Opinión

¿Me estás oyendo, inútil?

Bien saben los partidos que las campañas mediáticas no logran modificar la intención del voto duro, no es a los militantes y seguidores fieles a quienes están dirigidos esos mensajes, se apuesta sobre todo a los indecisos, a conseguir un nivel de recordación suficiente para incidir en el último momento, cuando en la intimidad de la casilla el elector tenga que cruzar la boleta; a esos términos se puede reducir el reto que tienen los organismos, sintetizar su oferta en una frase, una imagen quizá, tarea nada sencilla, más no imposible.

Ante la dificultad de presentar propuestas y por la ausencia de ideas, los partidos han optado por un nivel de recordación sumamente básico, alcanzar al elector a través de la empatía (sin importar caer en lo ramplón) o el engaño abierto de la promesa: la niña del PRD, la defensa de la muerte del Verde, el combate presidencial al narcotráfico del PAN o la absoluta vaciedad de un “salvemos a México” de Convergencia, así como la guerra de lodo como constante, son muestra de lo que sucede cuando la inteligencia se rinde.

No era difícil que una propuesta como la de la anulación del voto prendiera entre los ciudadanos, cada vez son más los atraídos por esta opción, mayor el número de argumentos para venderle al elector, más los foros donde se debate la viabilidad de esa acción, como el organizado por la Universidad Autónoma de Aguascalientes y La Jornada Aguascalientes.

Suena tan bien que casi me convence. Sí, voy a protestar anulando mi voto. Lo malo es que el voto no sirve para eso, un voto sólo cuenta si afirma, se vota por uno o por otro. Si se vota por Chespirito, si se tachan dos o todos los logotipos, si se deja en blanco, el voto no vale. Si el elector escribe en la boleta un argumento inapelable en contra del sistema de partidos, tampoco sirve, es exactamente lo mismo que abstenerse.

Por su naturaleza, el voto no funciona como medio de protesta, requiere de una interpretación que no está en la ley, para la que no hay mecanismos establecidos, incluso calificarlo como “de castigo” es una interpretación ajena a los principios que lo rigen.

Quienes están a favor de la anulación del voto saben que no funciona así y por eso proponen acciones paralelas que contribuyan a la protesta, a manifestar el rechazo y la inconformidad de los ciudadanos. Suerte, suerte con el “voto anulado o el voto en blanco o el voto condicionado o el voto por Esperanza Marchita o una marcha multitudinaria o un frente común conformado por millones de mexicanos insatisfechos en busca de un catalizador para el cambio”, como propone Denise Dresser en su artículo “Aspirar a Más”. Pesimista que soy, dudo que esos millones hagan algo después de las elecciones, la experiencia me indica que un gran número de ellos, simplemente no saldrán a votar pues son quienes regularmente se abstienen de ejercer su derecho de votar, pero ahora tienen un pretexto: es que voy a anular mi voto.

No dudo de la buena fe e inteligencia de quienes proponen la anulación, sin embargo, no puedo evitar pensar en los otros que ya encontraron la justificación a su desidia, a su renuncia a ejercer la ciudadanía de esta manera. El texto de Denise Dresser antes citado comienza: “¿Usted sabe quién es su diputado?, ¿sabe cómo votó durante su paso por el congreso?, ¿sabe cuántas veces viajó al extranjero y a dónde?, ¿sabe qué iniciativas legislativas presentó?,  ¿sabe cómo ha gastado el dinero público que usted le entregó a través de los impuestos? Es probable que usted no sepa todo eso y quisiera sugerir por qué: el sistema político/electoral no fue construido para representar a personas como usted o como yo”.

Suena bien, pero yo me permito sugerir otro porqué: Es probable que ese ciudadano no sepa nada sobre su representante porque es un irresponsable, porque no busca la información, porque no se interesa en la rendición de cuentas y reduce su participación política a la queja de cantina, al exabrupto facilón, al todos los políticos son corruptos y no se puede hacer nada. No es que tengamos los gobiernos que merecemos, es que tenemos el gobierno que la escasa participación ciudadana permite.

Acudir a votar por una de las opciones que hay en la boleta, no es avalar un sistema, es aprovechar uno de los mecanismos que se ofrecen para participar, un punto de partida para señalar que ese sistema necesita composturas, debe ser reformado para estar a nuestra altura. Votar es ejercer un derecho y asumir la responsabilidad que se tiene como ciudadano.

Votar no es tachar el logotipo del “menos malo”, se trata de elegir la opción con la cual se tenga más afinidad, elegir un representante, darle nombre y rostro a quien, gracias a nuestra decisión ocupará una curul y, cuando no cumpla con el trabajo para el que fue contratado, se le pueda gritar “¿me estás oyendo, inútil?” y atienda, porque sabe que nos la debe n

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Edilberto Aldán

Edilberto Aldán

Director editorial de La Jornada Aguascalientes
@aldan

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