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Ahora fue Tejela quien cortó una oreja

Delante de escaso aforo, en el coso de mayores dimensiones del planeta, se desahogó la séptima corrida de la campaña. Para esto, La Soledad desembarcó un encierro que en trapío ha sido el menos mal presentado de lo que va de serie. Fueron seis rumiantes terciados, pero hubo toros, según sus músculos, cara y conformación, que en lidia no manifestaron problemas, que va, más bien dejaron vértices para el toreo. También hubo el de Jorge María, desenchiquerado a causa del vicio del obsequio. Éste resultó maleable y de buen estilo.

 

Luévano es un hombre que ya tiene compromisos mayores fuera del ruedo que dentro de él. Su labor apenas sí se puede tasar como de detalles, con amago de faena, la que nunca llegó.
 
Sigue siendo la temporada de los peninsulares; ahora fue Tejela el que empuñó un trofeo del segundo de la tarde, y no satisfecho regaló el ya mencionado. Se le vio seguro, sin apuros y resolviendo decorosamente.
 
Se observó a un Chávez sin sitio y sin solides en sus decisiones, aparte de cierta voluntad cuando dio cara al segundo de su lote. Nada pasó con él por esta tarde. Algún quite por saltilleras, quizás.
 
Luévano dio a ver, ante su primero, un toro que pasaba entero aunque sin clase, una actitud precautoria desesperante; huyendo de los terrenos correctos y en donde se hace notar la emoción. Fue una faena derechista la de él, de expulsión y gritos, para ello usando la punta de la tela, desunido del toro. Mal con el acero, fue advertido con un aviso, para taparse en silencio.
 
De algún detalle no pasó al presentar la capa al cuarto. Con un mayor sentido de la responsabilidad de ser torero y a sabiendas de la toreabilidad del ejemplar, armó el engaño escarlata para interpretar una faena con cierto sabor, de pases extensos, con la intención en muchos momentos de echar mano de la punta del engaño. Por ahí se destiñó en las últimas series, y al empuñar el falange, mal nuevamente. Palmitas tibias le brindaron.
 
Matías Tejela dejó lo mejor sobre el flanco derecho al recibir a su primero; ahí relució la media verónica. Tomada la muleta anduvo el ibérico tranquilo, haciendo uso de las concesiones de la res, que noble fue al igual que débil. El joven espada abrió con tandas desembraguetadas. Tramo a tramo se fue fusionando y entregó un trasteo con varias series templadas y de longitudinales pases. Como matara de una estocada entera se le dio una oreja.
 
El quinto tuvo algunas virtudes. Los gustosos de la fiesta capitalinos confunden la gordura con la musculatura al calificar el trapío. Nada le dejaron hacer.
 
Salió luego el obsequio. Matías, desapercibido con la capa, al usar la muleta forjó una faena nítida, de relajamiento, de pases templados en los que el de Jorge María iba dúctil, con buen estilo, sin dar el mínimo problema. Y de menso a más fue aquello; ¿La álgida parte?, lo que exhibió por el lado siniestro. Allá, el astado terminó rajado, buscando el patrocinio de las maderas.
 
Con el acero manchó la hoja; herrado en el primer viaje señaló un pinchazo antes de la caída estocada.



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