Opinión

Testamento 500 pesos

Como  cada año, hace pocos, el primero de septiembre, comienza el mes del testamento. El propósito es fomentar que cada ciudadano tenga su testamento. Yo lo daré, en ese mes y como notario, en 500 pesos, de ahí el título de mi artículo. 

Creo que todos los lectores tienen una idea clara de que el testamento es una disposición de nuestros bienes y derechos para después de nuestra muerte, una de las pocas cosas seguras aparte de la inflación, la pobreza extrema de la mayoría de los mexicanos, la baja de las reservas internacionales, la influencia AHLNL (según Gordillo) y muchos otros males que nos aquejan y de los cuales la prensa veraz, como La Jornada Aguascalientes, informa cotidianamente. 

La forma más socorrida en la práctica, es el testamento público abierto, que se formula ante notario con dos testigos que no sean ni familiares o personeros del fedatario, ni parientes del testador. Se le entrega a éste un formulario donde escribe su voluntad, sus datos generales, los de su esposa e hijos, y el nombre de sus herederos titulares, y suplentes si lo desea, así como su albacea (administrador de la herencia en tanto no se adjudican los bienes hereditarios a sus herederos). Se puede testar por todos los bienes y derechos que se posea al morir, o bien agregar algún legado (cosa en particular) para un legatario. En mi caso tengo hecho mi testamento a favor de mi esposa y a falta de ésta (si muere antes que yo) a favor de mis hijos. 

Como quiera, ya estando ante el notario, éste, con bondad y sapiencia, generalmente, ilustra a su cliente sobre las consecuencias del testamento y le desahoga sus dudas, las que, resueltas, dan por consecuencia hacer un borrador para el testador quien, aprobándolo, fija la fecha y hora de firma. 

El que no deja testamento, y si bienes o derechos hereditarios, obliga a sus herederos a contratar un abogado litigante que cobrará un porcentaje sobre la masa hereditaria, tardará unos seis meses en tramitar el juicio intestamentario y sobrellevará de la mejor forma, junto con los posibles herederos, los problemas que surjan entre éstos sobre el modo de repartir la herencia, todo lo cual se hubiese omitido con la existencia de un testamento.  

Hace unos años, mi ahijado de bodas, Miguel del Río Campos, eterno rockero, me pidió lo acompañase en París a visitar la tumba de Jim Morrison, en el cementerio de Père Lachaise, a lo cual accedí llevando él un vistoso ramo de flores amarillas y blancas acompañadas de follaje verde envueltas en celofán, que con reverencia depositó sobre la tumba del cantante de The Doors, sobre la cual se posaban ya una decena de arreglos florales similares. Para llegar a la tumba nos topamos antes con los sepulcros de Balzac, Bizet, María Callas, Camus, Chopin, Gay Lussac, Moliere, Proust y Oscar Wilde, entre cientos de célebres difuntos igualados ahí por la madre tierra.        

Lo cito porque Morrison dejó testamento en los siguientes términos: “Yo, James Douglas Morrison de mente dispuesta, memoria y entendimiento, y luego de una larga consideración por todas las personas, los objetos de mi libertad, y con conocimiento lleno de la naturaleza y magnitud de mis recursos, hago por este medio, público y declaro estos mis últimos deseos”: “Dejo cada cosa de valor que posea a la hora de morir, incluyendo propiedades reales, propiedades personales y propiedades varias a Pamela S. Courson de Los Angeles, California. Si en el periodo de 3 meses a la mencionada Pamela S. Courson, le sucediese algo, entonces y en tal caso, todo será heredado a mi hermano, Andrew Morrison de Monterey, California, y a mi hermana, Anne R. Morrison de Coronado Beach, California, a mitades; de cualquier modo, si alguno de los dos les pasa algo, más allá de este evento, entonces y en tal caso, el legado será dado al otro.” La heredera, tengo entendido, murió tres años después  que Morrison. 

Tiempo después, acompañé a mi ahijado, esta vez al Foro Sol, para oír a Los Rolling Stones. Lo cito porque Mick Jagger fue desheredado por su padre contando 93 años y quien legó su fortuna, calculada en 500 mil dólares, a su hermano menor Chris, recibiendo Mick sólo el encargo de ser albacea, “quien pareció no inmutarse ante el hecho, ya que en ese momento poseía una fortuna personal calculada en 425 millones de dólares”. 

Por su parte, Carlos Gardel, declaró, de su puño y letra, el 7 de noviembre de 1933, “Hago constar expresamente que mi verdadero nombre y apellido son Carlos Romualdo Gardés, pero con motivo de mi profesión de artista, he adoptado y usado siempre el apellido “Gardel” y con este apellido soy conocido en todas partes.” “No debo suma alguna y perdono todo lo que me deben. Mis bienes resultarán de los títulos y papeles que tenga a la fecha de mi fallecimiento.

Nombro por mi única y universal heredera a mi madre, Berthe Gardés.” 

Por último, me he encontrado la siguiente anécdota, de autor desconocido y que transcribo enseguida: “Cuéntase que vivía cerca de León un rico labrador a quien le sobrevino de repente un ataque de perlesía que le privó del habla y le puso a las puertas de la muerte. Tenía un hijo, hombre de valor y fortaleza que era Coronel de Dragones y se hallaba a alguna distancia de destacamento, quien luego que supo la desgracia de su padre, montó a toda prisa y voló a recibir su último suspiro. Cuando entró en la alcoba halló a un fraile y un escribano a la cabecera de la cama. Como el enfermo no podía hablar, y solamente la misma convulsión le hacía menear la cabeza, cada movimiento de esta era interpretado por una respuesta afirmativa, y así el fraile le preguntaba: «¿Dejáis a nuestro pobre convento la heredad de tal parte con todos los aperos?» El enfermo daba un cabeceo y el fraile decía, «dé usted fe señor escribano.» Este escribía y el fraile continuaba «¿Dejáis a nuestro pobre convento la casa de tal calle?» Otro cabeceo. «¿Dejáis tantos miles de ducados para que os digamos misas por vuestra alma?» Otro cabeceo. De suerte que como el cabeceo era continuo el fraile se daba prisa a hacerle preguntas de esta especie, y la pluma del escribano volaba mas que cuando el ave que la produjo cortaba los vientos con ella; pero estaba el fraile repitiendo la bien sabida clausula de «¿dejáis a nuestro pobre convento?» cuando el coronel perdió los estribos, interrumpió al fraile y dirijiéndose al enfermo dijo: «Querido padre mío, ¿me dais licencia para que arroje á este par de bribones por el balcón?» Cabeceo. «Dé fe señor escribano» y agarrando primero al fraile lo hizo como lo dijo, debiendo el escriba su salvación a la ligereza de sus pies. 

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gustavoagranados

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