Opinión

La religión revolucionaria

La religión de la revolución se erige sobre la idea de que el movimiento gestó un nuevo país sobre bases democráticas y fundamento para la política de bienestar social, pero trajo consigo un atajo de caudillos que después fueron encerrados en un hato que se llamó Partido Nacional Revolucionario y que enseñó la forma de colegiar muchos colmillos en una misma organización, domados para que aguanten el ritmo azaroso de las oportunidades. Desde entonces la revolución se convirtió en sinónimo de modernización, de vanguardismo, democracia, pluralidad, progreso y defensa de la patria. Las razones históricas y revolucionarias han sido esgrimidas en la nueva religión de la partidocracia como la verdadera levadura de la actuación política.

Ahora vivimos una forma de burocratización profesional de la
política. La política se hizo religión, ciencia y técnica, ritos,
procedimientos y flujos, leyes sociales que se combinan con las
visiones proféticas, algunas predicen los nuevos tiempos, otras son
apocalípticas. Generalmente la religión política ha sido subsidiaria de
las posiciones derrotistas, victimarias y chillonas, “Nos han saqueado,
no nos  volverán a saquear”, el lenguaje obligado es de un maniqueísmo
aburrido y soso donde se trata de develar a los grandes enemigos de la
patria generosa y gentil, a quienes hurtan los dineros públicos, a
quienes engañan a empresarios y comerciantes, a los horribles demonios
que acechan la virginal infancia de los trabajadores, a descubrir
aquellos súcubos que atrapan y chupan la sangre de infelices votantes
engañados por otras organizaciones, ¡Ay, tanta maldad en el mundo! La 
idea es hallar en el partido en cuestión un refugio para el bolsillo,
la esperanza y la fe perdidas. Encontrar el remanso que necesitamos
ante la turbulencia de los bajos salarios y altos impuestos. ¿Quién
habrá votado con tanta maldad? No importa, ahora el partido está para
defender en la calle lo que vota en la Cámara.

La religión revolucionaria tiene dos tiempos, dos velocidades, una
de largo aliento, histórica, del paso de los siglos, atávica, y otra
sexenal, más rápida y sensible. El poder político utiliza las dos
fuerzas, la primera para subirse al ferrocarril monumental de la
historia, aunque sea como furgón de cola, bufar desde las entrañas de
la patria, aventar lava como eyaculación de la nación con la fuerza de
las culturas prehispánicas. La segunda velocidad va al ritmo de las
elecciones, cada tres y seis años. Si la historia trae consigo
injusticias y antidemocracia, los candidatos tienen la oportunidad de
darle chanfle a la inercia secular para cambiar el rumbo a favor de lo
que se les antoje, sea de los marginados, las mujeres, los indígenas,
los trabajadores, lo que sea. Este último ritmo se alcanza a respirar,
no como el de los ciclos históricos que están llenos de mitos épicos y
masas inmensas de años que pesan como el destino de los pueblos. 
Entonces ahora sí, la revolución forma parte de las tripas de los
partidos que la refieran, chupan su tuétano, viven en su espíritu. De
alguna manera los candidatos son descendientes del virtuosismo que hizo
a los próceres sacrificarse por la patria, pero ahora con una curul con
todo y sus beneficios.

El nacionalismo independista o revolucionario se perdió en las arcas
de las esperanzas perdidas. Ya no sabemos qué es el nacionalismo, para
qué sirve, qué tenemos qué hacer con él. En un tiempo ayudó a fundar
pueblos en las fronteras como barreras demográficas contra la invasión
física y cultural extranjera, sobre todo de los vecinos del norte, en
otros casos apoyó las nacionalizaciones estatistas, devino después en
la fracasada sustitución de importaciones, pasó por el nacionalismo
futbolero, ayudó a la izquierda traumática forjada en los setentas,
fortaleció la garganta para cantar el himno nacional los lunes en la
escuela y en las peleas de box, ya luego se fue perdiendo con el humo y
el sueño de la globalización, nos  fuimos venciendo poco a poco,
entramos en un sopor, en un letargo modorro, en bicentenarios y
billetes conmemorativos, en sueño, nada. La revolución es un gesto de
día inhábil y con sabor a puente, como domingo de futbol o paseo por el
centro para ver el desfile y pocos autos en la ciudad. Las revoluciones
que inspiraron a la mexicana fueron tanto la de Estados Unidos como la
de Francia, las dos más o menos generaron nuevas condiciones que
rompían el absolutismo y la plutocracia anidada,  en cambio nosotros
producimos una casta divina, caciques y nuevos terratenientes de la
propiedad urbana, una oligarquía iletrada, una sociedad incrédula, un
pueblo desesperanzado y un capítulo en los libros de historia
nacional. 

La revolución domesticada es la administración de la esperanza. Las
campañas venden paletas de algodón con ilusiones y esperanzas, no
pueden vender otra cosa. La política es el arte de decir sin decir, de
utilizar la metáfora y la metonimia, casi pura poesía mercantil, hacer
sentir sin tocar, una suave pluma que hace un leve cosquilleo en los
oídos. Nadie votó por los impuestos, por la desaparición del SME o por
el presupuesto de egresos, es la historia anónima que hace su trabajo,
la fuerza de la inercia oculta, fuente ovejuna,  la propia historia que
se impone, la revolución, la Gran Puta, el destino. La revolución no ha
muerto, es una religión que ahora viene envasada en los partidos
¡Salud!



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guillermoronelas

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