Opinión

La muerte y otros excesos

No he conocido más exceso que la lánguida celebración de la cultura de la muerte como en Aguascalientes. Desde que yo me acuerdo, Aguascalientes no ha tenido más relación con la muerte que el Cerro del Muerto y la muerte en vida de su inacción política. En algunos casos el vínculo con la muerte se enlaza a través de un ramillete de flores, la visita a la tumba, un suspiro deshilvanado y el débil recuerdo de los seres amados que han dejado de pagar impuestos de manera involuntaria. 

 

Bueno, también hay muertes chiquitas como el sueño y el orgasmo. El sueño es un ensayo, un saludo y ejercicio a la muerte biológica. De alguna manera practicamos posturas y  gestos para el momento final, nada más que a nuestra sociedad le gusta invertir las analogías de tal manera que ahora queremos que los muertos parezcan estar en un sueño profundo, en vez de asumir que cuando dormimos morimos un poco. El sueño es la forma de morir que más se parece a la evasión de la vida que la misma muerte; la muerte no se anda con timideces, el sueño es dubitativo y parcial, comodino y flojo; la muerte es radical y directa; el sueño es provisional, la muerte, definitiva. Lo contrario de la vida no es la muerte, es el olvido, como el olvido de la mayor parte de la población en la gestión de las empresas y gobiernos. 

Por su parte, el orgasmo, como la muerte, es una suspensión del movimiento del universo, la paralización de todas las formas de energía, el colapso de la conciencia y del sentido de la existencia. Consiste en una pérdida total del sentido de la relación con el exterior y por instantes se sucumbe sin la percepción del mundo en un remolino astral, el aliento se detiene, la sangre se congela, los nervios se contraen y los músculos se petrifican, una verdadera muerte chiquita. A su vez, es el sentido de la muerte lo que alimenta los instintos de la procreación, pues sin la muerte no tendría sentido la prolongación y evolución de las especies. La copulación es una orden de la muerte que pide su alimento y muestra al orgasmo como un pequeño botón para decirnos que la muerte implica también la vida. 

Creo que algunos comportamientos de celebración del día de muertos son tan distantes de las creencias ancestrales como lo son los rituales importados de Halloween; de hecho, el norte del país nada tiene que ver con las creencias de otras regiones del país y una noche de Pátzcuaro les parecerá tan enigmático y ajeno como los rituales de ablación en África. En Tijuana se celebra el Halloween y es tan mexicano como el pan de trigo europeo con huesitos de la ofrendas. Para la sociedad hidrocálida, los altares, los itacates y el arte mortuorio son más un reflejo de las costumbres autoimpuestas en busca de un sentido de identidad diluida que una extensión de las raíces prehispánicas, además de que los habitantes de aridoamérica y  Mesoamérica  ni velaban a sus muertos ni les llevaban ofrendas ni luces para su camino entre las tinieblas. Lo que ahora hacemos no tiene cromosomas aquí ni en China, simplemente son rituales de la necesidad colectiva de identidad en el mitote. 

No hemos podido aprender cómo reconciliar la vida y la muerte. La única manera en que se nos ha ocurrido es hacer eventos comerciales para no pensar en la muerte, para exorcizarla comprando la cultura light de la vida. Desde vestir a nuestros muertos con ropa de gala como si el inframundo nos hiciera la espera con abriguero y que el muerto nos diga –Hey, mírame, estoy guapo y bien vestido. Checa mi maquillaje con chapetes que nunca conociste ¿a poco no me veo bien para mi viaje?-  El carruaje será en un auto de lujo, viajaremos en la parte trasera con chofer, lo que nunca tuvimos en esta vida; será un auto negro o blanco con detalles cromados, vestiduras de piel y de ocho cilindros, perronón. Después, alejamos a  la muerte hasta un cementerio para separarla de nosotros, lejos del hogar, a un lugar donde las almas estén encerradas y no perturben el sueño de los vivos. 

La cultura de la ganancia y del supermercado, junto con las políticas públicas se ha empeñado en promover nuevas generaciones de muertos vivientes, poblaciones segregadas por la lógica de la ganancia y la depredación ambiental.  La inseguridad, la falta de trabajo, la violencia urbana, el deterioro de la salud se consolidan ahora como los jinetes que anuncian la muerte en vida de millones de habitantes sin más libertad que votar en las elecciones y sin más posibilidades que subsistir con aire. La cultura también se aflojera, la verdadera muerte nos evade porque la remendamos todos los días con banalidades. Al menos la muerte no se anima a concursar en las precampañas, le dan risa y se quiere morir. 



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guillermoronelas

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