04/06/2020


 Ante escaso público, un postrero Humberto Flores y un Mario Aguilar ignorante esa tarde de las distancias y sin apetito total de triunfo, Alejandro Talavante en mágica trasparencia dedicó un par de piezas finas, delicadas, soberanas de arte y sublimación que resultarán ser denominadas para pertenecer a lo mejor que se ha hecho con la muleta durante, quizás, toda la década en la “Señora de Insurgentes”.
Siendo Talavante un diestro con estupenda campaña 2008, una compleja 2009 y una 2010 de resurgimiento, y por ello mampuesto apenas entre el umbral de la importancia y las figuras, borró la imagen de sus dos alternantes.
La opinión siguiente sea considerada en razón de que establezco igualdad de condiciones y juzgo la capacidad de flotación en idéntica densidad de aguas. El encierro salido esa tarde fue, como todos los que se han desembarcado en lo que va de campaña, escaso de presencia y adoleció también de casta; tal a los que han enfrentado todos, o casi todos los diestros ibéricos.
Con generosa entrega -siguiendo con Talavente- y viviendo su propio personaje mítico como torero, amplió sus telas, ambas, rosa y escarlata, y dejó ver, para que los que fuimos testigos redescubriéramos sus formas, cada una de las partes de los legendarios engaños. No quedó el mínimo vestigio de las marcas de los dobleces. Amplias las verónicas, tersas, amieladas, apenas escondiendo lo justo la tela al armar la capa. Las firmas están ahí todavía, fueron una media de métrica entonada y alguna revolera irreprochables, calibradas y con suavidad en el movimiento de sus brazos, lo que provocó en las ondulaciones de la tela, que ésta se meciera con un son de obertura consagrada.
La expresión de su cuerpo irradiaba la energía del que está inspirado; era notorio, se sintió del momento específico en el que caminó en el paseíllo. Las musas le habían robado un rato para su reino. Desprendido del refugio, el burladero de matadores, marcó su órbita con planta compacta.
Y tomó muleta y ayudado; los acogió con la ceremoniosidad del sacerdote que va a aplicar un sacramento; luego ofició el toreo, hizo y rehízo muletazos de magia, una magia extraña que solo puede iniciar existencia en un sueño, en una ilusión para luego cobrar realidad. Repasó y evocó luego la creación de una pléyade de astros de la tauromaquia de todos los tiempos y de todo el planeta conocido. Derechazos, naturales, como recreación del toreo al natural que implantaron y ejercieron los viejos maestros de finales del siglo ante pasado e inicios del pasado, se grabaron en el aire, y se grabaron con un temple exquisito, ejemplar, de verdad entendible, didáctico hasta para el nacido en la Villa de los Melones; entendido ese temple como la distancia justa entre la tela y los pitones del adversario, en relación armónica con la velocidad de la embestida y la que el diestro imprime a su engaño, y que produce la ilusión óptica que a muchos confunde, que parece que esa embestida lo minora el toro al llegar al campo energético de, precisamente, la muleta.
A esto se adhirió una variedad; quedaron compendiadas las suertes que dieron adorno a las tauromaquias de pasados y gloriosos espadas. Las arrucinas las repatentizó; no fueron aquellas en las que su creador exponía y se hacía pasar a sus antagónicos frotando su faja y planteadas con rígida base anatómica en posición ligeramente inclinada para dar el hueco de pase al burel, si no hechas acompañar por un giro de medio cuerpo, de un torso cómplice de la suerte, y con ello adhiriendo a ellas algo que antes no se veía, nuevamente, el dicho temple. Si la arrucina fue pase de alarde, antesala de un remate, muestra de valor y acercamiento con el antagonista, con Talavente tomó licencia de protagonista… ahí por varias ocasiones las reeditó con idéntico script.
La tardanza del bicorne para pasar tras el embrujador engaño, fueron motivo de hermosa paciencia de parte del diestro. Aquellos pequeños tramos en vez de provocar cierta ansia, hija de la premura, daban la fortuna del respiro, del exhalo y renuevo de energías mentales para soportar y paladear la siguiente tanda. Eran prólogo de un tomo nuevo de tauromaquia casi idealizada.
Si el toreo es parar, templar y mandar, pues entonces lo que hizo Talavente fue “simplemente” el toreo.
Alguien furibundo, en los amigables confrontamientos del café cotidiano, me escupió al rostro que el toreo era, para denigrar la obra de Talavante,… es, hoy igual, parar, templar y mandar, con ello adhiriendo su criterio a las normas universales de los lidiadores de reses bravas; y del parar explicaba que era “detener”,-usando la palabra detener como equivalente de parar- al toro,… esto cuando por tradición y verdad hecha, cuajada, entendible usando los códigos empíricos, es que el que interpreta o va a interpretar el pase, en este caso el becerrista, aspirante a novillero, novillero o matador, es quien se para o deberá pararse… Así pues el diestro señalado en esta hojita que está por terminarse, paró, es decir, se paró él, templó y… mandó.


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