Puyazos – LJA Aguascalientes
22/10/2020


Ha surgido de la parte espontánea del alma mía un homenaje, una pleitesía, un halago y una catarata de sentires taurómacos.

 

Enhorabuena a lo lejos, más no por los volúmenes geográficos que distancian y diferencian la realidad física, menos intensa y franqueza nacida del sentimiento, frecuencia de sensibilidad que sí acerca al entendimiento, los valores y la intensidad de las emociones taurinas.
 
Viaja ya mi rendido olé por sobre las ondulaciones bravas, imposibles e impenetrables de las olas del infinito Atlántico; ya se ha convertido mi ilusión en realidad. No me ha engañado mi mente porque sobre de ella ha volado la fantástica capacidad del humano para alcanzar su entidad, su infinitud y su verdadera y natural vocación. “Bienaventurado el que sin ver cree”.
 
Ese homenaje humilde, -“rango” adquirido por la naturaleza de la grandeza de su quehacer y la sencillez del que escribe- es para el TORERO cacereño Juan Mora. Hoy veterano, jerarquía que le otorga extraña especialidad. La tarde de este pasado día dos de octubre en la catedral mundial del toreo será… es la más comentada de toda la temporada internacional, pero no discutida. La rotundidad es indiscutible. Su perfil como profesional en el arte de lidiar y matar toros a estoque, adquirido con el transcurso de lo añoso, es sobresaliente de lo estadístico, aparatoso, animoso, arrebatador, espectacular y otros adjetivos acabados con el “ar”, y “oso”.
 
De siempre tuve la osadía y temeridad de decir al aire en mi producción radial de los domingos, cada vez que se atravesaba el título de Juan Mora en las hojas del guión, que se trataba de un matador descarnado, abierto, honrado, de alta moralidad profesional, y que el planteamiento de su tauromaquia era conmovedor. Muchas ocasiones, al amparo del video, he visto, pero que escribo, he disfrutado y me he emocionado profundamente con sus modos “cara a cara” que siempre planta cuando ataviado con seda y brocados enfrenta a un toro de casta. En su persona, ya aplomada, ya flexionada en doblones o pases por bajo, hay un torero de ejemplo.
 
Lo sucedido en Las Ventas ese sábado ya histórico, fue estrujante; apenas llegadas las primeras notas de la corrida, se extendió el comentario con una velocidad notable de este lado del gran mar que se interpone entre los dos continentes. Fue una Puerta Grande no de dos orejas si no de tres. Sus argumentos profesionales resultaron devastadores. No fue únicamente el triunfo del diestro, esto cristalizó como la dignificación y el equilibrio de una bárbara carrera que no tuvo la dispensa de mejores circunstancias en temporadas pasadas. Es muestra de que la veteranía no se encuentra lejana o no es condición que limite los actos profesionales sobre alta escala de exigencias, y de éstas emane un público severo, un juez rígido y un toro en plenitud. Las Ventas a nadie regala nada, el formato de su organización es inmodificable, así sobre su arena actúe el hijo del rey. Todo ello repele los sentimentalismos e invoca a los sentimientos verdaderos, hondos e intensos.
 
Lo de Juan Mora, hoy y de hace tiempo maestro, llevaba el mensaje de una sensación extra técnica. Incluso perceptible por medio de la pantalla chica. En ambas faenas compendió lo que en todo su trayecto en los ruedos siempre potencializó: honradez, arte y drama, entendido éste no por las cornadas gravísimas de que fue víctima, como aquella de femoral cuando el venero púrpura se vaciaba sobre su rostro, sino como una virtud insustituible de los elementos taurinos que exalta y desnuda como una de las mejores y sagradas herencias de los ancestros coletudos, bajo la cual la tauromaquia atesora uno de los aspectos que no debe perder jamás, el heroísmo.
 
Para Juan Mora la muleta no es un engaño con el cual hay que taparse o interponer distancia entre él y el burel, no, únicamente es un avío añoso y romántico con el que dirige las embestidas; véase la forma destapada de prologar los cites, exponiendo, dejándose ver, incitando en un reto fino y descarnado a su adversario. Cada serie de sus muletazos son rematados, acabados en pases ya injertado en el cuerpo del toro. Ni su perfil de guerrero o gladiador con el que pudiese ser clasificado, tapará su parte artística; en sí las diligencias de siempre cuando torea reclaman una combinación extraña. No mengua en él la pelea la expresión estética de los trasteos.
 
Es todo un caso de la fiesta, y una enhorabuena viaje de este Aguascalientes hasta la tierra en donde ahora esté pisando el maestro Juan Mora. La pequeña hoja será siempre insuficiente para destacar lo que hizo en la carpeta arenosa y redonda de la primera plaza del mundo, Las Ventas de Madrid. Claro, los que triunfan en ella son toreros de primer mundo. Juan Mora, un veterano de primer mundo.

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