12/07/2020


La encomienda es una crónica de Altaria, hablar de cómo los nuevos ricos de Aguascalientes se gastan el dinero en el centro comercial, contrapuntearlos con los vistos en La Purísima y vendimias más populares, mofarse de la clase poderosa y demás clichés propios del típico compañero de la universidad que grita “burgués” a la menor muestra de snobismo. Soy una persona que abraza las marcas, el consumismo y la mercadotecnia, decidí aceptar esa parte de mí más no cerrarme al hecho de ver el centro comercial desde la otra postura. Muy respetables ambas, si me permiten curarme en salud.

 

Me acompañaba mi hermana, ya que era importante compartir la experiencia con una mujer, ya que ir con otro hombre de compras es una experiencia insufrible, no por nada vemos papás, abuelos y hermanos sentados con somnolencia y fastidio afuera de las tiendas, en bancas estratégicamente colocadas para su descanso. Para acabarla de fregar, se me vienen a la mente playeras de futbol, y del América.
El estacionamiento, a reventar. Cosa que no es rara, cada cierto tiempo se repite la escena. Somos personas sencillas: nuestra rutina siempre es la misma, entrar por Sears o Sanborn’s, para ir posteriormente a Sanborn’s o Sears, elegimos la primera, el destino es la óptica (¡a 18 meses sin interses hasta el 24!) ya que busco unos lentes de hipster de marco grueso, chonchos, Ray-Ban, como los de los Hermanos Caradura, pero “para ver”, no de sol. En la mañana alguien sin querer me los arruinó un poco ya que me dijo con toda naturalidad, “como los del wey de los Jonas Brothers”, carajo. Carajo también porque cuestan alrededor de dos mil pesos. Las opciones son o me chingo o me jodo, dichos armazones enormes no tienen versión similar, sus primos son marcas de diseñador que arrastran ese vicio que aman los fresas: logos enormes. ¿Por qué alguien va a querer unos lentes que digan DG a los lados?
No tan sorprendentemente para mí, los Wayfarer (o los lentes que estoy buscando) están mucho más baratos en Sears que en las ópticas del centro de la ciudad, dónde los aumentan alrededor de 300 pesos. En sí muchas cosas cuestan menos en las tiendas departamentales pero parte de la población, aparte de su nacionalismo enfermizo, les tiene pavor para entrar. Palabra. ¿Nos importa algo más de Sears? Hoy no.
¿Es despectivo catalogar un libro como “libro de Sanborn’s”? Es cuestión de gustos. La tienda no es librería ni mucho menos, sólo vende novedades, best sellers y un reducido catálogo: los libros de autoayuda para tener dinero, volverse Donald Trump, conservar al marido y conseguir amigos sin alienar a las personas. Mi hermana con algo de tristeza me indica que el altar a Harry Potter ha sido sustituido por uno para Crepúsculo. Para comprobar el fenómeno en la sección de revistas, hay cuatro portadas de publicaciones juveniles con los protagonistas de la saga de vampiros sin carisma y de piel brillante.
Camino unos pasos y veo con tristeza que donde solían estar las revistas de videojuegos sólo quedan cómics y títulos de cine. Toca el turno de las revistas de música en español, una tiene “la película de Facebook” en portada, otra a Daft Punk a propósito de Tron y la última a Rob Zombie (cuando a publicado a Zoé, The Dears, Muse y Quiero Club, bandas contrarias al Sr. Zombie).
Sin salir de la tienda vemos lo deprimente de las novedades en cuanto a música en español, los mismos artistas que escuchaban nuestros papás: Roberto Carlos, Tania Libertad, Juan Gabriel, Yuri rapada estilo Lady Gaga, Vicente Fernández y un homenaje a Mecano cortesía de Pambo. Salimos del lugar y nos dirigimos al pasillo de la planta baja.
Pasamos por Starbucks, le pregunto a mi hermana su opinión sobre la cafetería/gente de reunión, responde “va pura gente farola”, le cuestiono sobre los precios “están bien, un latte a 32”. Considero que está bien porque se va por una experiencia respecto a tener una especie de oficina o punto de reunión más catalogo de estúpido el pararse en la cafetería sólo por una bebida regular.
Fábrica de Hombres sueña chistoso, como si se formaran los caballeros al salir trajeados del gran outlet de trajes finos. En las vitrinas de Men’s Factory, junto con las de Scappino, comprobé que el amo y señor de los colores de la pasada navidad sigue siendo el morado. El morado es el nuevo negro. Ya sea en cuadritos, en rayas, combinado con gris, blanco o negro. Ante tanto auge me parece increíble el haber batallado meses para encontrar un suéter con cuello V en dicho color, asunto que comprobé al pedir un suéter morado con rayitas en Men’s y recibir negativa por respuesta ante la petición. De hecho ni de rayas ni liso, agotadísimas las prendas.
Entrar a una tienda de zapatos deportivos es ser testigos de una injusticia de la vida: los mejores tenis son a) para niños b) para mujer y c) nunca se encuentran en tallas grandes.
Reduciendo la opción para caballero a tenis horrendos en modalidades para correr y jugar futbol, junto con Converse en básicos colores lisos. Lo que busco son unos tenis de bota y aparte morados, los tenis perfectos para combinar con tanta prenda morada. Me dicen que hay en azul, son DC, pero no de mi talla, pregunto por unos grandotes que si bien no son morado, el color, vino, es simpático. Que tienen hasta el 6. Como siempre.
Junto con mi hermana me dirijo a otro establecimiento de tenis a la cual no le tengo mucha fe, pregunto por mis deseados tenis y reafirmo mi falta de fe. Conforme nos acercamos al pasillo, el pop de Ke$ha se funde con Daniela Romo y Los Peces en el Río.
Espeluznante. Estamos frente a Shasa, que llama la atención de mi acompañante, “hay cosas padres y baratas, barato pero no tan para el pueblo”, en cuanto entramos quedo horrorizado por unos leggins de cuero sobre europeo maniquí y empiezo a comentar con mi hermana, usando de ejemplo a varias de las chavas alrededor, porqué ni los leggins ni los pantalones entubados están hechos para México, hablo de caderas amplias, cajuelas de campeonato y piernas llenitas, que dan un efecto atractivo pero que definitivamente no es lo que se espera de dichas prendas.
La librería Gonvill se encuentra cerrada, ya es tarde. Más que angustia en el rostro de la gente o un sentimiento acerca de la crisis, resaltan expresiones en rostros de personas con sus hijos, padres que no entienden que sucede, porqué gastan cinco mil pesos en un Xbox con sensor de movimiento o si tiene sentido que sus hijas traigan capa tras capa de ropa sobre ellas.
La audiencia joven, de ella luego hablamos, pues ya nos cerraron lo interesante de la segunda planta (o centro comercial Indytex) además que son casi dos horas de estacionamiento. Si bien estoy dispuesto a gastar el dineral en lentes y tenis, no quiero pagar cinco pesos más por sólo otra decena de minutos.

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