Opinión

Un PAN que no se come

Bajaron las banderas en la torres. El PAN se alista para lamer sus heridas de guerra después de una desastrosa retirada, tan vergonzante que el PRI retomó posiciones. De ese tamaño fueron los saldos de una campaña basada en el enemigo público de la inseguridad. El derrumbamiento también trae apareado las divisiones de los panes, las fracturas y expulsión de masa militante. Ya no son tiempos de vals en el castillo del rey.

La asunción de Acción Nacional al pent-house de la hegemonía se basó en el 2000 en la fuerza de unas manotas recias, una bocaza caliente, unos ojos claridosos y la efervescencia de escozor social, el western urbano de Fox subido a la tribuna del máximo poder emblemático de un país. Nadie votó (bueno, casi nadie) por la radicalización de las medidas neoliberales, el crecimiento sin desarrollo, de pauperización de los mexicanos, la conversión de los servicios en mercado y en la moral del más fuerte y del dinero. Igual podría haber resultado ganador el partido que llevara en hombros a Fox con sus palabrotas, sus imposturas, la sequedad de sus planteamientos, la bravura de sus gritos, la energía de sus gestos y la firmeza masculina de sus saludos de mano y mirada profunda… Guauuu!!! La historia que siguió fue el desgaste del discurso pendenciero, del optimismo salvaje y de los pobres resultados en los niveles de economía y bienestar de la población mayoritaria.

Los efectos han sido desastrosos, desde la pérdida de realidad al transvasar las estructuras de partido a las estructuras de gobierno, la ineficacia e ineficiencia de la administración panista y la miopía de sus alcances. Más temprano que tarde, el PAN hizo una transfusión contaminada de miembros de su organización y de exregidores, exdiputados y candidatos perdedores hacia los cargos de decisión de la cúpula burocrática, en general, a puestos de decisión sin más filtro que comulgar con los intereses grupales que los unieron durante las campañas. Se apostó a la inexperiencia inicial contraponiéndolo contra el boicot permanente que suponía mantener a las estructuras y personal que venía trabajando en administraciones anteriores. El desaseo y desatino con que se surtieron las posiciones terminó por imprimir un ejercicio poco profesional y de pútrida moralidad pública.

El éxito que tuvo una organización partidaria de derecha sin raíces en el trabajo territorial hormiga a nivel de colonias, barrios o vecindarios se debió a su capacidad para enmelar los postes de poder como partido ganador. Se formó una adhesión emocional y convenenciera hacia Acción Nacional producto de ser percibido como una alternancia, pero también como un mecanismo para fines individuales montados en las ancas del caballo ganador. La luz que irradió la presidencia, gubernaturas, diputaciones y regidurías recién logradas fue suficiente para despertar motivaciones personales, para catalizar las energías que se cargan en las relaciones de poder y constituyó un medio fascinante para la movilidad social, ya que la vía del trabajo y la escolaridad no resultaron como prometía la visión del esfuerzo.

De igual manera como cuando muere un pájaro, las plumas y los gorupos salen del cuerpo inerme y empieza el olor al proceso interno de descomposición, el partido azul sufrirá la descomposición de su cuerpo militante y simpatizante. El asunto, al igual que cuando ganó posiciones, no ha sido cuestión de planteamientos políticos ni de diseño programático, sino que se trata de una elemental forma en que los humanos nos deshacemos del sentido de muerte, de la fuerza perdedora, de una organización con sentimientos de derrota y de tristeza. Lo mismo que pasó con el Necaxa, el PAN verá mermados sus seguidores por el simple hecho de ser un equipo derrotado. Será mejor cambiar la mirada y el cuerpo hacia donde está la garantía de la leche y la miel.

A la derecha partidista en México le debemos la oportunidad que tuvo la sociedad de hacer un cambio con su comportamiento en las urnas. También despertó la realidad de las campañas como un mercado político de ofertas, consumidores y banalización de la cuestión pública, al tiempo de mostrar de manera encanijadamente evidente el pecado de unir las ambiciones privadas con las arcas  públicas. Le debemos su denostado esfuerzo por robar y mentir dentro de la ley como algo normal y ético, que lo opaco es transparente, que el turismo educativo es mejor que la formación rigorista, que hablar es decir, que decir es hacer, confundir la urbanización con el desarrollo.



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guillermoronelas

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