04/07/2020


Edgar Flores

Si el ex candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador quiere purificar la vida pública de México –como lo sostiene en su discurso político- primero tendrá que enderezar a la izquierda corrupta y palera al interior de su partido. En esa dirección puede que vaya la licencia que pidió al Partido de la Revolución Democrática, agrupación en la que continúa militando.

De nueva cuenta el tabasqueño apuesta a su radical cálculo político y lo ajusta para detonar algo parecido a un “temblor institucional” con la intención puesta en cambiar algunas decisiones en la dirigencia perredista, como resultado de que su cúpula continúa en la línea de ir en alianza con Acción Nacional rumbo a la elección del Estado de México.

Y es que no sólo puede adjudicarse a una estrategia propia de los integrantes de “Nueva Izquierda”, encabezados por Jesús Ortega, el propósito de detener lo que consideran la amenaza del regreso del PRI en 2012. La decisión de impulsar una alianza en el estado con el padrón más grande del país (10 millones 312 mil personas) se engrana en los propósitos del PAN y del propio Calderón de conseguir a un aliado con el que puedan crear un escenario desfavorable a las aspiraciones del gobernador Enrique Peña Nieto. Como se viene observando en los hechos, no hay mejor izquierda para esa tarea que la que actualmente tiene el control burocrático del PRD.

En su cálculo electoral los dirigentes del PAN saben que no pueden ganar por si solos, recordemos que ese partido –y el mismo PRD– sufrió una debacle en las últimas elecciones. Que en parte se debió a la operación amañada que desplegó el gobierno peñista como al desfondamiento de esos partidos en la simpatía de los votantes.

En la elección del Estado de México la izquierda no sólo pierde o gana la gubernatura sino que también, y lo saben los dos principales candidatos de izquierda, están ligadas sus aspiraciones políticas para el año entrante. En esa elección local es donde se consolidan o se derrumban las aspiraciones de Marcelo Ebrard y de López Obrador. Para ambos la elección también determinará –para bien o mal- si será uno solo el candidato o si participarán ambos teniendo menores posibilidades de alcanzar el gobierno.

Como lo mencionó la ex dirigente perredista Rosario Robles en un artículo publicado en el diario Milenio, las simpatías de Ebrard son ir en alianza, con ello fortalecería su estrategia ya que el jefe de gobierno “sueña ingenuamente” en ser el candidato de una alianza PAN-PRD para la elección presidencial. De ahí que AMLO intente poner las cosas en su sitio.

La intención de ir en alianza con otra fuerza partidista, y en ocasiones antagónica en lo ideológico, no tiene por qué ser condenada a priori. La actuación política está acompañada de sus circunstancias. Muchos entendieron que era necesario ir en alianza en donde hacía falta la alternancia, el caso emblemático es Oaxaca, donde Ulises Ruiz fue detestable incluso para muchos militantes de su partido. El estricto juicio ético de López Obrador –de no tener nada que ver con quienes le hicieron fraude en 2006- lo llevó a no apoyar a Gabino Cué durante su campaña electoral. En honor a la verdad, muchos en la izquierda vimos con buenos ojos a Xóchitl Gálvez, aunque fuera acusada de “Foxista” o “panista”, como una excelente oportunidad de alternancia para Hidalgo.

El caso del Estado de México pareciera que cumple con la similitud, ahí el PRI ha sido gobierno de manera interrumpida y además tiene a un gobernador bien apuntalado –por los intereses mediáticos- en la carrera presidencial. A todas luces, si Peña Nieto es designado por el PRI los grandes consorcios televisivos –principalmente Televisa- tendrían al primer presidente fabricado en sus propias oficinas y, en su gobierno, acomodaticio para sus caprichos rapaces.

Parece que esa es una coincidencia tanto para defensores como detractores de la alianza en el Edomex, sin embargo, no lo es en la forma. Los que van con la alianza apuestan a que es la oportunidad de frenar el proyecto mediático y de mermar el entusiasmo priísta, no así el caso de los que, como AMLO, se sienten desplazados y consideran que –al gobernador- lo pueden enfrentar por separado en la elección estatal sin diluir a la izquierda muy poco antes de la contienda del próximo año.

Nunca ha sido sencilla la vida interna del principal partido de izquierda en México, y menos aún con la persistente incapacidad de sus grupos de terminar con la política de tribus que tanto los ha dañado.  La decisión de ir en alianza en el Estado de México tiene un costo político muy alto, implica –seguramente- aceptar un candidato que milite en el PAN y no uno necesariamente que surja de la sociedad civil o de la izquierda. Por eso la alianza en territorio mexiquense parece anunciar para el PRD una rendición adelantada, como un mal preludio para el 2012.


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