Opinión

Las agresiones de la iglesia: a todos nos incumbe

Tras mi anterior entrega a La Jornada, “Las agresiones de la iglesia”, (29 de septiembre) algunas personas amablemente me cuestionaron por qué tiene que ser siempre la iglesia católica el blanco de las críticas, y no, por ejemplo, las doctrinas budistas o los ministros mormones. Después de todo, y comparto con ellos esta idea, en todas las religiones, en sí respetables y positivas, suele haber tanto luz como oscuridad, intolerancia, fallas personales en sus dirigentes y líderes brillantes. Si no nos gusta la iglesia católica, ¿por qué en vez de criticarla no optamos por otra religión o bien, por ninguna? ¿Por qué empecinarse contra esta institución? Esto se preguntaron recientemente algunas voces del clero de Aguascalientes, quienes denunciaron una moderna persecución contra los sacerdotes, especialmente por parte de los intelectuales. Otra persona me dijo que la iglesia católica no es una democracia: aceptas o no aceptas sus normas, y si no estás de acuerdo, entonces la puerta está abierta (aunque si nos vamos corremos el riesgo de que algún cura nos llame ignorantes, como ya vimos). A primera vista parece razonable: aceptar, quedarse y callar… o marcharse a otro lado. Sin embargo, la cuestión no es tan sencilla. Encuentro al menos tres razones por las cuales, seamos católicos o no, religiosos o no, debemos mantener siempre una mirada cautelosa, atenta y, claro, amistosa, sobre la iglesia católica; discutir a la luz pública sus ideas, iniciativas y el comportamiento de sus ministros. 

 

1. A través de la historia, cuando ha podido hacerlo, la iglesia católica se ha aliado con el poder civil y ha hecho uso de esa alianza para imponer sus normas, disciplina y hasta su visión del mundo, al costo de un enorme sufrimiento humano. A lo largo de veinte siglos, la relación entre la iglesia y el estado ha sido larga y complicada, pasando de perseguida a perseguidora. Hacer uso de los poderes del estado ha sido una tentación en la que la iglesia ha incurrido de manera constante, cuando menos desde el siglo IV; en nuestro país, desde la conquista. Desde la creación del Santo Oficio hasta, en ciertos años, la obligación para los burócratas de salirse de la oficina e ir a misa el día de Tomás Moro (“todos a Catedral, es obligatorio,”), nuestra vida ha estado llena de imposiciones con las que no siempre estamos de acuerdo, y esto es por el hecho de vivir en un país de larga tradición católica. Es cierto, muchas veces las imposiciones han sido culpa fue de gobernantes celosos y fanáticos de aplicar su fe a ambientes seculares, pero también es cierto que la iglesia nunca se desvinculó públicamente de esas prácticas. En el México independiente, hasta las leyes de Reforma e incluso después, la iglesia católica gozó de la ayuda del estado, y éste actuó como brazo ejecutor de asuntos meramente ecleciásticos. Nada nos dice que, dadas las condiciones adecuadas, la iglesia católica mexicana no aceptará nuevamente hacer uso de la fuerza del estado para aplicar, aun con buenas intenciones, su programa y visión de las cosas.  

2. La mayoría de los católicos mexicanos lo son por herencia, no por conversión, y ello tiene grandes implicaciones. En México hay muy buenas posibilidades de que ser católico sea todavía algo con lo que se nace. El catolicismo es casi como la nacionalidad mexicana, algo que se lleva en automático, no algo por lo cual se opte tras un análisis comparativo de distintas propuestas. Sin entrar en detalles si esto es bueno o malo, lo que es cierto es que la moral católica es para muchos algo tan natural como la educación primaria, algo con lo que se crece y que se respira a diario, y aunque la familia no sea muy practicante, después de siglos de culturización, permanece flotando en la atmósfera como el polen en primavera. Desde el nacimiento de una persona hay un largo y sinuoso trecho hasta el momento –si es que llega a presentarse– en el que esa persona analiza y decide quedarse, cambiar de religión… o permanecer en ella y quizá tratar de reformar desde dentro, lo cual por cierto no es señal de cinismo, pues así lo hizo por ejemplo el papa Juan XXIII. Pero mientras eso sucede, las decisiones de la iglesia católica afectarán por default a millones de mexicanos quienes, en muchos casos, no decidieron serlo, no conocen otra  alternativa ni tampoco sospechan el amplio margen de elección que la misma iglesia permite en materia de fe (por ejemplo, no es obligación creer en los mandatos de la virgen de Guadalupe, en los sermones del padre de moda o en las opiniones políticas de un obispo).  

3. La iglesia ha perseguido y condenado ideas y teólogos progresistas, muchas veces para desdecirse años o siglos más tarde. La jerarquía católica ha demostrado, una y otra vez en la historia, como un patrón inquebrantable, que muchas ideas progresistas que en su momento son objeto de condena o persecución, tiempo después son aceptadas e incluso incorporadas a su visión del mundo. Mantener una atenta vigilancia e incluso una sana defensa de las ideas que surjan en el seno de la iglesia, sobre todo cuando muestren potencial de impulsar reformas, es deber no sólo de los católicos, sino de la comunidad en general, dada la enorme influencia que tiene la institucion y dado la gran impacto que puede tener una reforma incluso menor (imaginemos, por ejemplo, la revolución que causaría el aceptar por fin la ordenación de las mujeres). Ya sin hablar de Lutero, Descartes, Giordano Bruno, Galileo o Kant,  baste recordar dos casos recientes para ejemplificar el punto: el del jesuita Pierre Teilhard de Chardin, que además fue paleontólogo, botánico y astrónomo, y cuyos revolucionarios escritos fueron prohibidos en su momento, sólo para gozar de reconocimiento papal apenas en 2009; y en segundo lugar, al infaltable teólogo suizo Hans Küng (gracias al lector que me hizo la corrección sobre su lugar de nacimiento), quien propone con valiosos argumentos reformas para aceptar el casamiento de los sacerdotes y la ordenación de mujeres, y a quien actualmente el Vaticano, si bien no lo ha excomulgado –Küng tiene un prestigio gigantesco–, le tiene prohibido enseñar.  

Cualquier persona bien intencionada debe reconocer que la iglesia católica, ayer, hoy y mañana, puede ser una formidable fuerza para el bien; cuando se apega a su vocación original de justicia social, tiene el poder de transformar a las sociedades y construir para el reino de Dios, como lo quiere la oración del Padre Nuestro. Basta ver por ejemplo su acción en Sudáfrica, Polonia o recordar a Monseñor Romero en El Salvador. Mal haríamos en condenarla a la hoguera sin más. Pero cuando se trata de un asunto que incumbe a millones de personas, no es cuestión de encajar en un esquema (¿quién cabe?) o salirse si no se está de acuerdo, pues ese es el inicio del fascismo, el declive y la corrupción no sólo en las organizaciones, también en la religión. Tampoco se trata, como suelen acusar algunos curas de piel sensible, de una nueva persecución religiosa o peor aún, de ser acomodaticio y convenenciero. El propio Hans Küng ha dicho que “ningún cristiano debería tener reparos en hablar de la ceguera, increíble muchas veces, de los terribles pecados, de los vicios tan diversos que hay en la iglesia: su iglesia.” Para los que están fuera, basta el simple hecho de que, debido a su influencia y poder, las decisiones de la iglesia católica pueden tener consecuencias globales. Y ciertamente para los que son católicos, es su derecho, legítimo, necesario, criticar desde dentro. Aunque algunos les digan que mejor se vayan.

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Gustavo Vazquez Lozano

Gustavo Vazquez Lozano

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