las realidades de este mundo y poco, curiosamente, por el más allá. El cielo, parece decir el discurso de Jesús, está muy bien allá arriba. Es la tierra lo que interesa.

Entre los académicos hay un consenso general de que el mensaje de Jesús –en los evangelios sinópticos– tiene como aspecto central el reino de dios. ¿Qué quería Jesús decir con esa expresión? El reino de dios es la traducción del griego basileia tou theou y no se refiere a la dimensión espiritual donde la gente va al morir para vivir en un estado de dicha permanente en la presencia de dios. Basielia (reinado, régimen) no es un lugar, sino un estado de cosas. Por ello, una traducción más acertada sería el “Reinado de dios”; es decir, el gobierno de dios; en otras palabras, cómo sería este mundo si dios fuera el rey (o presidente o primer ministro). “La traducción reino de dios”, dice John P. Meir en su monumental obra A Marginal Jew, “puede confundir a alguien que no conoce los antecedentes bíblicos de la expresión… reino de dios debe conjurar la noción dinámica de dios reinando con poder sobre su creación, sobre su pueblo y sobre la historia… significa dios gobernando como rey.”

El concepto de “reino de dios” tiene sus antecedentes en la predicación de los profetas del Antiguo Testamento y es un concepto eminentemente político, si por político entendemos las “relaciones sociales de las personas, su relación con el poder”, o de forma más tradicional, “los asuntos que conciernen a la ciudad y al estado”, o mejor aún, a los grupos grandes de personas y de éstos con la autoridad, si consideramos que política viene de polis (ciudad) y ésta a su vez de poli, muchos. Si política tiene que ver con poder y régimen, entonces Jesús y los profetas antes que él tuvieron mucho qué decir al respecto.

Los profetas del Antiguo Testamento, de cuya rica tradición Jesús se alimentó, sintieron una verdadera pasión por la justicia social. El verdadero pecado para profetas como Amós, Miqueas e Isaías, era la injusticia. “Ay de ustedes”, dice Amós, “que transforman las leyes en algo tan amargo como el ajenjo y tiran por el suelo la justicia”, y condena en nombre de dios a quien pisotea al pobre, a los que extorsionan, incluso a quienes edifican casas que no van a ocupar (¿los fraccionadores de la antigüedad?). Cuando Amós dice que dios aborrece las fiestas y celebraciones religiosas, y que la justicia debe de ser “corriente como el agua”, lo que hace es precisamente poner la justicia social por encima de lo que hoy llamaríamos preocupaciones espirituales. Sofonías, otro profeta, condena a los gobernantes que “son como lobos nocturnos”, en tanto que Miqueas denuncia que “Jerusalén se está edificando en base a crímenes”. Sin duda, hoy diríamos que estos profetas están opinando sobre política. Nadie en su sano juicio les hubiera dicho que estaban fuera de lugar y que debían de dedicarse únicamente a “cuestiones espirituales”.

Jesús, que se consideraba a sí mismo un profeta y era considerado como tal por la gente (Mt. 13:57, 21:11, 21:46, Lc. 7:16, 13:33, 24:20), anunció el reinado de dios como una realidad inminente (Mc. 1:15). El reino de dios, para un escucha judío del siglo 1, era un asunto de esta realidad, no algo espiritual que se experimentaría después de la muerte. Significaba el momento en el que dios intervendría finalmente en la historia, derrotaría a los enemigos de Israel, restablecería la nación, terminaría con las injusticias y establecería, por medio de un descendiente del rey David, su gobierno en Jerusalén, con un templo renovado, a donde acudirían todos los pueblos de la tierra. Israel sería el medio a través del cual dios salvaría a la humanidad. Este reinado o gobierno de dios implicaría un cambio muy dramático de situación para muchas personas. Los últimos serían los primeros; los niños y las prostitutas tendrían preferencia de ingreso; a los que más tuvieran les sería quitado y las filiaciones familiares o raciales no contarían a la hora de la admisión.

Jesús hablaba con la convicción de este momento estaba “a la vuelta de la esquina”, y la prueba era que los primeros síntomas ya eran visibles: los rechazados sociales se reintegraban a la comunidad (Jn. 8:1-11) y se practicaba la comensalidad abierta (el concepto es de John Dominic Crossan), es decir, justos, pecadores, niños, mujeres, enfermos, e incluso gente servil a Roma, todos se sentaban con Jesús en la misma mesa (Mt. 9:10) compartiendo los alimentos. Cuando Juan el Bautista, un profeta contemporáneo, le manda preguntar si era él la persona esperada (para poner en marcha el plan de dios), Jesús ofrece como muestra: “Vayan y cuéntenle a Juan lo que están viendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios… y se anuncian buenas noticias a los pobres” (Mt. 11:4-5). Jesús no parece interesado nada más en “asuntos espirituales”, sino en los estómagos y en la salud de las personas; el reino de dios es para él un hecho futuro pero en cierta extraña forma, algo presente ya en su ministerio. Jesús enseña a sus discípulos a pedir a dios que adelante el momento: Venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra…

Si el reino de dios era para los primeros cristianos la esperanza para el mundo, el punto importante sería determinar si los escuchas deberían colaborar activamente en su instalación, lo que se llama escatología colaborativa (nuevamente, Crossan) o si debían ser pasivos y esperar a que dios hiciera el trabajo (Dale Allison). De esto dependería si hoy la iglesia tiene la obligación de luchar por mejorar el estado de cosas de este mundo (lo cual incluye denunciar y opinar) o simplemente esperar a que dios haga la super reparación. Un pasaje del evangelio es la clave para responder esta pregunta. No sólo aclara cabalmente cuál era la idea de Jesús sobre el aspecto que tendría el reinado de dios, contiene instrucciones a sus discípulos para inaugurarlo: “Vayan (a todas las ciudades)…al entrar en cualquier casa bendíganla… mientras se queden en esa casa, coman y beban lo que les ofrezcan… sanen a los enfermos y digan a su gente: el reino de dios ha venido a ustedes”. Esta interacción entre predicadores itinerantes, sin posesión alguna, y dueños de casas, es en realidad un intercambio de bienes espirituales (bendición, curación, predicación) por bienes materiales (alimento, alojamiento), donde cada quien da lo que tiene.

Tienen razón quienes citan el versículo con que inicio este artículo para criticar la ambición de la iglesia por el poder y los bienes terrenales, una actitud tan lejos del espíritu evangélico como el de la iglesia que renuncia a involucrarse en la búsqueda de la justicia social, por olvidar que el reino de dios… sí es cuestión de este mundo.

The Author

Gustavo Vazquez Lozano

Gustavo Vazquez Lozano

No Comment

¡Participa!