Opinión

Ciudad de ciegos

La ciudad de Aguascalientes va tejiendo una nueva personalidad desconocida y ajena. Se llena de espasmos y nuevas venas se abren paso por dentro de su cuerpo para dar flujo a una sangre de vehículos que circula presurosa y cansada. Los semáforos dan cuenta de hay aún hay seres que buscan vivir entre su barrio partido por una vía rápida, “no sé qué hay del otro lado de la avenida, yo ya nací de este lado”. Los gigantes tubulares con cara plana y chapetes verde, amarillo y rojo miran el ir y venir de las hormigas de acero urbanas que dejan sus marcas de hule en el asfalto parduzco y triste.

En este valle de autos que dominan la estepa aburrida del asfalto y
pavimento la ciudad va perdiendo su propia vitalidad a costa de la
energía y potencia que generan los carros, que poco a poco actúan como
oxidantes de una población que soñó ser colonial y libre, abúlica y
modorra al mismo tiempo. La fachada arquitectónica de Aguascalientes va
siendo dominada por las vías hechas para autos impacientes y
contaminantes, el tiempo ya no es un tesoro sino un recurso económico
que tiene sentido en razón de la ganancia que se logra o se pierde, el
tiempo es oro, el tiempo es auto, el tiempo son las venas y arterias de
asfalto taponadas por semáforos y cuellos de botella, el tiempo es
mierda.

Nada decía el Programa Estatal de Desarrollo Urbano 1998-2010 de que
Aguascalientes fuera la capital mundial del auto, que los nuevos
habitantes iban a ser de cuatro llantas, que motores de gasolina y
diesel  con 16 válvulas y 2.0 en sus ventrículos iban a ser el nuevo el
corazón de la zona metropolitana . Antes bien, dicho Programa balbucía
un mejor equilibrio demográfico en el estado, la desconcentración de la
actividad industrial, económica, urbana y demográfica para quitarle un
poco de colesterol a la ciudad-estado; hablaba también de un mejor
equilibrio intermunicipal para no tener pueblos fantasmas o localidades
dormitorio y no seguir concentrando al infinito en este enorme hoyo
negro que jala con una fuerza gravitacional encanijada a todo lo que
esté cerca y lo mete y asfixia en la metrópoli, porque entonces Agüitas
empezaría a engordar y engordar con tremendos dolores de cabeza, con
cada vez más autos, más habitantes, más industrias, más polución, más
demanda de productos y servicios, más pavimento, más policías, más
oxígeno, más agua y engordar y engordar hasta explotar ¡Puaaajjj!!!
Vomitar todo y volver a comenzar, de entrada criticando a las
anteriores administraciones que no hicieron nada y continuar con el
ciclo del eterno retorno.

Y el gobierno local decía que reducir la desigualdad regional y que
crear un sistema equilibrado de ciudades para despanzurrar la presión
que existe sobre la zona metropolitana cada vez más voraz y
desordenada, que reducir los asentamientos irregulares y densificar el
poblamiento para evitar el crecimiento expansivo, que el desarrollo
sustentable y que el petate del muerto, serán frases que seguirán
enterradas en el panteón de las promesas y estética políticas. El
desarrollo seguirá siendo entendido como crecimiento urbano y fachada
arquitectónica, la segregación económica sigue los pasos de la
segregación espacial. Lo único que se le ocurre a la administración
local es abrir más autopistas dentro de la ciudad y aumentar la nube de
autos que se atoran como colesterol en las venas.

Aunque los programas nada o poco decían sobre el impulso y
desarrollo del transporte ecológico como la bici y el colectivo, como
el metro, los autobuses o los trenes, parece que el modelo a seguir es
una ciudad tasajeada por numerosas vialidades diseñadas para el
transporte individual y contaminante. Entonces los barrios, colonias,
localidades y centros habitacionales son pasados a cuchillo por vías
rápidas y no tan rápidas y habrá que caminar como perro en periférico
para pasar entre el vértigo y el peligro de misiles disfrazados de
autos rellenos por humanos neuróticos, nerviosos, desvelados y
tarderos.

Conforme se abren más vialidades rápidas y se deja el único espacio
habitable a los autos, la energía de la ciudad se va consumiendo y las
luces de la convivencialidad se van apagando, una a una, en una ciudad
que ha perdido su personalidad aún antes de haberla madurado. Para qué
camino si tengo taxi, para qué vuelo si tengo llantas, para qué pienso
si tengo auto, parece decir la ciudad de Aguascalientes que herida 
contempla los chorros de aceite y gases que se derraman  y se confunden
con el pavimento gris de la tarde.



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guillermoronelas

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