1989-2009: Viejas y nuevas esperanzas e incertidumbres - LJA Aguascalientes
25/05/2022

Voces del retorno de la historia, es decir de la esperanza. Wilhelm Pannier, redactor en jefe de la revista alemana Bild Zeitung, recuerda: “Aquella noche (del 9 de noviembre de 1989) escribí los titulares más hermosos de mi vida como periodista: ‘El muro desapareció. Berlín vuelve a ser Berlín”. En su mensaje de año nuevo de 1990, el presidente de la entonces Checoslovaquia, un eufórico Václav Havel, dice a sus conciudadanos: “Pueblo, tu gobierno ha retornado a ti”. Un generalmente escéptico Ralf Dahrendorf escribió que “Ninguna revolución en la historia moderna había irradiado tanta esperanza”. Por su parte, Ian Buruma sintetiza el entusiasmo prevaleciente diciendo que,  “1989 era una buena época para estar vivos”.

Más allá de la euforia de carnaval de la noche del 9 de noviembre,
estas voces nos hablaban del retorno de la esperanza, del regreso de
aquella esperanza que se gesta y asienta en la mente y corazón de todo
ser humano cuando advierte que es posible cruzar la barrera del miedo,
que ha vencido casi todos sus temores y que ha recuperado su libertad y
con ella la de su ciudad y su país.

  La caída del Muro de Berlín fue especialmente emblemática porque
el Muro era el icono por excelencia de la división geoestratégica que
llegó con la guerra fría y, ante todo, porque  tenía un estatuó casi
ontológico de lo que significó el totalitarismo por cerca de cinco
décadas (siete para los rusos) para millones de personas: la disolución
de la persona, la desintegración de las más mínima noción de cualquier
sentido de autonomía y libertad en tributo a una visón de la historia
–o mejor dicho de una perversión- con delirios utópicos. Hace años que
se tenía la evidencia de que el comunismo con rostro humano era un
oxímoron.

Así, para millones de personas la caída del Muro reabrió, más que
poner fin, las puertas de la historia. Para cada uno de ellos se trató
de un recomienzo colmado de esperanza: la esperanza de edificar un
mundo nuevo no desde los despropósitos utópicos sino desde el núcleo
duro de las necesidades y aspiraciones propias;  la esperanza de dejar
atrás el miedo y la sospecha como formas que gobiernan su vida
cotidiana para, en su lugar, hacer de la libertad y confianza una
novísima costumbre; la esperanza de dejar de ser conejos de laboratorio
de la historia para acceder a la normalización que ofrece la vida
democrática, una normalización acaso menos épica que aquella que
prometía el totalitarismo pero a la vez menos trágica y  más justa y
humana.

Pero sobre los escombros del Muro se asomó no sólo, dispensando la
cursilería, la esplendorosa dama de la esperanza sino también la dama
de la incertidumbre, una dama menos resplandeciente y con un glamur más
bien ambiguo y escurridizo.

Una vez concluido el frenesí de la caída del Muro surgen las
primeras dudas y el mundo real comienza a develar sus asperezas, a
mostrar esa hosquedad que, por mero principio de sobrevivencia, obliga
a hacer los ajustes entre el principio de la esperanza y el principio
de la realidad.

Y, se sabe, la incertidumbre es pariente cercana del pesimismo. Nada
mejor que el proverbial pesimismo húngaro para condensar ese estado de
ánimo: “Un amigo húngaro –relata Timothy Garton Ash en su
imprescindible crónica de estos días- comentaba irónicamente: ‘He
sobrevivido cuarenta años de comunismo, pero no estoy seguro de
sobrevivir un año de capitalismo’. Y, en el mismo tenor, otro amigo
húngaro le confiesa “Estoy feliz de haber vivido para ver el fin de
este desastre, pero quisiera estar muerto antes del comienzo del
próximo” (The Magic Lanter (1990).

Los alemanes, los polacos, los rumanos, los checos, los eslovacos,
los húngaros, los ucranianos, los rusos, los lituanos, los búlgaros -y
en un sentido mucho más trágico, los yugoslavos- habrían de aprender (o
reaprender) en los años que siguieron a la caída del Muro de Berlín que
en una sociedad abierta como en la que aspiraban a vivir había riesgos,
que no había ni “free lunch”, ni una ruta exenta de conflictos y 
contradicciones, de descalabros y decepciones, de regresiones varias e
impaciencias nuevas y, ay, de nostalgias ya por los “buenos viejos”
tiempos del comunismo ya por un aún más añejo autoritarismo xenofóbico
y anticomunista.

Los últimos veinte años, en efecto, le mostraron a los países que
recién había recuperado su libertad no sólo las dificultades extremas
para reconstruir o construir el tramado institucional que solventase el
ejercicio de la libertad, el funcionamiento de una economía de mercado
y un régimen democrático estable, sino también les revelaron que muchas
de las patologías sociales  de las que esperaban olvidarse -la
corrupción, la desigualdad, la demagogia, el cinismo, la
irresponsabilidad e impunidad y muchas otros malestares– eran también
parte del paisaje moral e institucional de la realidad que estaban
construyendo.


La gran diferencia, sin embargo, es que sí en estos veinte años se
dieron cuenta de que, para utilizar las palabras de Adam Michnik, “eran
un país normal con problemas normales –corrupción normal, escándalos
normales”, también sabían que en estos mismos años habían creado los
medios que una democracia se otorga para corregirlos, sancionarlos y
disminuir su incidencia e impacto: la libertad de expresión, la
separación de poderes, las elecciones democráticas, los derechos
civiles, las fronteras abiertas. Ello hace ya una gran diferencia con
el status quo previo, el imperio de  la nomeklatura que no se puede
subestimarse ni olvidar.

En todo caso las buenas noticias predominan. De acuerdo a una
encuesta realmente substancial realizada por el Pew Research Center de
los Estados Unidos (véase el cuadro adjunto), a veinte años de la caída
del Muro, y contando con la previsible disminución del entusiasmo
inicial y los mil y un tropiezos y desilusiones, los ciudadanos que
vivían en los sistemas totalitarios siguen hoy apoyando y aprobando
mayoritariamente los cambios realizados en favor de la democracia y de
la economía de mercado (la excepción es Ucrania) y en todos los países
–incluso en ¡Hungría y Ucrania!- se observa una incremento más que
notable en los últimos veinte años en el número de personas que
manifiestan un alto nivel de satisfacción con su propia vida.

La democracia, la libertad y la economía de mercado están lejos de
ser métodos infalibles para la resolución de los muchos conflictos que
una sociedad tiene en sus tareas de sobrevivir y convivir con el resto
de las sociedades. Sin embargo, en su larga travesía las sociedades no
han encontrado mejor manera para enfrentar estas tareas y de conservar
abiertos, pese a todo, los caminos de esperanza. La caída del Muro de
Berlín fundó nuevas esperanzas que, veinte años después, siguen
abiertas.


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