Cultura contra inseguridad - LJA Aguascalientes
30/01/2023

En el marco del foro debate sobre cultura, llevado a cabo hace unas semanas en la Universidad Autónoma de Aguascalientes, escuché decir al entonces diputado federal y presidente de la Comisión de Cultura de la pasada legislatura del Congreso de la Unión, José Alfonso Suárez del Real, que las acciones de política cultural podían servir también como un antídoto eficaz contra la inseguridad pública. Me pareció un buen intento de argumentar a favor de la cultura, aunque en ese momento pensé: ¿qué puede hacer la cultura contra las balas?

Pero luego me encontré en una revista un reportaje sobre cómo la
cultura ha contribuido a cambiar radicalmente la situación de
inseguridad y violencia en la ciudad colombiana de Medellín, en la que
se disminuyó la tasa de 381 asesinatos por cien mil habitantes que
había en 1993, a una de 26 asesinatos por ese mismo número de
residentes en el 2007. En los años 90, esa ciudad, capital del
departamento de Antioquia, era considerada como la más peligrosa del
mundo, pues además de los asesinatos sufría una cifra aterradora de
treinta y dos mil desaparecidos. Era la ciudad de Escobar, el conocido
capo del narco, y de Murillo, el líder paramilitar conocido como don
Berna, hoy preso en los Estados Unidos. Uno podía imaginar que en sus
calles se verificaba, es decir que se hacía verdadera, la trama de la
novela La virgen de los sicarios, en la que matar a cualquier ciudadano
se presenta como un acto casi banal de tan cotidiano.

Medellín es también la ciudad natal de Fernando Botero, cuya
escultura de la paloma de la paz colocada en un parque público fue
dinamitada en 1995 por la delincuencia, causando 27 muertes entre la
gente que pasaba cerca.

En el 2002 fue electo como presidente municipal Sergio Fajardo,
quien fue candidato de una alianza cívica. Su presidencia marcó el
viraje de las políticas de lucha contra la inseguridad y la violencia
en la ciudad apostando, fuera de cualquier pauta, por una estrategia de
intervención social cuyo eje conductor fue la política cultural. Para
empezar, se identificaron los tres mayores problemas de la ciudad: la
violencia, la desigualdad y la deuda social, para después diseñar y
poner en práctica los planes para empezar a resolverlos. Entre ellos la
creación de espacios públicos en los barrios más peligrosos, la
creación de parques-biblioteca, la integración de esos barrios a la
ciudad por medio de la comunicación (metro) y de la educación y, por
supuesto, también la vigilancia.

Una de las apuestas mayores fue el programa de educación de calidad,
por medio del cual se crearon escuelas que fueran capaces de
proporcionar formación escolar de la más alta calificación en los
barrios que habían estado más abandonados, y que eran los más
violentos, convirtiendo además a las escuelas en centros de convivencia
y de referencia urbana. Este programa es, dicen en la exposición de sus
políticas, la entrada al conocimiento, al aprendizaje y a la cultura
ciudadana. Es la inversión social más productiva, que garantiza las
bases para la convivencia.

Al mismo tiempo se pusieron en marcha encuentros periódicos de la
administración municipal con los habitantes de la ciudad en lo que
llamaron Encuentros por la vida, con el objetivo de sensibilizar a la
comunidad de los graves problemas que genera la violencia para la vida,
la convivencia, la seguridad y el bienestar; darle a conocer las
acciones emprendidas por el gobierno y promover compromisos entre el
gobierno y la ciudadanía para enfrentar los problemas de convivencia e
inseguridad. Entre ellos uno muy importante fue la reocupación por la
población de las calles y los espacios públicos de la ciudad, que hasta
entonces se habían cedido a los protagonistas de la violencia.
“Callejear” se recuperó como una costumbre de los habitantes de la
ciudad.

En los años 90, Medellín y el departamento de Antioquia eran quizá,
las entidades que aportaban más al PIB de Colombia, aunque en una
medida no cuantificable, por la producción y exportación de cocaína.
Pero aportaban también las tasas más altas de muertes y violencia en un
círculo vicioso de dinero sucio, desigualdad e inseguridad. El
ayuntamiento liderado por Fajardo se propuso en cambio generar un
círculo virtuoso de economía limpia basado en la cultura, la cual
absorbe más del 40% del presupuesto de la ciudad (para comparar, las
iniciativas de ley de cultura del estado de Aguascalientes proponen
destinarle el 2.5). Actualmente Medellín es, entre otras cosas, el
centro de la moda colombiana que exporta sus productos textiles a todo
el mundo.

Hoy, la imagen de Medellín es otra paloma de Botero que se instaló
sobre las ruinas de la paloma dinamitada, para simbolizar el
renacimiento de una ciudad que se negó a sucumbir a la espiral de la
violencia y a que su convivencia social fuera secuestrada por la
delincuencia.

Me resisto a proponer algo que ocurre en el extranjero, en este caso
en Medellín, como un ejemplo que se deba imitar mecánicamente, como
ocurrió con la tolerancia cero que de Nueva York se quiso trasplantar
al Distrito Federal para luchar contra la inseguridad. Pero sí pienso
que el armamento, las policías y el ejército no son la única opción
contra la inseguridad, y que valdría la pena explorar otros caminos
hasta ahora escasamente andados.



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