Opinión

Sindicalismo del día

esde la formación posrevolucionaria de México, partidos, burocracia y sindicatos han tejido una historia común donde se han amantado los unos a los otros. Tanto la izquierda como la derecha han hecho de las prácticas corporativas y la corrupción legal  e ilegal de las organizaciones una de sus formas más privilegiadas de operar. Para algunos partidos, los sindicatos y organizaciones gremiales han sido la harina y levadura de su propia constitución, son partes indisolubles de la fuerza del voto, de la presión, los contrapesos, las negociaciones y el chantaje, acciones cotidianas del quehacer político. 

En Aguascalientes, los sindicatos han servido para conservar los pequeños privilegios de sus agremiados, como barrera de contención ante organizaciones radicales, como elemento regulador de los bajos salarios en la región, la preservación de una burocracia sindical con grandes privilegios y para establecer un maridaje corporativo que le reditúa beneficios con la gerencia, posiciones en el gobierno y a éste último le garantiza un paquete de votos útiles e irracionales. En el caso del Sindicato Mexicano de Electricistas de Luz y Fuerza del Centro, aunque también se había hecho una enorme costra de oligarquía sindical forrada en chaquetas de cuero, al menos tenía la virtud de que sus demandas traspasaban las fronteras gremiales para luchar por causas sociales. La argumentada ineficiencia no es una característica de dicho sindicato, es la carta de naturalización de ese Ogro Filantrópico que es el Estado, como lo denominaba Octavio Paz. 

 

Tanto a los sindicatos como a los partidos los une la paradoja de vivir entre la oligarquía, a veces dictadura, y la democracia. Entre más grupos, corrientes o facciones se presenten al interior de un partido o sindicato, más se expresan los temores del grupo amenazado y dominante y trabajan en pos de mantener su hegemonía con el argumento de la unidad y la conservación de los derechos sacros de sus miembros. Ambos tipos de organizaciones huelen a miedo cuando se presentan algunos signos y síntomas de diferencias internas, no obstante que éstas puedan ser procesadas y mantener la fortaleza organizativa hacia el interior y exterior. Partidos y sindicatos hacen de la democracia su enemigo íntimo y su miedo más infantil debajo de la cama, de manera que prefieren orinarse en la sábana de sus posiciones antes de que la democracia les jale las patas. A la mayoría de los sindicatos sólo les gusta copular con quien les garantice el mínimo de prebendas domésticas y les ayude a perpetuar su casta burocrática.

La neta que ni los partidos, ni el gobierno ni los sindicatos han sido un modelo de democracia y mucho menos de transparencia. Entre más se logran establecer y maduran sus estructuras, más distanciados están de las prácticas democráticas y se apresuran a correr un velo que los proteja de la voyeurismo cívico e inquisidor. Si vivimos con la premisa de que no podemos corregir lo que no conocemos, resulta vital que las organizaciones se abran con mayor soltura y premura. La opacidad que proporcionan las organizaciones hace un caldo propicio para creer que en este pueblo no hay ladrones y que la luna está hecha de queso, poco o nada aporta a las urgencias de la cultura nacional que busca reconstruirse.

Por otra parte, cuando los partidos y las organizaciones sindicales crecen, se consolidan y maduran, generalmente producen una burocracia estratificada en su interior, una capa profesionalizante y permanente. Curiosamente, esta burocracia especializada empieza a dejar de tener contacto con sus representados y empollan sus propios intereses, deciden por los demás, producen nuevas necesidades y se desenvuelven en el ambiente de la técnica administrativa y política. Los tratos, los acuerdos y los procedimientos dejan así de ser un asunto de todos para convertirse en el trabajo de unos cuantos sabiondos. La profesionalización de los partidos, los sindicatos y del Ogro Filantrópico es inversamente proporcional a su capacidad para generar democracia cotidiana.

Tanto los partidos, el Estado como la mayoría de los sindicatos odian al trabajo, desprecian a la masa de trabajadores; de manera pesimista ven en los agremiados un cuerpo débil, ignorante y mañoso, por eso prefieren la cercanía al poder, aunque la cosa hieda con los peores ritos de la antidemocracia. Paradójicamente, sólo es la democracia de las organizaciones sindicales la que pueden generar una fuerza moral y social, así como unidad suficiente de tal manera que les permita convertirse en un verdadero contrapeso a los intereses del capital, la depredación del ambiente, la deshumanización del trabajo y la pauperización de los trabajadores. La organización y la democracia, con todo y sus riegos, es la única arma de los trabajadores contra el poder del gran capital. Aun el sindicalismo más dictatorial constituye una herramienta de lucha por los intereses de los trabajadores y a favor de la democracia –siempre y cuando no responda a la voluntad de la gerencia o del Estado- y siempre será mejor tener un sindicato que no tenerlo. n



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guillermoronelas

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