Opinión

La democracia en su laberinto

Mi papá siempre quiso que yo estudiara para abogado, agrónomo o veterinario. Además de mi afición por el futbol y por la lucha libre, yo no tenía las inclinaciones para incursionar en la oscuridad de las leyes, los misterios de la tierra ni para relacionarme con esos seres de mirada triste y ubres enormes que eran las vacas. Pero mi papá trabajaba en la Secretaría de Comunicaciones y Transportes y una buena parte de la estructura gerencial estaba formada por profesionistas que nada tenían que ver con el ramo, así que ser ingeniero debería ser una opción aceptable para lograr un buen nicho en la cúpula gubernamental. Creo que papá murió sin alcanzar a percibir que las reglas para ocupar puestos de jerarquía burocrática y baja moral era la vinculación con las estructuras partidistas.

Hasta hace algunos años alcanzábamos a ver a sacerdotes, políticos, comerciantes y usureros sentados en la misma mesa y platicando sus cuitas y diferencias. Ahora ya no distinguimos entre candidatos, carroñeros, gobernantes, empresarios de televisión, consumidores políticos, intelectuales, latifundistas urbanos, mercachifles del abasto, narcotraficantes, comediantes, guapetones de bar, estadistas, vividores profesionales, sindicalistas corruptos, edecanes de la soledad, morenas de Madona, parientes, moralistas, ladrones, espiritistas, vendepatrias, homofóbicos, estudiosos y bienintencionados. Los esquemas axiológicos están desacomodados, la miel es salada y ver es no sentir.

Después de más de un siglo de revolución mexicana, la democracia que hemos logrado es sólo una camada de partidos que se huelen la cola, copulan y se reproducen entre sí. Estamos en la etapa de una sociedad convivencial y un Estado de derecho muy incipientes, una raquítica y costosísima democracia que no logramos desarrollarla como una forma dominante de cultura; al contrario, el poder sigue siendo un objeto del deseo de partidos y la resultante clase de gobernadores, presidentes, diputados, regidores y la pléyade de chambistas de partido.



Las elecciones, aunque pueden ser valiosos momentos de evaluación de la política y sus consecuencias, no son aprovechadas ni por partidos ni por sociedad para hacer un escrutinio de políticas públicas y comportamientos de partido. Las  campañas, declaraciones en los medios y páginas de transparencia nunca dejarán ver las intenciones, redes, manejos, relaciones, decisiones, obsesiones, tratos, negocios, tráficos, composiciones e ilusiones personales de poder. El trabajo de análisis corresponde a los medios de información, a las organizaciones civiles y a los ciudadanos en particular; los partidos por cuenta propia nunca atentarán contra los cimientos del esquema de sus propios beneficios, la democracia será una palabra sacralizada y bendita que purificará sus peores perversiones.

Tampoco han sido suficientes los esquemas de contrapesos instituidos para la regulación en los sistemas de partidos, como los tribunales electorales y la consejería ciudadana, que han resultado más preocupados por las formaciones legaloides que por la transpiración democrática. La idea de estas instituciones no era la de fortalecer el juego de la lógica de partidos, sino de sensores y validadores despiertos y críticos de la realidad que construyen los partidos políticos que construyen su propia lógica de beneficios.

Una manera anticipada de fracasar en los intentos por impulsar la democratización del país sería esperar un parteaguas de la pasada jornada electoral, una nueva arca de la esperanza que anuncie el poder de las mariposas doradas y el león de la melena negra. Tampoco será el tiempo en que los cerdos ocupen los puestos de gobierno y dominen los partidos políticos. Si los partidos y las instituciones electorales son templos naturales para desarrollar la cultura democrática, seguro no lo serán durante muchos años y seguirán festinando en las arcas del cinismo, la demagogia y la ineficacia. La democracia es tan importante que no podemos dejarla en manos de los partidos, así que el empuje esperado habrá que distribuirlo entre la conciencia ciudadana y las organizaciones civiles y gubernamentales, todas. Los ánimos democráticos deben construirse desde la cotidianidad de la vida en común.

Aunque tenemos la tendencia de sentir un alivio espiritual al expedir nuestro voto el pasado 5 de julio, algo así como alcanzar el checador a tiempo, no es momento de languidecer, ni de hibernar, mucho menos de festejar el regreso de los mismos que sustituyen a los mismos. Serán tiempos de pujar por la democracia como cultura, como cotidianidad que respire acompasada de nuestros actos civiles.

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guillermoronelas

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