12/07/2020


Un hombre en traje de tres piezas entró a mi oficina (saco, chaleco y pantalón pertenecían a trajes distintos y no combinaban entre sí), se acomodó con suficiencia en la silla y desde el otro lado del escritorio arrojó una revista de circulación nacional, “vea el nombre del director, amigo”, enseguida colocó encima de la publicación una tarjeta con su nombre, -¿ya vio?-.

Intenté decirle que no, que no adivinaba qué trataba de demostrar, que aún estaba pensando en cómo se coló en mi despacho y el número de copas que se requieren para despedir tan intenso olor a alcohol, eso sin contar que eran las diez de la mañana, pero no me permitió interrumpirlo, comenzó a hablarme de la zona de tolerancia, una mesera con la que había hecho muy buenas migas y a la que un policía había maltratado, cerró el cuento diciendo que había defendido a la muchacha porque era periodista; el tono fue subiendo cuando agregó que iba a escribir un reportaje sobre y -chingarse a todo el municipio con un escándalo-. Después me hizo notar que el nombre en su tarjeta coincidía en los apellidos con el del director de la revista, -es mi hermano y es un cabrón, nosotros hasta al Presidente le pegamos, imagínate qué podemos hacerle a tu alcalde-. Una vez amenazado, me explicó que su visita era para venderle publicidad al municipio, un reportaje con muchas planas y fotos a color, con un texto que si quería podía escribir yo mismo y en donde se pusieran de manifiesto las virtudes del presidente municipal, que sólo me iba a costar 50 mil pesos. 

De lo anterior hace varios años, aún así era demasiado dinero para gastarlo en un publirreportaje que nadie iba a leer y que en nada iba a ayudar al ayuntamiento para el que trabajaba. Peor todavía si se gastaba en una estafa. Lo que ese hombre vendía ni siquiera eran planas en la revista de su supuesto hermano, él hacía su propia publicación: fotocopias a color engrapadas, de las que me iba a entregar 400 juegos para que yo las repartiera como quisiera. 
Rechacé la oferta, incluso cuando bajó el precio a la mitad, incluso cuando me dijo que me dejaba el paquete publicitario nomás a cinco mil pesos. Ante la negativa de darle dinero alguno, salió de mi oficina jurándome que me iba a arrepentir. Era tan evidente el engaño que me compadecí de aquel embustero, ¿quién podría caer en una trampa como esa? 
Días después me enteraría que ese hombre visitó otros municipios con el mismo argumento de venta: primero la amenaza y luego la oferta de loas en papel. Dos responsables de comunicación social sí cayeron, le compraron las fotocopias. Cuando pregunté los motivos me explicaron que el supuesto periodista había hecho el trato directamente con los presidentes municipales, así que no tuvieron más remedio que obedecer la instrucción. Aquel bribón logró sacarle dinero a esos políticos con una estrategia simplísima: inocularles miedo y prometerles la fama. 
Personajes de esa calaña rondan toda oficina gubernamental, prometen la crítica inmisericorde y ofrecen las loas magnificadoras, haciendo uso de los avances tecnológicos algunos ya ni siquiera se toman la molestia de imprimir sus publicaciones, venden sitios en internet y los políticos caen en la trampa, regalan de siete mil a once mil pesos mensuales a cambio de ese espacio en el que no se les critica y se les alaba, claro, ese derroche se oculta bajo el concepto de publicidad, se justifica con el argumento de que es necesario se conozcan los trabajos y acciones que se realizan, y cuando se solicita información acerca de quién autorizó el gasto (vía el sistema de transparencia) se responde que no hay responsable alguno, que se continúa una práctica que viene de administraciones anteriores. 
Es tan grande el temor de los políticos que caen en garras de mercachifles, son tan ingenuos que están seguros de que un publirreportaje, un comentario en internet, la mención en alguna columna, logrará que la opinión pública cambie la percepción que de ellos tiene. En estos casos, las aspiraciones de nuestra clase política generan avariciosos que ven en los medios una forma de chantaje que les permite mamar del presupuesto sin manchar su plumaje, pues esos vendedores disfrazados de periodistas son los primeros en gritar defendiendo la libertad de expresión cuando se les niega pago alguno. 
Es tan grande la estupidez de nuestra clase política que pagan por un objeto inútil que no engaña a nadie, no les importa hacer el ridículo y costear con dinero público revistas donde los retratan en toda su ridiculez: recibiendo premios a hombres del año, donando cobijas y despensas, plácidos fingiendo la virtud de un ambiente familiar armónico, sonrientes mientras aparentan capacidades que no tienen… 
Lo realmente lamentable es que poco se puede hacer desde la ciudadanía, es un círculo vicioso del que la sociedad está excluido, un trato entre ladrones que se encubre como acción de comunicación social, protegido por el silencio en que ambas partes disimulan su forma de actuar: como perro no come perro, los supuestos periodistas no van a denunciar estas prácticas; mientras que a los políticos no les preocupa terminar con estas relaciones porque a fin de cuentas no gastan su dinero, puede seguir fomentando el chantaje con dinero público, son los daños colaterales producto de una forma de hacer política que, volcada a la mercadotecnia, ofrece sólo imagen. n
  
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Director editorial de La Jornada Aguascalientes
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